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La familia de Pascual Duarte, Camilo José Cela

18 octubre 2009

Cuando en el año 1942 apareció por primera vez, en Madrid, La familia de Pascual Duarte, el panorama literario español sufrió una gran conmoción. Camilo José Cela era por aquel entonces un jovencísimo y desconocido escritor, cuya primera y única obra hasta la fecha, el poemario Pisando la dudosa luz del día (1938), no había sido publicada todavía. Era, por lo tanto, un autor completa y estrictamente novel, además de inédito. Sin embargo, Cela tenía grandes aspiraciones literarias, y era plenamente consciente de que la narrativa española de aquel momento, bastante estancada por cierto, precisaba de una radical renovación si quería sobrevivir a la nueva realidad de la posguerra.

En La familia de Pascual Duarte, Cela apuntó ya, con mucho acierto, hacia esa regeneración de las letras. La nueva estética que la novela proponía difería por completo de todo cuanto se había hecho hasta entonces; tanto público como crítica aplaudieron decididamente la originalidad y la maestría narrativa del joven escritor, aunque tampoco faltaron quienes le reprocharan su excesiva tendencia a lo escabroso y abrupto. El éxito de la obra, en todo caso, no tardó en hacerse palpable. Con ella nació el tremendismo, estilo que hace de Pascual Duarte su arquetipo fundador, y quedaron fijados los derroteros por los cuales habría de transcurrir la narrativa española a lo largo de todo el siglo XX.

Pasados ya más de sesenta años desde la publicación del libro, todavía hoy, al releer sus páginas, comprendemos fácilmente el revuelo que ocasionó en su aparición. Las memorias que el condenado a muerte Pascual Duarte redacta en prisión, mientras espera la ejecución de su sentencia, hielan la sangre por lo truculento de sus crímenes, narrados de forma directa y explícita, y por lo sombrío de sus desdichas. No obstante, como sucede por lo general con las grandes obras de la literatura, el paso del tiempo ha abierto nuevas perspectivas de cara a su interpretación, y hoy día estamos en situación de leer la novela como algo más que un mero inventario de crímenes y desgracias.

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». Con esta célebre frase arranca, dejando a parte prólogos y semejantes, la confesión de Pascual Duarte. Desde luego, tal aserción no es en absoluto trivial, sino que adivinamos tras ella toda una declaración de intenciones por parte del autor. En efecto, Cela tiene muy claro en todo momento la dirección que habrá de tomar el relato, y se asegura de poner el acento desde el principio en aquello que le interesa remarcar. Esta primera frase, por lo tanto, nos informa acerca de dos aspectos capitales para la comprensión del libro: en primer lugar, rehúye la simple lectura moral del texto, la visión de Pascual Duarte como un mero criminal sin escrúpulos, rozando lo grotesco, en la que resultaría fácil incurrir; en segundo lugar, resalta la importancia del componente determinista de la historia, aspecto que, siendo un punto cardinal ya desde las primeras páginas, irá tomando cada vez más relieve a medida que avance el libro.

Sobre este ambiente de determinismo que se respirará a lo largo de toda la novela no tardarán en dársenos más pistas. Pascual Duarte continúa su exposición del siguiente modo: «Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas.» Lo sustancial en las menciones de este «camino de las flores» y del de los cardos no radica en ser una mera alegoría de la dicha o el infortunio de cada cual, respectivamente, sino que su alusión esconde un significativo trasfondo social: «Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar».

No nos ha de extrañar esta clara referencia a lo social. De hecho, la dicotomía entre el poderoso y el miserable se nos presenta ya incluso antes de comenzar el relato, con la dedicatoria que abre el libro: «a la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, quien, al irle a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía». Este apoderado, este insigne patricio, don Jesús, planeará como una sombra a lo largo de toda la novela, y si bien nunca llegará a aparecer de forma directa, su presencia constituirá, como veremos más adelante, un elemento estructural de la mayor importancia en la obra.

Hay cierto aspecto que, ya desde el título, llama la atención al lector que se acerca por primera vez a esta novela. ¿Por qué razón el autor del libro ha optado por llamarlo La familia Pascual Duarte? Cierto es que la presencia de la familia es una constante a lo largo de toda la obra y que tomará un papel muy relevante en los acontecimientos que se irán trazando en ella. Sin embargo, no parece este motivo suficiente como para hablar sin más de la familia de Pascual Duarte, es decir, para dejar a este personaje, por lo pronto auténtico protagonista del libro, a un segundo plano frente a aquella.
Este punto, sin embargo, se torna diáfano al observarlo detenidamente bajo la luz del determinismo antes mencionado. En torno a Pascual se presenta, en efecto, su familia -y en un sentido más amplio, su familia social- como un medio totalmente asfixiante, opresivo, hostil las más de las veces. Vive el protagonista agobiado, ya desde niño, por ese ambiente que no le deja otra vía de escape que el callado rencor y la apatía. Y a este entorno enrarecido vienen a sumarse, para aumentar su desventura, toda la sucesión de desgracias e infortunios que llenan las páginas del libro.

Desde luego, la desdicha de Pascual Duarte es mayor, y así la sentimos nosotros, por cuanto en algunos momentos llega a entrever, e incluso a rozar, la felicidad. Pero esta felicidad, que Pascual cifra, sin grandes ambiciones, en las cosas más sencillas, no es más que una ilusión, el sombrío pórtico a una calamidad siempre mayor. Y Pascual Duarte, desde la ingenuidad de su condición, tiene, con todo, un conocimiento intuitivo de este hecho, lo que contribuye a aumentar la fragilidad de su dicha.

En su peculiar y muy interesante acercamiento a la figura de Cela, don Alonso Zamora Vicente, amigo personal del escritor y notable estudioso de su obra, apunta que el auténtico protagonista de La familia de Pascual Duarte no es otro que el Odio (1). Esta observación puede resultar muy ilustrativa a la hora de comprender cuáles son los resortes que mueven la novela, pero requiere algunas precisiones. Es importante resaltar, ante todo, que no se trata de un odio gratuito e injusto, sembrado de forma azarosa en los varios crímenes del protagonista: Pascual actúa movido por el Odio, es cierto, pero es un odio instintivo, ciego, irrefrenable, que se presenta como única respuesta, elemental y primitiva si se quiere, a la adversidad y a la provocación; es decir, es puramente circunstancial. También es verdad, por otro lado, que ese Odio va dejando un poso de amargura en el alma de Pascual, que va definiéndose a medida que se acrecienta hasta llegar al apogeo que cierra el libro.

De todas formas, hay que recordar que, tal como se dice ya en el comienzo de la obra y se reitera repetidas veces a lo largo de esta, Pascual Duarte no es malo. No lo es, en el sentido de que sus actos vienen determinados por una serie de sucesos externos que, de algún modo, sin llegarlo a justificar, hacen más comprensible su comportamiento. Pascual Duarte no es, en fin, un criminal; lo es, quizás, a los ojos de la ley, pero no podemos considerarlo tal en un sentido riguroso del término. No es un asesino que se complazca en matar, y el autor se encarga de poner énfasis en este punto.

Tal vez sea ahora procedente hacer una breve relación del copioso inventario de crímenes y delitos perpetrados por Pascual, para mirar de encontrar así en ellos el sentido último que los articula y bajo el cual se conforma la unidad estructural de la obra. De hecho, más que de un estudio de los crímenes, quizá deberíamos hablar mejor de un estudio de sus violencias, puesto que muchos de los arrebatos brutales que Pascual narra en sus memorias no son propiamente crímenes, si bien es cierto que los anticipan, al menos hasta cierto punto, por cuanto el carácter violento del protagonista tiene un marcado carácter progresivo, como en seguida veremos.

Cabe decir, en este mismo sentido, que para comprender el desarrollo de Pascual Duarte a la luz de tales violencias, es imprescindible ceñirse al orden cronológico de estas, orden que no coincide siempre con el narrativo. Es el caso del asesinato de su perra Chispa, fiel seguidora en sus andanzas campestres; en efecto, dicho acto es el primero en ser narrado, pero es capital hacer notar que no es el primero en ser cometido, sino el tercero. Omitir ese punto, en apariencia tan fútil, ha llevado no obstante a algunos críticos a señalar equivocadamente el carácter aleatorio de los arrebatos de Pascual, siendo el asesinato de Chispa el acto injustificado que lo confirmaría. Esta interpretación, sin embargo, es errónea, puesto que la muerte de la perra tiene su justificación (siempre desde el punto de vista narrativo) en tanto es insertado en el lugar que le corresponde dentro de la cronología narrativa.

Pasemos, pues, a la enumeración de los crímenes: el primer delito que encontramos no lo es en un sentido estricto, y ni siquiera se juzga desde esa perspectiva: siendo Pascual ofendido por un compañero en la taberna, la disputa pasa a mayores y, durante la pelea, Zacarías, el provocador, sale levemente herido. Al margen de la valoración moral que podamos hacer del suceso, la verdad es que este encaja perfectamente no solo con la lógica de Pascual, sino con la de todo su entorno social, que ve en ello una cuestión de honor en la que no debe intervenir («que nunca fuera cosa de hombres meterse a evitar puñaladas»). Pascual tampoco actúa con intenciones homicidas, sino de la única forma que ha aprendido, es decir, movido por el impulso bilioso e inmediato («la bilis que tragué me envenenó el corazón»); por este motivo, en su viaje a Madrid se sorprenderá profundamente al ver que los habitantes de la ciudad se insultan y se lanzan las mayores injurias sin llegar no obstante jamás a las manos. Todo ello, por lo tanto, toda esa lógica primitiva que caracteriza a Pascual Duarte, es otro indicativo del determinismo del que anteriormente hablábamos.

El segundo acto de violencia, cronológicamente hablando, corresponde al asesinato de la mula que ha provocado el aborto de su mujer, y se da inmediatamente después de la pugna con Zacarías; lo cual nos basta, desde luego, para comprender el arrebato bilioso de Pascual.

A este asesinato le sigue, ahora sí, el de la perra Chispa. Veamos en qué circunstancias: muerto su segundo hijo a los once meses de edad de “un mal aire”, Pascual ha de aguantar los reproches de su mujer y de su madre, que lo culpan de esta muerte. Y estos reproches quedan significados en la figura de la perra, madre huérfana de hijos al igual que él («a ella también se le habían ahogado las crías en el vientre»), cuya mirada, donde cuaja el dolor de la maternidad frustrada, se le presenta a Pascual como un recordatorio ineludible. El asesinato de Chispa es, por lo tanto, una proyección del de las dos mujeres que lo acosan, al cual no se atreve. En todo caso, el Odio de Pascual empieza a tomar ya aquí una forma definida y claramente orientada, lo cual es especialmente significativo.
El siguiente crimen, el del “Estirao”, su primer homicidio, se produce también en unas circunstancias muy determinantes. El “Estirao” es el hombre que ha deshonrado a su hermana, lo ha humillado públicamente y, peor aún, es el amante y culpable de la muerte de su mujer. El odio hacia él es inevitable, y el lector no puede sino sentir, también en este caso, empatía con Pascual, especialmente teniendo en cuenta que ha prometido a su mujer no matarlo a pesar de todo, palabra que intenta cumplir hasta el final. En última instancia, es el “Estirao” quien, vencido ya por Pascual durante una pelea, provoca su propia muerte con sus bravatas. En este sentido, como apunta Zamora Vicente, dicho crimen, aquel que condenará a Pascual por primera vez, debe entenderse más bien como un suicidio.

El último crimen narrado, en apariencia el más terrible de todos y el único en efecto meditado, es el parricidio: el asesinato de la madre. A través de él, todo lo acaecido hasta entonces cobra sentido y dirección, todo ese poso bilioso que Pascual ha ido acumulando a lo largo de su vida encuentra una vía de escape que permite la liberación definitiva del protagonista («El campo estaba fresco y una sensación como de alivio me corrió las venas»). ¿La liberación de qué? Pues de ese enrarecido entorno en el cual se ha criado, de este asfixiante determinismo social ante el cual la única respuesta posible es el Odio. En este sentido, don Alonso Zamora Vicente tenía razón: el Odio es, en cierta medida, el auténtico protagonista de este libro: un Odio que se ha ido definiendo y perfilando a través de los años y de las calamidades pasadas hasta girarse contra sus propias raíces. Con el parricidio, Pascual Duarte no solo mata a una madre desnaturalizada, como apunta Gonzalo Sobejano (2), incapaz de llorar siquiera la muerte de su propio hijo, sino que se desvincula simbólicamente de todo el medio hostil que representa y de todo el Odio del que era hijo. He aquí la importancia del asesinato de la madre como redención.

Existe todavía un último crimen, no explícito, nunca narrado, pero a pesar de todo perfectamente sugerido desde un principio: se trata del asesinato de don Jesús González de la Riva, conde de Torremejía, de quien se dice en el prólogo que, « al irle a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía». No deja de chocar al lector de la novela, ni a la crítica se le ha pasado por alto, que al finalizar el libro, el crimen en principio más importante, aquel que se anuncia desde el primer instante y por el que Pascual Duarte ha sido condenado a muerte, no sea narrado ni tan solo referido. No es extraño que el lector tenga con ello, en una primera impresión, el sentimiento de un final abrupto e incompleto.
Con todo, es desde luego evidente que Cela no olvida nada, y que este punto obedece a unos resortes estructurales profundamente pensados, que deben tenerse en cuenta a la hora de abordar el significado de la novela.

Para comprender dicho aspecto, en todo caso, es indispensable subrayar primeramente la insalvable diferencia social que separa a Pascual Duarte de don Jesús. Dicha diferencia se nos presenta ya en la dedicatoria que abre el libro, donde don Jesús aparece como un “insigne patricio”, que llama al protagonista “Pascualillo”, término en principio cariñoso, pero que esconde de hecho una marcada relación de superioridad. Las ligeras pero repetidas alusiones a don Jesús y sus riquezas tampoco faltan a lo largo de todo el libro: describiendo su casa, en la plaza del pueblo, se dirá, por ejemplo: «Sobre el portal había unas piedras de escudo, de mucho valer, según dice, terminadas en unas cabezas de guerreros de la antigüedad, con su cabezal y sus plumas (…)»; sobre las anguilas del riachuelo donde Pascual pesca a veces, bromeará este que estaban «rollizas porque comían lo mismo que don Jesús, sólo que un día más tarde»; cuando Pascual vaya a visitar al capellán, este le indicará que espere hasta después de la misa, y que mientras tanto haga lo mismo que don Jesús, el único hombre culto y religioso de la zona («Cuando veas que don Jesús se arrodilla, te arrodillas tú; cuando veas que don Jesús se levanta, te levantas tú; cuando veas que don Jesús se sienta, te sientas tú también…»).

En segundo lugar, debemos tener en cuenta otro punto fundamental, a saber: que la muerte del insigne patricio acaece, como sabemos por referencias laterales en los prefacios y especialmente en el epílogo, durante la Guerra Civil, en concreto, «durante los quince días de revolución que pasaron sobre su pueblo». Notando este hecho, y teniendo en cuenta lo antes apuntado, parece seguro caracterizar por lo tanto este último crimen como un crimen social, no cometido contra la persona, sino contra todo lo que ella representa («que Dios haya perdonado [a don Jesús] –dice Pascual en la carta prefacio–, como de buen seguro él me perdonó a mí »).

Es de la mayor importancia subrayar este último punto: el Odio del que antes hablábamos no tiene ninguna relación con el presente crimen, no interviene en él para nada, tal como prueba la susodicha dedicatoria. Por lo tanto, Pascual Duarte no responde en esta ocasión a una provocación directa, y presumiblemente tampoco no es empujado por las circunstancias de un modo ciego e indómito como en los casos anteriores, sino que actúa, y allí la trascendental alusión a la Guerra Civil, movido por unas ideologías políticas o unas razones sociales. Aquí el Odio ya no cuenta para nada, y debemos disentir en este punto de la opinión ya expuesta de Zamora Vicente: la realidad fundamental y última de la novela no es el Odio, sino su trasfondo social. Sólo así se entiende la significativa dedicatoria inaugural y el hecho de que Pascual Duarte envíe sus memorias a un amigo de su propia víctima, don Joaquín Barrera.

¿Pero por qué el autor no relató este episodio de una forma más explícita y directa? La respuesta es simple: con el asesinato de la madre, Cela llegó adonde quería llegar. El crimen parricida representa, como ya hemos indicado, una purificación existencial y, en consecuencia, implica el rechazo de todo un injusto mecanismo socialmente establecido. Asesinada la madre, por atroz que nos pueda parecer la idea del crimen, la muerte de don Jesús es una muerte sin Odio, y este solo hecho ya justifica que no conste en las confesiones de Pascual.

Toda el profuso cuadro de violencias que prodiga La familia de Pascual Duarte no debe por tanto entenderse más que como un marco del que se sirve el autor para reflejar una realidad mucho más profunda. No se trata de mero horror, mera muerte gratuita: todo odio lo es hacia una vida y una situación esencialmente injustas. Detrás de todo ello debemos adivinar, en fin, como un incentivo o como un consuelo, la tenaz búsqueda de la felicidad, la sonrisa de don Jesús para Pascual o el amor desinteresado y puramente humano que su hermana Rosario, ser inocente que la vida ha atropellado también injustamente, le brinda.

Bibliografía:
CASTELLET, José María; Iniciación a la obra narrativa de Camilo José Cela, Revista Hispánico-moderna, XVIII, abril-octubre, 1962
SOBEJANO, Gonzalo; Reflexiones sobre La familia de Pascual Duarte, Palma de Mallorca, “Papeles de Son Armadans”, 1972
ILIE, Paul; La novelística de Camilo José Cela, Madrid, Gredos, 1978
MARAÑÓN; Gregorio, Prólogo a La familia de Pascual Duarte, Madrid, Ínsula, 1946
URRUTIA, Jorge; La familia de Pascual Duarte: los contextos y el texto, Madrid, SGEL, 1982
ZAMORA VICENTE, Alonso; Camilo José Cela (acercamiento a un escritor), Madrid, Gredos, 1962

___________________________________________________

(1) ZAMORA VICENTE, Camilo José Cela (acercamiento a un escritor), Madrid, Gredos, 1962
(2) GONZALO SOBEJANO, Reflexiones sobre La familia de Pascual Duarte, Palma de Mallorca, “Papeles de Son Armadans”, 1972

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