Skip to content

El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald

14 octubre 2009

Uno no puede evitar sentir, al leer El gran Gatsby, que existe en torno a esta notable novela una especie de bruma o ambigüedad, que impregna a todos los personajes, se filtra en sus relaciones e inunda así toda la trama. Sin perder a pesar de todo el ritmo del relato, Fitzgerald presenta sus personajes de tal modo que, haciendo amago de mostrársenos y salir finalmente de esta niebla en la que viven, no acaban nunca de revelarnos nada acerca de ellos; poco sabemos de su biografía en la mayoría de los casos, salvo algunos aspectos aislados, y por lo que respecta a su carácter, los rasgos que conocemos se nos presentan como artificiales, algo así como una máscara.

Esta circunstancia, sea como sea, no desmerece en absoluto el libro; al contrario, le da una fuerza y una coherencia mayores a los que podría haber logrado mediante otros procedimientos, y es este aspecto, dominado con gran maestría, el que lo hace prevalecer sobre otros libros de similar argumento pero de menor brillantez constructiva.

De hecho, esta artificialidad, esta “máscara” que oculta a los personajes, resulta al fin y al cabo un recurso muy hábilmente utilizado, puesto que lo que se quiere retratar no es otra cosa que una sociedad y una época en las que predominan las máscaras. Se trata del Nueva York de los años treinta, un mundo de inconsciencia y desenfreno, de alocadas fiestas millonarias que duran toda la noche, y de gánsteres.

En medio de este bullicio de bailes y de superficialidad emerge, envuelta de misterio y mito, la efigie del multimillonario Jay Gatsby, “el gran Gatsby”, anfitrión de las mayores fiestas y soñador quijotesco en su intimidad. A través de los ojos del joven y sencillo accionista Nick Carraway, vecino de Gatsby y narrador de la historia, conocemos poco a poco su enigmática figura.

Jay Gatsby viene a ser la excepción a todo lo que su época, y por lo tanto también los demás personajes del libro, representan. Sin abandonar nunca del todo su trazado esquemático e indefinido, el autor profundiza en su retrato con auténtica destreza narrativa. En este sentido, podríamos decir que Jay Gatsby, a pesar de todo lo que de él ignoramos, es el único personaje que llega a quitarse la máscara, al menos hasta cierto punto, para mostrarnos el rostro de la ilusión y el sueño.

Aunque no es el objetivo de este artículo exponer el argumento de la novela, será quizás útil, antes de continuar, presentar brevemente la historia de Jay Gatsby en sus rasgos principales. De Gatsby, como ya hemos apuntado, sabemos muy poco, excepto sus pasados amores con Daisy, prima del narrador y ahora casada con Tom Buchanan. Gatsby amó en su juventud a Daisy, pero su pobreza de entonces truncó cualquier posible relación. Con el tiempo, sin embargo, los empeños del joven por prosperar dieron finalmente resultado, y, pasados los años, Gatsby, ahora como deslumbrante millonario, persiste en su antiguo amor por Daisy, más mitificado y fantaseado que no vivido. Este empeño, alimentado por las circunstancias y el destino (presente aquí de un modo semejante al de la tragedia griega), conducirá ineluctable y fatalmente al trágico final.

El argumento, como puede observarse, es bastante común, y no nos sería difícil encontrar alguno semejante, aunque, sin duda, no desplegado con la misma agilidad narrativa. Por otro lado, el desarrollo de la historia puede incluso parecernos forzado, y ante los bruscos hechos conclusivos, no es extraño que nos sobrecoja la sensación de que los acontecimientos se han precipitado de un modo un tanto absurdo, patético. ¿Es este un defecto de la novela? En absoluto. Todo lo contrario: es mediante este recurso, así como los antes apuntados, que el autor logra alcanzar finalmente en este libro el aire de agitación y convulsión propio de la sociedad que retrata.

Jay Gatsby se erige en un mundo de hipocresía y superficialidad, sostenido por fiestas y bailes sin fin, donde todo el mundo habla pero donde nadie se conoce y nadie importa. La prueba que se nos da es el paisaje desolador de las últimas páginas. Gatsby es quizás la única excepción tangible –quitando al narrador, por supuesto– de este hecho: él, el personaje que ha procurado modelar con sus millones y sus fiestas una máscara, y esconder tras ella su origen de niño pobre enamorado, así como sus relaciones –solo entrevistas– con los gánsteres, es en realidad más auténtico que cualquiera de sus esporádicos huéspedes. Por lo que se refiere a los otros personajes, algunos de ellos nos producen ya desde el principio cierta aversión, como en el caso de Tom por sus prejuicios racistas y su suficiencia; otros, como Daisy o Miss Baker, nos decepcionan, por cuanto no llegan a las expectativas que teníamos de ellos. Solo Gatsby, despojado de todas sus máscaras, como James Gatz (su auténtico nombre) merece nuestro cariño y compasión.

En cuanto a la susodicha relación de Gatsby con el crimen organizado, no aparece en absoluto como algo censurable o reprobable, sino que, al contrario, parece ser que el delincuente tiene, en este mundo social desarreglado, un sistema de valores morales más rígido e integro que cualquiera de los acaudalados personajes que pretenden estar por encima del mundo y que juzgan despreciativamente las acciones de aquellos que consideran inferiores. Se produce así un cuestionamiento radical de los valores que rigen la sociedad de Gatsby. A este respecto escribe Vargas Llosa (1): “La mitología humana que de algún modo destaca en el libro no es la que rodea al rico, sino al marginal, al hombre de vida turbia, que opera y prospera en contra de la ley”.

Hablábamos antes del carácter inconcluso, precipitado si se quiere, de la novela, algo que se presenta como una constante y que nutre esa bruma de ambigüedad e indefinición que inunda todo el libro. Dicha inconclusión no se limita, por lo tanto, al argumento general y a la convulsión de los hechos finales, sino que está presente a lo largo de toda la historia, revelándola como algo irresuelto, algo que no acabó de perfilarse nunca del todo. Existe, en efecto, cierta continuidad y coherencia narrativa, pero esta se consigue, muy hábilmente, mediante la yuxtaposición de distintos planos argumentales, lo que concede al libro su carácter fragmentario e inacabado. La aparición de un nuevo plano rompe con la continuidad del anterior, y el desplazamiento del foco de interés hacia este nuevo plano hasta la aparición de otro más, y así sucesivamente hasta alcanzar un final cuya brusquedad acentúa más las características de esta estructura, dejando al lector con una tremenda sensación de desconcierto. El ambiente festivo y superficial de las primeras páginas pasa pronto a la pasión abismal de Gatsby, y antes de que esta sea colmada, a las circunstancias, entre casuales y fatales, que conducirán precipitadamente al final. Interpuestos con esta línea argumental, se dejarán entrever todavía pinceladas de otros planos, como son por ejemplo la relación de Nick Carraway con Miss Baker, que apenas tenemos tiempo de acabar de asimilar, o los mencionados contactos de Gatsby con los gánsteres, que nunca conoceremos. De estos planos, en fin, astutamente entretejidos, tenemos la sensación de llegar a saber muy poco, casi nada, y sin embargo su integración es perfecta. Es este uno de los mayores aciertos de El gran Gatsby .

Uno de los aspectos más interesantes y bellos de la novela, y que a su modo, a pesar de su relativa discreción, confiere unidad a la historia, es el entramado simbólico que en ella hayamos. El elemento más remarcable es, con seguridad, la mirada constante del Dr. T. J. Eckleburg. “Los ojos del Dr. T. J. Eckleburg son azules y gigantescos”, escribe Nick Carraway; más adelante, Wilson, un personaje enloquecido por las circunstancias, delirará sobre ellos: “Dios lo ve todo”. El Dr. J. T. Eckleburg es de hecho un viejo anuncio de oftalmólogo en una desolada carretera entre Nueva York y West Egg, donde dos ojos azules y gigantescos aparecen detrás de unas gafas. La asimilación de este anuncio con Dios, sin embargo, es fundamental, por cuanto el Dr. J. T. Eckleburg simboliza la mirada de Dios o, si se quiere, de la conciencia, planeando sin cesar sobre este mundo trastocado y sin sentido de El gran Gatsby. En este sentido, son los ojos de Eckleburg los encargados de conferir unidad moral al relato, y no en vano aparecerá en los momentos en que los personajes cedan a una debilidad moral (el adulterio de Tom, el enloquecimiento de Wilson) como una advertencia terrible de lo trágico que se avecina. Un papel semejante cumple el “hombre de los ojos de lechuza”, cuyas apariciones puntuales al principio y al final de la historia le otorgarán del mismo modo unidad.

Vargas Llosa, por otra parte, pone el acento, muy acertadamente, sobre un aspecto fundamental de la novela. Hemos referido ya antes que lo que conduce a Gatsby a un final trágico, su error, y al mismo tiempo aquello en que consiste su encanto, es la mitificación de su amor, su decisión de persistir en sus ideales románticos de juventud. Este anhelo es lo que lo empujó a amasar una fortuna, y a idear este disfraz a medida que es el multimillonario Jay Gatsby. Queremos suponer que si Gastby no se hubiera propuesto persistir en este empeño, las circunstancias se habrían desarrollado de otro modo. Pero entonces, Gatsby habría dejado de ser Gatsby en el sentido más fundamental. Porque Gatsby es, en su esencia, un soñador. Nada más podría sustentarle aparte de sus quimeras, de sus fantasías, proyectadas siempre en Daisy, quien nunca podría estar a la altura de sus sueños. En este sentido, Gatsby puede relacionarse, como señala Vargas Llosa, con una tradición literaria muy extensa, que lo acerca al Quijote y a Madamme Bovary, los grandes quimeristas, y al hecho literario en sí, puesto que, como en el caso del escritor, la misión de Gatsby no es otra que proyectarse siempre en sueños y fantasías. Pero Gatsby, a diferencia del escritor, no los proyecta en un personaje inventado, sino que se crea a sí mismo: él mismo es pura literatura: “La grandeza de Gatsby no es aquella que le atribuye el generoso Carraway –ser mejor que todos los ricos de viejos apellidos que lo desprecian– sino estar dotado de lo que estos carecen: la aptitud para confundir los deseos con la realidad”.

Gatsby forja así, en este mundo de falsedad y engaño, una realidad propia, fundada en los sueños y fantasías de aquel antiguo joven infortunado y enamorado. No existe tanta diferencia, de hecho, entre el auto-engaño de Gatsby y el de los ricos visitantes que inundan cada noche sus jardines, salvo que el del primero nos parece más entrañable por cuanto esconde el tesón de un joven idealista por alcanzar sus quimeras y por nadar a contracorriente.
Jay Gatsby, James Gatz, es hijo y víctima de una época que ha trastocado sus valores más esenciales, y por este motivo lo compadecemos. Sin embargo, al mismo tiempo lo admiramos por intentar hacer prevalecer su identidad de soñador en un tiempo que se devora a sí mismo, no tan diferente del nuestro al fin y al cabo. Y así, a pesar de todos los vacíos de su vida que ignoramos, el gran Gatsby surge finalmente de la bruma que lo envuelve para hablarnos de nosotros mismos.

(1) Vargas Llosa, Mario; La verdad de las mentiras, Santillana, 2002

Anuncios
7 comentarios leave one →
  1. 17 octubre 2009 23:33

    Fantástica crítica. Lo mejor de todo, sin duda, el Dr. T. J. Eckleburg.

    Muchas gracias

  2. 22 febrero 2012 18:00

    Es raro encontrar entradas tan buenas. Tu blog ha ido directo a mi reader.

    Coincido completamente con tu lectura de la obra… es más, has ratificado mi lectura de la obra. El argumento banal de la historia (una historia de amor, una crítica a la sociedad americana de los años 20…), comparado con la brillantez del libro dice mucho del estilo y de la construcción narrativa. Pero has explicado de sobras esto, con cosas que me han parecido la mar de justas.

    Y como lo has mostrado bien, en realidad sí que hay un tema que se trata de manera sumamente original, el tema del sueño. Y no hablamos del sueño americano como época histórica puntual, hablamos de la condición del soñador. Y allí es cuando discrepo contigo, ya que para mí, Gatsby no es solamente pura literatura, no sólo vive su vida proyectando fantasías. Si fuera así, tal vez no acabaría muriendo.

    Gatsby es la imagen del soñador confrontado con la realidad, imagen a la vez de grandeza y a la vez de hundimiento. El soñador es el que nada a contracorriente pensando que podrá y acaba ahogándose. En definitiva, es el que por definición – y casi diría que por regla- acaba siempre hundido.

    La luz verde sigue allí, y seguirá allí, hasta nuestro desgaste, ya que la realidad siempre sale a la superficie. Allí está la tragedia de Gatsby, la de Fitzgerald y la de muchos de nosotros.

  3. María Esther permalink
    19 diciembre 2012 2:46

    Me ha encantado tu crítica. El final no puede ser más perfecto. Gracias.

  4. 6 agosto 2013 7:59

    Espectacular libro y una crítica que nos fascina a todos. Me ha encantado leer este post.

Trackbacks

  1. Club de Lectura Zamora
  2. Cocinar es un placer… pero si hay ayuda bienvenida sea | Visiones Particulares
  3. Club de Lectura Zamora

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s