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St. Mawr, D.H. Lawrence

14 octubre 2009

D. H. Lawrence (1885-1930) demostró siempre una capacidad innata para comprender aquello que se escondía detrás de la realidad cotidiana y de los mecanismos sociales impuestos por la burguesía de principios del S. XX. Lúcido observador e incisivo crítico de su época, Lawrence fue hijo de un tiempo convulso y agitado, en el que la creciente industrialización y su imposición de un ritmo de vida cada vez más acelerado y exhaustivo, quedaba disimulada bajo la moral burguesa del ocio y del disfrute. Dicha moral, que podemos caracterizar perfectamente como moral de las apariencias, sufriría la primera gran conmoción con la llegada de la Gran Guerra, en 1914, y aunque todavía se prolongaría unos años más, su derrumbamiento se presentaba como un hecho inminente.

Así lo advirtieron muchos escritores de principios del S. XX, entre ellos D. H. Lawrence, quien tomaría una firme posición en contra de la artificiosidad propia de la vida burguesa. La principal preocupación de los pensadores de esta época, en todo caso, fue la de determinar, frente a esta sociedad decadente y corrompida, qué camino debería seguirse a partir de ahora. Una de las respuestas más generalizadas a este problema fue la reivindicación, por parte de una serie de intelectuales, de la utopía marxista, e incluso la afiliación a la reciente política soviética. Otra respuesta fue, paradójicamente, el nacimiento del fascismo, que a pesar de sus diferencias con el socialismo, no dejaba de ser la otra cara de una misma moneda.

Por lo que respecta a D. H. Lawrence, nunca se inscribió a ninguna de esas dos corrientes. Su replica a dicho problema consistía en apostar por la vuelta a un estado esencial, originario y natural, que purificara al hombre de la degradación en que el supuesto progreso lo había sumido; este proyecto, por supuesto, solo podía llevarlo a cabo el hombre a título individual, desvinculándose de la sociedad pervertida para abocarse a la naturaleza indómita e incontaminada.

Es evidente que la propuesta de Lawrence obedece más a una especie de filosofía mística con rasgos literarios que a un planteamiento realista. De hecho, tanto Aldous Huxley como Bertrand Russell, cuyo trato con Lawrence fue frecuente, se refieren a él como un místico. En cualquier caso, este escritor tenía muy claro cual era ese absoluto que postulaba, encarnado en la naturaleza salvaje, así como que el reencuentro con él era el único camino de salvación para el hombre. Y la grandeza de su escritura consistió, precisamente, tal como apunta Huxley, en saber transcribir y dar forma en su prosa a esta vida primitiva y originaria, con la que él estaba en contacto directo, y de hacerlo además con gran maestría.

En St. Mawr encontramos perfectamente reflejada esta cualidad de la literatura de Lawrence. La novela recibe su nombre del caballo en torno al cual se estructura la historia, un prominente semental galés. Símbolo de la fuerza y de la vida que no se deja subyugar a los requerimientos del hombre y de su sociedad, St. Mawr encarna así la naturaleza esencial, auténtica, que se adivina detrás de la realidad más inmediata y tangible. Portador de la vida y de la rebeldía contra todo orden impuesto, la presencia del caballo despertará en Lou Witt, principal protagonista del libro, un sentimiento de insatisfacción ante esa vida fingida de la Europa burguesa, y la consecuente necesidad de replantearse el sentido de su existencia.

La fuerza natural, primitiva, que representa St. Mawr no es en absoluto, cabe decir, benévola para con el hombre. De hecho, Lawrence retrata con gran habilidad la naturaleza como elemento hostil, y la constante lucha del hombre contra ella en nombre del progreso. Sin embargo, en su obra, y St. Mawr es un buen ejemplo de ello, Lawrence replantea la noción de mal y rehúye cualquier maniqueísmo moral demasiado fácil. A pesar de su carácter adverso, la vuelta a la naturaleza y la ruptura con la sociedad se presentará como una exigencia ineludible para el autor.

Con la capacidad de introspección psicológica que lo caracteriza, Lawrence parte de este planteamiento para desgajar habilidosa y críticamente los cimientos de la sociedad de su tiempo, y plantear su búsqueda personal y mística: un vivir intuitivo que esté en contacto directo con un mundo que no conoce todavía la corrupción de la sociedad industrial y burguesa, y donde flota todavía una pátina de magia y animismo.

St. Mawr no es un libro donde predomine la acción. Aparecen en él, es cierto, algunos acontecimientos importantes, pero estos nunca constituyen sin embargo el eje principal de la narración. Tampoco es un libro especialmente conceptual ni excesivamente denso. Más bien se acerca a la novela de caracteres, aunque cabe decir que el propósito de Lawrence parece apuntar más bien hacia la superación de la psicología personal a favor de una experiencia trascendental pura que signifique la vuelta al mundo natural primigenio.

Sin llegar a ser la mejor narración del autor de El amante de Lady Chatterley, St. Mawr es con todo una novela muy lograda, con algunos momentos de bella inspiración poética y reflexiones sugestivas; una buena manera, en fin, de aproximarse a la prosa de Lawrence o de profundizar en la comprensión de sus obras capitales.

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