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David Copperfield, Charles Dickens

15 octubre 2009

“Una nación sin fantasía, sin algo de romance,

nunca ocupó, nunca puede ocupar,

y nunca ocupará un gran lugar bajo el sol.”

Charles Dickens. Frauds in the Fairies.

Cuentan que en la gris Inglaterra del siglo XIX, todas las familias, fuesen pobres, ricas, tristes o felices, solían reunirse, en corrillo, alrededor del fuego mientras esperaban, con ansiosa delectación, la llegada del tardío cartero que traería un nuevo cuaderno azul de Boz debajo del brazo.
Estas largas esperas se solían amenizar con discusiones sobre si prosperaría la batalla que mantenía la afable Betsey Trotwood con los malvados burros o si, finalmente, el señor Micawber, junto a todo su clan, se vería irreparablemente abocado a la ruina y a la más miserable podredumbre. Pero los miembros más nerviosos e impacientes de estas familias eran incapaces de esperar durante tanto tiempo y no hacían otra cosa que salir escopeteados de casa en búsqueda del tan esperado mensajero. En esos días, que solían repetirse de mes en mes, centenares de grises e inglesas callejuelas, pertenecientes a grises e inglesas ciudades, se llenaban de miserables, ricos, trabajadores o bribones que surcaban los recovecos de la ciudad en búsqueda del inocente, aunque poco presto, cartero.

Esta pequeña anécdota muestra perfectamente la pasión que sentía el pueblo inglés por Charles Dickens. El éxito y la fama que consiguió el escritor inglés entre todos los estamentos del pueblo inglés alcanzó cotas nunca jamás imaginadas. Tal era el amor de los ingleses para con Dickens que, a la muerte del escritor, durante las exequias de su funeral, Benjamin Jowett dijo de él: “Resulta muy difícil calcular la deuda que hemos contraído con este hombre que nos ha hecho amar a unos personajes ingleses buenos, abiertos, sinceros y honestos que se cruzan cada día en nuestra existencia.” Charles Dickens fue, y será para siempre, el escritor del pueblo inglés.

David Copperfield nació para ser una autobiografía sobre la niñez de Charles Dickens, pero acabó convirtiéndose en su novela más querida y en la que vertió todas sus ensoñaciones y desasosiegos de la infancia. Dickens trabajó durante dos años (entre 1948 y 1950) en la confección de lo que los alemanes llaman una Bildungsroman, es decir, una novela de formación que, en este caso, es narrada por su protagonista -David Copperfield-, el cual, desde la madurez de la vida va rememorando sus desventuras infantiles. David Copperfield es una especie de tapiz en el que el genio inglés va dibujando, con la delicadeza y la dulzura propia y exclusiva de un padre, unos personajes y unos ambientes que, por su plétora de detalles, cobran vida por sí solos.
En la novela se describe con gran realismo, humanidad y aura poética una amplia muestra del carácter inglés de mediados del siglo XIX. Cierto es que sus personajes son exageraciones, caricaturas de figuras reales mucho menos estrambóticas, pero esta opulencia y desmesura en los detalles, en las manías y en los gestos de los personajes dickensianos, no hace que éstos resulten menos creíbles o verdaderos, sino más bien al contrario, porque ¿qué hay más real y más humano que un Uriah Heep frotándose continuamente, y con gran humildad, sus manos siempre frías?, ¿qué personaje literario destila una más tierna pasión que la pobre y enamoradiza Agnes? Los personajes de Charles Dickens, y muy en especial los personajes de David Copperfield, debido al mimo que pone el autor en dibujarlos para nosotros, son figuras inolvidables. Micawber, David Copperfield, Uriah Heep y Betsey Trotwood, entre otros, son como el recuerdo de un antiguo amigo ahora ya desconocido, pero nunca jamás olvidado.
En todo escritor existen ciertos aspectos de su experiencia vital que acaban contribuyendo y conformando un bagaje que, posteriormente, afectará de manera muy significativa a su obra. En el caso de David Copperfield, este axioma cobra vital importancia, puesto que, por ejemplo, resulta harto complicado no identificar al Señor Micawber con el padre del propio Charles Dickens, ya que ambos resultaron ser grandes emprendedores de negocios ruinosos y personas poco hábiles para las finanzas, cualidades que llevaron, tanto a la imaginaria familia Micawber como a la real familia Dickens, a pasar por situaciones muy complicadas, llevándolas, incluso, a vivir en la verdadera miseria. Como también resulta complicado no pensar en David Copperfield como un alter-ego del propio Charles Dickens, sobre todo en los momentos en los que el primero, estudiante en un gabinete de abogados, sólo piensa en escribir y en narrar, a través de un libro, las desventuras de su infancia y, además, se ve obligado a abandonar sus estudios y ponerse a trabajar para ayudar a su tía en la bancarrota.
No hay, en toda la novela, un sólo momento en el que el autor libere al lector de sus garras; el ímpetu, la delicadeza y la vehemencia con la que Dickens dibuja los ambientes y los personajes de aquella Inglaterra expansiva y desapasionada forman una tela de araña que atrapa al lector en un flujo constante de emociones, sorpresas y acontecimientos inesperados que producen un torrente de sentimientos que van desde la mayor de las angustias hasta la hilaridad más sofocante.

Nacido en 1812, a Dickens le tocó vivir en la Inglaterra victoriana; un país afanado por el auge de la revolución industrial y el capitalismo, un país que había olvidado a los más pobres y miserables y que se escondía bajo el velo hipócrita de la moral calvinista. Dickens descorrerá este velo para mostrar, con gran sentido del humor, pero de forma descarnada y directa, la dura realidad de las víctimas de la industrialización. Gracias a su capacidad para captar los ambientes urbanos y los personajes que trasiegan por las expansivas ciudades inglesas, Dickens representará la conciencia moral de un pueblo inglés obnubilado por el desarrollo económico. Por ello, en una Inglaterra gris, sin imaginación y lastrada por la moderación, la represión de lo que es humano y natural, la ética del trabajo, del ahorro y de la prudencia, David Copperfield representará una ventana abierta por la que podía entrar un aire fresco que violentara las almas abotagadas por la tradición reformista.
La extensión de David Copperfield –más de mil páginas- permite a Dickens viajar por debajo del caparazón de esta Inglaterra reformada y dibujar, con sus dedos suaves y gráciles pero enérgicamente inconformistas, el retrato de la pobreza, la enfermedad, la delincuencia y la vida en el Londres de mediados del siglo XIX. Y es en esos momentos, momentos en los que el autor se deleita en la descripción de la casa más humilde, de los ropajes más desharrapados o del sentimiento más oscuro y trágico, en los que el genio narrativo de Dickens brilla con mayor fuerza, llegando a producir la sensación de que lo leído no lo hemos sino visto con nuestros propios ojos y vivido en nuestra propia vida.
Existe,por tanto, durante la lectura de la novela, la sensación de que es el propio narrador el que está junto a nosotros susurrándonos, con voz cambiante, la historia de su vida. Esta sensación se hace tan fuerte que, en algunos momentos, podemos creer oír a David Copperfield decir, esta vez con voz cavernosa y fantasmal: tan cerca como estoy ahora yo de ti, aquí de pie, en espíritu, a tu lado.(1)
La abrumadora proximidad del narrador resulta ser un elemento clave para disfrutar plenamente de la experiencia de sumergirse en un mundo tan profusamente real como lo puede ser el nuestro. Pero para leer a Dickens como es debido habría que vestirse con levita, calzarse unas polainas o tomar un poco de rapé, para después dejarse abandonar por las arrobadoras descripciones y personajes que Dickens es capaz de recrear ante nuestros ojos.

David Copperfield es por todos estos motivos, una de esas novelas que merecen la etiqueta de “clásico” y que, como tal, aunque las necesidades literarias puedan cambiar, mientras el hombre ansíe alegría en los momentos de placidez en que la voluntad de vivir descansa y sólo la sensación de vivir agita ligeramente sus olas y en que nada se anhela tanto como una emoción del corazón, cándida y melodiosa, el hombre echará mano de estos libros únicos, tanto en Inglaterra como en el mundo entero. (2)

(1) DICKENS, Charles; Canción de Navidad.
(2) ZWEIG, Stefan; Tres maestros.

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2 comentarios leave one →
  1. 16 junio 2010 23:32

    me parese un libro muy interesant y curioso

  2. Marian permalink
    28 mayo 2013 12:35

    Reblogueó esto en marian395's Blog.

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