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El asno de oro, Apuleyo

15 octubre 2009

A las puertas de una modernidad que se derrumba, cuando pocos valores se sostienen todavía en pie, volver a los clásicos no representa solamente una bocanada de aire fresco para nuestros pulmones, sino que resulta casi una tarea que debemos exigirnos a nosotros mismos como una inexcusable revisión de principios: es imperioso ser conscientes de nuestros orígenes para poder fundamentar así correctamente nuestra propia modernidad. Evocando al poeta catalán J.V. Foix, “sed modernos, leed a los clásicos”.

Apuleyo de Madaura, cuya vida transcurrió aproximadamente entre el 125 y el 180 d.C., figura entre los últimos escritores de la gran tradición greco-latina. Aunque escribió siempre en latín, su formación fue principalmente griega, y su vasta producción erudita, la mayor parte de la cual se ha perdido, atestigua su gran versatilidad y su incansable inquietud intelectual. Entre los textos que le son atribuidos constan tratados de filosofía, política, medicina, aritmética y música, entre otras varias disciplinas. Por otra parte, en su obra se adivina un espíritu siempre crítico e insurrecto con el poder centralizado de una Roma ya en decadencia. Gran viajero por lo demás, Apuleyo recorrió Grecia, Roma, el norte de África y Alejandría, donde su afición por las culturas orientales lo llevó a ser acusado de utilizar artes mágicas para seducir y desposar con Emilia Pudentila y matar a su hijo, imputación de la que probablemente fue absuelto. Fruto de esta acusación nos ha quedado el texto legal llamado De magia o Discurso sobre la magia en defensa propia, más frecuentemente conocido como la Apología.

En todo caso, más allá de las contingencias de su biografía, Apuleyo es principalmente recordado por ser el autor del texto Las metamorfosis, que conocemos ya desde tiempos de San Agustín con el nombre de El asno de oro. Se trata, juntamente con el Satiricón de Petronio, de las dos únicas novelas latinas que la tradición nos ha legado. Sin embargo, es preciso andarse aquí con ojo al utilizar el término ‘novela’, por cuanto dicho vocablo, relativamente reciente en suma, no refleja desde luego en toda su amplitud el sentido de la narrativa clásica, y puede llevarnos al error de juzgarla desde una perspectiva que no le corresponde.

El asno de oro es en gran parte, de hecho, una fábula milesia, según señala su propio autor en el breve preámbulo que abre el texto; aunque en realidad dicha afirmación solo es verdadera hasta cierto punto. La fábula milesia consiste en un tipo de narración de origen griego, de tema picaresco por lo general, divertida y amena, escrita en un estilo coloquial y estructurada en torno a una serie de elementos invariables, como son la presencia de artes mágicas y metamorfosis o el componente erótico. Dichos requisitos cumpliría, con toda seguridad, el original griego en el que se inspiró, más o menos remotamente, Apuleyo para escribir sus Metamorfosis. Sin embargo, la mayor complejidad estructural y extensión de la obra del retórico latino lo alejan del modelo milesio. En primer lugar, El asno de oro mezcla episodios evidentemente cómicos y eróticos (a veces hasta rozar lo aberrante) con otros casos de carácter trágico, algo inusitado en el cuento milesio. Por otro lado, si bien Las metamorfosis utilizan la primera persona de acuerdo con la tradición milesia, la yuxtaposición de sucesos y de tramas narrativas es en este texto mucho más elaborada de lo que solía ser en aquella. Y por último, aunque no por ello menos importante, cabe destacar que lo picaresco y lo licencioso se subordinan, en el caso de Apuleyo, a unos fines más altos que se ocultan detrás de los distintos episodios narrativos, trasfondo muy vinculado a las doctrinas neoplatónicas de Apuleyo y a su ambigua relación con las religiones orientales. No es difícil adivinar que la forma del cuento griego que toma el autor es de hecho un simple armazón detrás del cual se esconde el más genuino Apuleyo, de mucha mayor profundidad de lo que pueda parecer a simple vista.

El asno de oro narra la historia de Lucio, un hombre que, en su afán por aprender las artes ocultas, y por el error de una aprendiza de bruja, es convertido en asno. El azar hará que Lucio, en esta nueva condición, pase de mano en mano, de tal suerte que, entre las desventuras y desdichas que vivirá con sus despóticos amos, tendrá la oportunidad de recopilar una floresta de cuentos y sucesos vistos, vividos u oídos, en tanto busca las rosas cuya ingestión solamente lo ha de volver a su condición humana. En dichas rosas se ha visto a menudo, con bastante acierto según creo, el símbolo de una sabiduría que Lucio solo puede alcanzar después de un arduo camino de aprendizaje y padecimiento, en un eco del neoplatonismo que Apuleyo aprendió en Grecia y que siempre profesó en sus escritos.

Fuera como fuera, la historia, que no esconde grandes intrigas ni giros inesperados, pero que no resulta por ello menos interesante, sirve al autor para engarzar una serie de cuentos y narraciones menores que entrelaza con auténtica maestría, sin perder jamás el hilo narrativo ni desorientar al lector en sus acrobacias estructurales. Especialmente atractiva resulta la celebérrima historia de los amores de Eros y Psique, que tanto por su extensión como por su sentido último, también fácilmente vinculable al neoplatonismo de Apuleyo, cumple un significativo papel estructural en la obra, y cuyas páginas figuran sin duda entre las más bellas jamás escritas.

Otro aspecto interesante que presenta El asno de oro, en especial por su contraste con las fábulas milesias que lo inspiran, es el magnífico uso del lenguaje que hace Apuleyo a lo largo de toda la obra. Su asombroso dominio del latín, así como un refinado sentido del humor, lo llevaron a utilizar una lengua ampulosa, afectada, que contrastaba ridículamente con los sucesos narrados. Esto molestó mucho a Marcelino Menéndez y Pelayo, que a pesar de reconocer los méritos de la novela, no entendió que el lenguaje era un recurso más (y de los más hábiles, por cierto) para lograr un efecto cómico y grotesco, paródico, respecto a aquellas fábulas milesias que tomaba como modelo. Tanto es así, que don Marcelino llegó a sentenciar que Las Metamorfosis eran «si se prescinde del estilo extravagante y afectadísimo, una de las novelas más divertidas y variadas que se han escrito en ninguna lengua».

Actualmente hay a disposición del lector una gran cantidad de traducciones de las más dispares características, que van desde la más rigurosa fidelidad al texto original hasta la más libre recreación en aras de una mayor flexibilidad narrativa. Es preciso citar, sin embargo, ni que sea por su importancia histórica, la traducción que hizo Diego López de Cortegana a principios del S. XVI, que mereció, entre otros, los elogios de don Marcelino y de Carlos García Gual. Esta traducción, más libre que exacta, tuvo en su momento la virtud de hacer accesible a un público bastante amplio la ardua prosa latina original, simplificando además las referencias que el lector no avezado podría no comprender, sin perder por ello, no obstante, el tono irónico y el ritmo fluido del relato. La difusión del texto fue sorprendente para la época, y no solo significó la revaloración de El asno de oro, sino que convirtió este libro en el único antecedente tangible de la novela picaresca española, en especial del Lazarillo; a través de esta influenció también en toda la narrativa europea de corte picaresco y en la literatura española posterior, con especial incidencia en El Quijote, cuya conexión con El asno de oro es notable.

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2 comentarios leave one →
  1. 17 octubre 2009 23:35

    Llego aquí desde el blog “El Más Violento Paraíso”.

    De entrada nada más que suscribir, con todo el énfasis, lo que señalás en el primer párrafo. Y agrego: “la única forma de libertad y rebelión es ser anacrónicos”.

    Y bueno, “El asno de oro” es magnífico, definitivamwnte.

    Saludos.

  2. 17 octubre 2009 23:35

    Hola:
    Magnífica reseña, y, coincidiendo con Gustavo y con tus opiniones, la lectura de los clásicos se ha convertido en una necesidad, no ya para ser modernos, sino para desenmascarar muchas veces los oropeles de la supuesta modernidad.
    “El Asno de Oro” es realmente una obra magnífica y, curiosamente para el lector no avisado, más moderna que mucha narrativa actual.
    Un saludo!

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