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Firmin, Sam Savage

15 octubre 2009

Poco imaginaba el mundo hasta hace poco que un desconocido autor casi octogenario de barba desaliñada y mirada remota, un beat arrancado de su tiempo llamado Sam Savage, iba a causar con su primera novela semejante revolución en el mercado editorial. Este excéntrico personaje, que a pesar de haber sido profesor de filosofía en Yale prefiere ser descrito como mecánico de bicicletas, carpintero o pescador, publicó Firmin por primera vez en una pequeña editorial de Minneapolis en el 2006, pero el éxito le vino pocos años después de la mano de la editorial española Seix Barral cuando ésta, viendo la joya que tenía entre manos, compró los derechos internacionales del libro. La estrategia, a pesar de inédita en España, ha resultado ser un éxito rotundo, en gran parte gracias a la poderosa campaña publicitaria que la editorial ha lanzado entorno a la novela, lo cual no desmerece, sin embargo, su gran calidad literaria.

Firmin cuenta una historia entrañable, libre de sentimentalismos y moralejas fáciles, que entrecruza en sus líneas, con gran maestría, lo amargo y lo simpático, lo irónico y lo patético, lo inteligente y lo (aparentemente) sencillo. Con ecos de Dostoievski (no casualmente la novela recuerda ya desde su título el tono empleado en Memorias del subsuelo), recorremos la historia de Firmin, una rata noruega, decimotercera y última cría de la camada de una madre alcohólica que dio a luz en el sótano de una librería. Sin poder acceder, por su flaca constitución, a los cuidados de la madre, Firmin descubre el amor a la lectura devorando (literalmente) los viejos libros que lo rodean. Su curiosidad, sin embargo, vence pronto a su apetito, por lo cual la pequeña rata deja en poco tiempo de alimentarse de los libros para leerlos, hasta el punto de alcanzar una prodigiosa capacidad de lectura y una mayor erudición.

Así empieza la tragicomedia de Firmin, este ser a medio camino entre el hombre y la alimaña urbana en busca de un espacio propio para la comprensión. Temedor de los espejos que reflejan su auténtico semblante, cinéfilo y zoofílico por igual (sus amores son única y exclusivamente humanos), burgués o bohemio, sarcástico y depresivo, este roedor instruido que tanto lee a Proust como toca el piano, nos conduce por la amarga historia de una vida que se hunde bajo los escombros de un barrio bostoniano embestido por la especulación inmobiliaria.

Entre sus dioses encontramos a Joyce, Henry James, Fred Astaire, Ginger Rogers o a Charlie Parker, sin olvidar por supuesto las “beldades” de las películas pornográficas que el cine Rialto proyecta clandestinamente a partir de las doce de la noche. También de forma clandestina intentará Firmin vivir esta vida que no es la suya, o que quizás sí lo es, pero que nadie reconoce como tal, y que está destinada por ello al fracaso.

Firmin es la tragedia de una mente demasiado lúcida en un mundo que no puede vislumbrar ni comprender. No se trata, como se ha dicho a menudo, de un simple homenaje a la literatura y al espíritu lector, aunque por supuesto tiene mucho de eso. Pero éste, a pesar de su aparente simplicidad, es un relato vigoroso, de una gran profundidad y lleno de sutilezas que una lectura confiada puede dejar pasar por alto.

Firmin es la historia de una soledad, una incomunicación, de un ser que comprende pero que no puede ser comprendido. Esta sensación de desamparo y exclusión del mundo se traduce en una actitud quijotesca que se manifiesta en el ámbito de los sueños y la fantasía. El mismo Firmin se comparará con don Quijote en un pasaje de especial importancia para la comprensión del libro:

«La verdad es que nunca he estado bien de la cabeza. Lo que pasa es que yo no ataco molinos de viento. Hago algo peor: sueño con atacar molinos de viento, estoy deseando atacar molinos de viento y a veces imagino que he atacado molinos de viento.»

Firmin está constantemente soñando o imaginando. Sus sueños tienen, por otro lado, un claro componente dialogante: en sus quimeras no es raro oírle mencionar ciertos diálogos que supuestamente mantuvo en algunas ocasiones; tres veces, por ejemplo, se refiere a conversaciones que tuvo mientras tomaba una copa en un bar. Con estas conversaciones de la imaginación mitiga el protagonista la impotencia derivada de su incomunicación real en el mundo. En este sentido, un aspecto todavía más interesante a subrayar: todo el libro está escrito según este procedimiento, es decir, como un diálogo que la rata mantuviera con el lector, lo cual explica las continuas interjecciones y preguntas que Firmin incluye en su narración.

¿Es legítimo preguntarse entonces si toda la narración no se trata de nada más que de un sueño, una fantasía de Firmin? Es posible, no es fácil asegurarlo; en todo caso, tenemos motivos suficientes para dudar acerca de la verosimilitud de la historia que se nos cuenta así como de su aparente significado. Está claro que los libros y la lectura son el pilar fundamental de la historia, pero lo son por cuanto resultan una vía más, en manos de Firmin, para soñar, imaginar, evadirse:

«Nunca he tenido mucha valentía física, ni de ninguna otra clase, y siempre me ha costado mucho trabajo afrontar la vacua estupidez de una vida corriente, sin relato, de modo que muy pronto di en confortarme con la ridícula idea de que poseía un Destino. Y comencé a viajar, en el espacio y en el tiempo, por medio de los libros, buscándolo. […] Hice que mis sueños entraran en los libros, y a veces me volvía a soñar dentro de los libros. »

Podemos ver fácilmente en Firmin una suerte de existencialista, cuya única arma contra la vacuidad de la existencia consiste en novelarla, recrearla. Sin embargo, parece ser que el propio protagonista no tiene forma alguna de tomar consciencia de esta condición ficticia que lo define:

«No me entraba en la cabeza que algo así me hubiera sido otorgado. A veces pensaba que podía ser parte de algún designio secreto. Me preguntaba: “¿Será posible que, a pesar de mi dudoso aspecto, yo tenga un Destino?” Y con ello me refería a la clase de cosa que la gente tiene en los relatos, donde los hechos de la vida, por agitados y revueltos que discurran, al final se resuelven en una especie de pauta. Las vidas, en los relatos, tienen sentido y dirección. Incluso vidas totalmente desprovistas de sentido, como la de Lenny en De ratones y hombres, llegan a adquirir, por su lugar en el relato, al menos la dignidad y el significado de ser unas Vidas Estúpidas y Desprovistas de Sentido, el consuelo de ser un ejemplo de algo. En la vida real, ni eso consigue uno.»

Y encontramos aquí un elemento clave para entender a Firmin: él, como lector, sabe que sólo como ficción o creación, o incluso como sueño, puede tener un sentido la existencia, por lo cual procederá a imaginar su vida, a soñar su existencia. ¿Pero es Firmin, quién se sueña a sí mismo? Quizás, aunque personalmente no lo creo; ¿es el autor, Sam Savage, quien sueña para salvarse? ¿O acaso somos nosotros? Esta confusión obedece seguramente a las intenciones del autor, tal como apunta una de las dos citas que abren el libro, extraída de Las enseñanzas de Chuang Tzu, el milenario filósofo taoísta:

«Cierto día, Chuang Tzu se quedó dormido y soñó que era una mariposa, revoloteando muy contento por ahí. Y la mariposa no sabía que era Chuang Tzu soñando. Luego despertó y volvió a ser el de siempre, pero ahora no sabía si era un hombre soñando que era una mariposa o una mariposa soñando que era un hombre.»

Hacia el final del libro, en la que será su última fantasía o quimera, se le aparece a Firmin su musa, la diva del cine Ginger Rogers, con la que, por cierto, conversa. Este fragmento es también esencial para comprender el significado de la obra:

«Ginger permanecía junto a mí, ante la ventana. Me estaba preguntando si ella también lo vería, cuando me dijo:

– Es ahí donde actúo. Todas las noches me quito la ropa haciendo un número titulado “La danza del fin del mundo”. Pierden la cabeza viéndome.

Yo pensé: ¿Trabajas de estriptisera?

Es solo un trabajo de noche.
Así que me lees el pensamiento.

El pensamiento y más que el pensamiento: todo lo que crees, todo lo que deseas.
No creo en nada.
– Crees en ser una rata.»

¿Pero es realmente Firmin una rata o, mejor aún, cree serlo? Recordemos que él mismo ha estado tejiendo a lo largo de todo el libro una red de sueños y quimeras para renegar de esta condición, y que ha evitado mirar los espejos porque sabía que la imagen que se le mostraría no correspondería a la ficción que él se había construido entorno a él mismo. No es descabellado, llegados a este punto, pensar que, a través del espectro de Ginger Rogers, el autor se esté dirigiendo en realidad a nosotros, los lectores de la historia, que hemos estado leyendo hasta aquí y dando vida a la historia y a Firmin en nuestra cabeza.

Y así se nos presenta una revelación alumbradora: Firmin, la rata lectora, no es sino una alegoría de nosotros mismos, de nuestra soledad enfrente el mundo, que nos ha llevado a buscar un sentido a la existencia en los sueños y en las quimeras de los libros. Y Jerry Magoon, el bohemio escritor barbudo que adopta a Firmin como mascota mientras escribe una novela sobre ratas alienígenas en la que Firmin busca su razón de ser, puede representar perfectamente a Sam Savage en este magnífico juego de ficción y realidad.

De este modo, Firmin nos descubre con gran maestría una parte de nosotros mismos que quizá no conocíamos todavía, esta cara oculta de la que Ginger habla a Firmin («…porque todo el mundo tiene dos aspectos, el oscuro y el luminoso. Los tienes tú, los tienen ellos, los tengo yo. Nadie se libra.») que no quiere verse reflejada en el espejo, y que adquiere el monstruoso aspecto de la soledad que Firmin simboliza.

Con el último aliento de un mundo que se derrumba, Firmin volverá al sótano de la librería donde nació, y, en medio de los escombros, rendirá su último tributo a la literatura:

«Me di la vuelta en el nido. Desenvolví el rollo para convertirlo de nuevo en un trozo de página, de página de un libro, del libro de un hombre. Totalmente desplegado, lo leí: “Pero los estoy perdiendo aquí y todo lo desprecio. Solaloca en mi soledad. Por todas las culpas de ellos. Estoy desvaneciéndome. ¡Oh, amargo final! Nunca lo verán. Ni lo sabrán. Ni me echarán de menos. Y es vejez y vejez es triste y es vejez es triste y es cansancio.” Miraba estas palabras y no bailaban ni se emborronaban. Las ratas no tienen lágrimas. Seco y frío era el mundo, y bellas las palabras. Palabras de partida y adiós, de adiós y hasta la vista, del pequeño y del Grande. Plegué de nuevo aquel pasaje, y me lo comí.»

Con este postrer mordisco acaba el libro, y la ficción, y el propio Firmin: sólo nosotros persistimos. Nuestra quimera se desvanece en recuerdos y suspiros, y el sueño que acaso fuimos desaparece nuevamente en el vacío. Agrietados por esta soledad que nos devora, y para continuar soñando, tomamos un nuevo libro de nuestra mesilla y, con la última lumbre de la noche, lo abrimos.

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One Comment leave one →
  1. 17 febrero 2013 0:11

    Samuel Savage, nome dice nada, normal es su primer libro, bueno, es cierto que “DOCTITUD” de su narrativa deja ver claramente que no es un primeriso en el mundo literario y que viaja con un equipaje consecuente.
    Titulado de un doctorado en filosofía de Yale, nada menos que eso, Sam Savage ha ejercido a un gran número de empleos, mecanico, recepcionista, camarero …. etc. El minucioso conocimiento delautor de la psicologia humana es probablement enriquezido por el aporte de sus numerosas ocupaciones, experiencias y de su formacion filosófica.
    Firmin, el menor de une camada de trece ratones, Flo, su madre solo cuenta doce pezones para amamantarles, puedes facilmente imaginar que las cosas fueron difíciles desde elcomienzo para este ratoncito, las dificultades aumentan aun, cuando nuestro pequeño roedor que se da cuenta que puede leer todo lo que le cae en las manos, bueno ..sus patas, de este lado la ocupacion no le falta puesto que Firmin vive en una biblioteca.
    Firmin dotado de una enorme capacidad para la introspección y la observación nos relata
    su vida, incapaz de asociarse a sus congéneres de especie, sin medios de comunicar con los humanos Firmin sombra poco a poco en la soletad y la melancolía. Solo dos seres humanos parecen poder crear un lazo afectivo con nuestro personaje, Norman y Jerry, el primero es el dueño de la biblioteca donde vive Firmin, el segundo es un escritor bohemio.El mundo de nuestro tierno ratón se cantona a Scollary square, viejo barrio de Boston que agoniza y cuya demolición esta programada por la alcaldía en un corto plazo, es el universo de Firmin. El lector advertido no tendrá dificultad alguna a entrever las numerosas referencias cablegráficas, la influencia de autores como: Borges,
    Celine, Roth y tantos otros son palpables. Savage atravez Firmin nos envía a la faz nuestra inhumanidad, la mezquindad y la pobreza de nuestras almas.
    Esta primera novela de Savage es como un girasol matinal que abriéndose ofrece al observador atento la promesa luminosa del oro que la apertura de su corola ofrece.
    Estoy ampliamente de acuerdo con el comentario de los editores de la edición francesa de Acte Sud en la cual Alessandro Baricco escribió: Firmin, es el ratón que Walt Disney hubiera creado si él hubiese sido Borges.

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