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En Nadar-dos-pájaros, Flann O’Brien

16 octubre 2009

Que la historia de la literatura es a menudo arbitraria e injusta no nos es un hecho desconocido. Que muchos grandes escritores y poetas no recibieron nunca en vida el aplauso que merecían, o que muchos otros fueron olvidados tras su muerte, tampoco nos resulta extraño. Y sin embargo, no puede dejar de sorprendernos que un autor de la talla de Flann O’Brien haya pasado desapercibido entre el público lector durante décadas y que todavía hoy no conste en muchos diccionarios o manuales de literatura universal. Garantes de su calidad, desde luego, no han faltado, y sus pocos lectores fueron siempre los más excelentes. Fue Graham Greene quien recomendó vehementemente En nadar-dos-pájaros, su primera y más original novela, a la editorial Longman, de la cual era por aquel entonces lector. En su entusiasmado informe, que sitúa la novela en la línea de Tristram Shandy o de Ulysses, decía: «We have had books inside books before now, and characters who are given life outside their fiction, but O’Nolan takes Pirandello and Gide a long way further». Únicamente fueron vendidos 244 ejemplares del libro, quedando destruidos el resto durante un bombardeo en la segunda Guerra Mundial, pero entre sus primeros lectores figuró nada menos que Samuel Beckett, quien fascinado por la originalidad del libro remitió inmediatamente un ejemplar a James Joyce. Joyce recibió al nuevo novelista con un entusiasmo poco frecuente en él, diciendo que se trataba de «un auténtico escritor, con verdadero espíritu cómico. Un libro realmente divertido». También Dylan Thomas se sumó al panegírico con estas palabras: «Esta novela sitúa a O’Brien en la primera línea de la literatura contemporánea.»

El argentino Jorge Luis Borges, por su parte, siempre atento a las novedades de la literatura anglosajona, saludó el libro con exaltación en un artículo publicado en la revista El Hogar en junio de 1939, donde definía esta obra como una de las mayores del siglo veinte: «He enumerado muchos laberintos verbales: ninguno tan complejo como la novísima obra de Flann O’Brien: At Swim-two-birds. Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas. Forman el libro los muy diversos manuscritos de esas personas reales o imaginarias, copiosamente anotados por el estudiante. At swim-two-birds no sólo es un laberinto: es una discusión de las muchas maneras de concebir la novela irlandesa, que ilustran o parodian todos los estilos de Irlanda. La influencia magistral de Joyce (arquitecto de laberintos, también; Proteo literario, también) es innegable, pero no abrumadora, en este libro múltiple.»

A estos elogios puede añadirse todavía el reconocimiento de Anthony Burgess («Flann O’Brien es incuestionablemente un autor mayor»), Sergio Pitol (que calificó En Nadar-dos-pájaros de texto excepcional), Edna O’Brien o Harold Bloom, entre muchos otros.

Flann O’Brien es en realidad uno más de la decena de pseudónimos que utilizó el escritor Brian O’Nolan (1911-1966), cuya existencia transcurrió siempre entre máscaras, tanto en la vida como en la literatura. O’Nolan fue el funcionario irlandés que nos muestran algunas fotografías, taciturno, alcohólico y frustrado, pero fue también Myles na gCopaleen, periodista de éxito, autor de una columna satírica diaria en el Irish Times, y también Flann O’Brien, el erudito escritor vanguardista que nos ocupa, además de Count O’Blather, George Knowall, Peter the Painter, Brother Barnabus, John James Doe, Winnie Wedge o An Broc. La razón de estos pseudónimos era, según parece, evitar una situación conflictiva con su puesto de funcionario, pero la gran proliferación de identidades parece apuntar más allá. Alguien que se molesta en poner tantas máscaras delante de su persona, en crearse tantos alter egos distintos, es alguien que aspira forzosamente al anonimato. O’Brien, es decir, O’Nolan, fue un auténtico escritor, puesto que su auténtica meta era la literatura misma, hecha desde la libertad y humildad de la pluma anónima. Sin embargo, como lamenta Sergio Pitol, su otra máscara, la del cada vez más aclamado columnista satírico Myles na gCopaleen, acabó por devorar las demás identidades, matando al escritor y al hombre delicado que se ocultaba detrás. Curioso caso el de Flann O’Brien: murió tristemente por su propio éxito, y tristemente habría de ser olvidado este genial y originalísimo novelista irlandés.

El mismo juego de máscaras se repite una vez más en su obra. El aspecto cómico, irónico, prácticamente de humor absurdo que presenta, tan solo disimula magistralmente la seriedad de sus intenciones. Los ecos de un mundo en crisis, dominado por los totalitarismos europeos, así como de la Irlanda reaccionaria y caprichosa que le tocó vivir a su autor, encuentran su lugar en la obra de O’Brien, en quien la crítica irónica y el pesimismo salen a la luz desde su laberíntica apariencia con una maestría pocas veces vista. La originalidad de las formas y lo experimental de sus relatos no impiden la amenidad de su lectura, lo absurdo en apariencia descubre un fondo pleno de sentido, lo grotesco esconde delicadeza y belleza, y el laberíntico complejo que se nos enunciaba deviene finalmente una unidad coherente y perfectamente desplegada: he aquí lo que convierte a Flann O’Brien en el magnífico escritor que es.

En Nadar-dos-pájaros (en inglés: At Swim-two-birds) es al mismo tiempo un ejercicio literario en busca de nuevas formas de expresión, una mirada escéptica pero respetuosa hacia la tradición irlandesa y, ante todo, una admirable y deliciosa novela llena de ironía. Su extraño título es la traducción literal del topónimo Snámh-dá-én, que aparece mencionado en el texto irlandés Buile Suibhne («El frenesí de Sweeny»), que O’Brien utilizó para estructurar su obra y cuyo protagonista aparece también en ella.

En el principio del libro, el personaje narrador, un estudiante de Dublín del cual desconocemos el nombre, expone su disconformidad con la estructura lineal que acostumbra a utilizarse en todas las narraciones, y anuncia una premisa estimulante, a saber: un buen libro debería comenzar con tres principios distintos, vinculados únicamente en la presciencia del autor, de modo que todos ellos avanzaran conjuntamente hasta unirse en un final entre los cientos o miles posibles. Las tres aperturas que se proponen presentan los siguientes personajes: el primero, el Puca MacPhellimey, una especie de genio maligno o espíritu demoníaco que habita una cabaña en medio del bosque, obsesionado con la naturaleza metafísica de los números; el segundo, John Furriskey, que tiene la particularidad de haber nacido a los veinticinco años de edad, con capacidad de habla y de memoria (pese a no tener nada que recordar), además de algunos conocimientos de física moderna; la tercera apertura presenta al gigante Finn Mac Cool, un héroe legendario de la antigua Irlanda.

A grandes rasgos, el argumento de la obra (si puede hablarse de argumento) es el siguiente: el estudiante de Dublín aprovecha sus ratos de ocio para escribir un libro, en el que otro excéntrico escritor, Dermot Trellis, que lleva veinte años tendido en su cama, decide escribir una novela moral sobre las consecuencias del vicio. Con este fin crea a una serie de personajes, entre ellos los tres ya mencionados, que obliga a vivir con él en un hotel de su propiedad, El Cisne Rojo. Estos personajes, sin embargo, no se contentan con los papeles que Trellis les ha otorgado, de modo que se rebelan contra él y lo mantienen dormido a base drogas con el fin de poder hacer sus propias vidas, volviendo solo puntualmente al hotel, para así mantener el engaño, en los cortos periodos en que Trellis recobra la conciencia. Estas mismas criaturas, al mismo tiempo, cuentan sus propias historias y escriben sus propias novelas, que incluyen nuevos caracteres y a veces incluso a su propio autor, Dermot Trellis. De ese modo, la novela se divide en tres planos narrativos: en primer lugar, el plano del estudiante de Dublín, cotidiano y costumbrista; en segundo lugar, el mundo de Trellis y de la novela proyectada; en tercer lugar, el plano de los personajes emancipados que sabotean los designios de su creador. Para complicar todavía más las cosas, sin embargo, los personajes no se contentan con permanecer en un lugar fijo, sino que van saltando sin escrúpulo alguno de un plano narrativo a otro, difuminando cada vez más las barreras que separan realidad y ficción en un maravilloso y magistral juego de los espejos en el que acaba siendo dudoso qué es verdad y qué no.

Flann O’Brien acomete la titánica tarea de desentrañar este complejísimo entramado a los ojos del lector con una agilidad y una destreza verdaderamente extraordinarias, y asimismo con una voz propia y un espíritu, de acuerdo con las palabras de Joyce, realmente cómico. En Nadar-dos-pájaros armoniza a la perfección la tradición literaria más antigua con la literatura de vanguardia, lo complejo con lo claro, una visión profunda e inteligente con un aspecto ocurrente, divertido y excepcionalmente original, lo trágico con lo cómico y, en definitiva, lo aparentemente grotesco con un sentido mucho más hondo de lo que podamos imaginar. O’Brien es uno de estos excepcionales autores que marcan un antes y un después en la vida del lector, y En Nadar-dos-pájaros una pieza imprescindible para cualquier buena biblioteca: una obra para leer y releer a lo largo de la vida, con la seguridad de que siempre nos abrirá una nueva puerta en algún rincón de sus insondables laberintos.

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