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Querelle de Brest, Jean Genet

17 octubre 2009

Oscar Wilde, ese genio que se paseó por el Londres victoriano con pantalones de montar y una flor en la solapa, escribió en cierta ocasión que no existen libros morales o inmorales, sino tan sólo libros bien o mal escritos. Este axioma, muy afortunado por cierto, toma un cariz especialmente seductor si lo acomodamos a la literatura de Jean Genet, un autor que nunca renegó de la inmoralidad, sino que, al contrario, disfrutó ostentándola como estandarte tanto en la literatura como en la vida.

Como Wilde, Genet perteneció por su condición homosexual a lo que Proust denominó la raza maldita: «… maldita, porque lo que para ella es el ideal de belleza y el alimento del deseo también representa el objeto de la vergüenza y el miedo del castigo…». Esta circunstancia, que Genet convirtió hasta cierto punto en esencia de su obra, le valió el rechazo de una gran parte del público, además de la censura, e incluso la prohibición en algunos países, de sus libros. No deja de ser curioso que un autor de esta magnitud, que mereció tanto admiradores por su pulcro estilo como detractores por sus polémicas perspectivas, haya sido sepultado tan pronto en el olvido por un mundo que quedó hasta tal punto conmocionado ante Querelle de Brest o ante Nuestra Señora de las flores.

Por lo demás, poco tenía que ver Jean Genet con el aburguesamiento del primer Wilde. Abandonado por su madre en un orfanato a los siete meses de edad, Genet cultivó desde pequeño una hostilidad manifiesta hacia toda autoridad, actitud que tomará forma en su controvertida poética. Su biografía comparte muchos aspectos con su obra: la necesidad lo llevó desde joven al robo, a la prostitución con otros hombres e incluso al intento de asesinato. Pasó varias veces por la cárcel, que se convirtió en un elemento recurrente en sus escritos; tras diez condenas consecutivas, sólo la intervención de un grupo de intelectuales encabezados por Sartre, Picasso y Cocteau pudo salvarlo de la cadena perpetua que pendía sobre su cabeza.

Jean Genet contribuyó de forma expresa a afianzar esa imagen de malhechor. Se forjó, por despecho al mundo, una máscara que desafiara la moral tradicional y que ensalzara la figura del delincuente hasta convertirlo en un héroe. En Diario de un ladrón (texto autobiográfico que se nos presenta, ya desde su título, muy ilustrativo a ese respecto), refiere que su actitud de rebeldía no fue más que una manera de reafirmarse frente a un mundo que renegaba de él. Genet, digámoslo así, fue ante todo un provocador. Eso sí: un excelso provocador. Vemos en él el hijo legítimo (o ilegítimo, quién sabe) de aquellos poetas malditos que hicieron temblar también la moral de su tiempo: Baudelaire, Lautréamont, Gautier, Rimbaud. Genet, que no tenía en absoluto nada que envidiar a los citados autores, fue más lejos del dandinismo de estos, convirtiendo el horror y la tosquedad en una suerte de belleza espiritualizada. Gombrowicz escribió, acerca de su obra: «Genet es capaz de convertir la fealdad en belleza, y lo sórdido y siniestro en poesía».

Querelle de Brest fue publicada por primera vez en el año 1947 con un tiraje limitado y acompañado por una serie de 29 ilustraciones del siempre polifacético Jean Cocteau. Tanto el libro como las ilustraciones se editaron de forma anónima, por temor a las inevitables reacciones que pudieran suscitarse entre sus lectores. La obra no volvería a publicarse hasta el año 1953, y sólo lo haría tras pasar por una severa censura, de la que ya no se libraría hasta varias décadas después. En el 1956, aquella primera edición de la obra de Genet de casi diez años antes le valió un juicio en el que se le acusaba de inmoralidad y se le amenazaba con el presidio y con la imposición de una multa. A pesar de todo, Genet no volvió a ser ingresado en prisión, y jamás pagó la multa.

Leer a Genet tiene algo de experiencia mística. En él, mediante una suerte de solemnidad religiosa, lo más infame se transfigura en bello, lo más brutal deviene poesía. Esta transformación, este paso, aparentemente contradictorio, de lo terrenal a lo puro, es lo que convierte su obra en una suerte de liturgia. Genet forjó una mitología personal, un universo propio que mantendría a lo largo de su vida y su obra, lleno de símbolos e imágenes de un culto muy particular.

Pero si su maestría no tiene límites, tampoco parece tenerlos su inmoralidad: para él, el robo y el asesinato son hermosos, la dominación ejerce sobre todos un efecto fascinador, y la traición deviene la virtud suprema, la única capaz de purificar nuestras almas. El caso, no obstante, es que nosotros mismos, embriagados por su prosa, llegamos a creer también que, en el universo que abre Genet ante nuestros ojos (universo nuevo, incitante, que nada tiene que ver con el que conocíamos), estos actos no sólo son legítimos, sino incluso bellos.

Jean Paul Sartre, quien dedicó a Genet uno de sus libros más extensos, Sain Genet comédien et martyr (1), una suerte de estudio psicoanalítico del autor a partir de su obra y biografía, escribió:

«Genet se desliza de la Ética del Mal hacia un estetismo oscuro. La metamorfosis se da en un principio sin que él lo sepa: todavía cree vivir bajo el sol de Satán cuando un nuevo sol se levanta: la Belleza. Se ve que este futuro escritor no ha sido mimado a su nacimiento: nada de “naturaleza artística” ni de “don de poeta”. A los quince años soñaba únicamente con perjudicar. Cuando encontró la belleza, era una evidencia tardía, un fruto otoñal.»

Cabe decir que el estudio de Sartre, que en un principio pretendía dar las claves para la correcta comprensión de Genet, resultó ser al final un duro golpe para este, que se sintió brutalmente despojado de aquellas máscaras que de un modo tan meticuloso había fraguado en torno suyo durante toda una vida. Genet no volvería a escribir nada más hasta pasados cinco años.

Puede entenderse fácilmente, atendiendo a la fuerza arrolladora de su poesía, la reacción que la obra de Genet ocasionó en su tiempo. Querelle, acaso su libro más explícito, fue un duro golpe para la sobria y austera moral de la posguerra. Aún hoy, resulta difícil hacer una lectura moralmente objetiva de sus libros, y no siempre recordamos que la perversión y la brutalidad que en ellos aparece no dejan de ser una licencia poética del autor, no muy lejana por cierto de aquellas que Baudelaire o Lautréamont se tomaron en su momento. La exigencia, impuesta siempre por una lectura de tales características, de dejar de lado todo prejuicio moral para ceñirse a lo puramente estético, puede convertirse en el caso de Genet en un arduo ejercicio si no se parte de cierta predisposición a ello. Y, a pesar de todo, no podemos dejar de sentir como su prosa, llena de metáforas e imágenes, nos va envolviendo a medida que nos adentramos en la lectura, embriagándonos, purificándonos de lo abyecto de cuanto se narra: he aquí, precisamente, la grandeza de Genet.

Querelle de Brest gira en torno a las andanzas del marinero Georges Querelle, personaje tan seductor como inmoral, en el puerto imaginario de Brest, donde ha atracado junto al resto de la tripulación de El Vengador. Brest simboliza, de algún modo, lo más moralmente reprobable: cerca de Querelle se irá tejiendo un paisaje de personajes que viven al margen de toda ley y autoridad: prostitutas, criminales, guardias corruptos, homosexuales… No hay ninguno de ellos en que prime en modo alguno lo moral.

Querelle, por su parte, se erige en medio de este mundo de depravación como un antihéroe, un ángel oscuro que, bajo el semblante apacible de un marinero, oculta el de un asesino. Alrededor suyo irán apareciendo los diferentes actores de esta psicodélica función: su hermano Robert, al que le une un asombroso parecido físico, y que se nos presenta así como una suerte de imagen reflejada de Querelle (Bonnefoy (2) estudia minuciosamente la importancia del tema del espejo en todas las obras de Genet); Madamme Lysianne, dueña de “La Feria”, el lupanar más celebre de Brest, amante de Robert y posteriormente de su hermano, a quien aturde y tormenta la gran semejanza que ambos comparten; el marido de Madamme Lysianne, Norbert, llamado coloquialmente Nono, que tolera que su mujer tenga amantes en tanto que estos se dejen antes someter sexualmente por él; Mario, el policía corrupto y cínico, sobornado por Nono, que mantiene con Querelle una relación entre la atracción y el miedo; Gil, el joven albañil que asesina en un rapto de violencia a un compañero suyo después de repetidas humillaciones, y en quien Querelle verá, en esas circunstancias, una reencarnación de sí mismo; Seblon, el capitán de El Vengador y superior de Querelle, y de quien conocemos, a través de las notas de su diario (desgarrador y un tanto patético) que ama y desea secretamente al marinero. Todo este universo de personajes cobra sentido en la medida en que van relacionándose con Querelle, quien se nos revela como la personificación de toda esta dureza y corrupción que inundan el aire de Brest.

Si bien a lo largo del libro Querelle asesina para robar o para encubrirse, o por cualquier otro motivo, debemos entender que la auténtica razón, como se ha dicho, nos remite siempre a cierta dimensión religiosa, casi mística. Para él, el crimen es una forma ritual de expansión y fusión con el universo, que podríamos caracterizar como un proceso de objetivación o, mejor aún, de cosificación: el asesino deviene objeto con el fin de alcanzar así una harmonía con el cosmos que habita:

«El asesino se irguió. Era un objeto de un mundo en el que no existe el peligro, pues uno mismo es un objeto. Bello objeto inmóvil y sombrío en cuyas cavidades Querelle escuchó cómo el vacío sonoro se desencadenaba zumbando, escapaba de él, le rodeaba y le protegía. Muerto, acaso, pero aún caliente, Vic no era un muerto, sino un joven al que aquel objeto asombroso, sonoro y vacío, de boca oscura, entreabierta, de ojos hundidos, severos, de cabellos y ropas de piedra, de rodillas cubiertas quizá de un vellón tupido y ensortijado, cual barba asiria, al que aquel objeto de dedos irreales, envuelto en bruma, acababa de matar.»

El asesino (o suicida moral, como Genet lo llama) volverá para colmar este cuerpo cosificado que ha dejado, pero el proceso todavía no habrá acabado. Después de este momento de expansión y recogimiento, será necesario, para culminar el crimen, otro de sacralización; para ello, Querelle deberá expiar la culpa y volver así a recogerse en el sujeto. Sin embargo, esta expiación deberá ser para sí mismo, y no para una ley externa con la cual no comulga:

«En efecto, incapaz de saber si será o no detenido, el criminal vive en una zozobra que solo puede suprimir mediante la negación de su acto, es decir, mediante la expiación. Por tanto, una vez más mediante la propia condena (pues parece ser que lo que provoca pánico, el espanto metafísico o religioso del criminal, es la imposibilidad de confesar sus crímenes. (…) En aquel momento estaba compareciendo ante el tribunal de justicia que se inventaba tras cada asesinato. Una vez cometido el crimen, Querelle había sentido sobre su hombro el peso de la mano de un policía ideal y desde la orilla del cadáver hasta aquel lugar solitario había caminado, siempre pesadamente, abrumado por el destino excepcional que sería el suyo. »

Así, Querelle comparecerá frente a un tribunal instituido por él mismo, un tribunal imaginario que lo juzgará por el crimen que acaba de cometer y le impondrá la pena:

«De un modo vago sintió que no había terminado todo. Le faltaba llevar a cabo la última formalidad: su ejecución.
“Tengo que ejecutarme; no hay más remedio.”»

La ejecución, requisito necesario para la expiación y sacralización final del crimen, consistirá en el sometimiento carnal a la lascivia de Nono, el regente del burdel. El concepto de sumisión es fundamental en Querelle de Brest: sobre su base se establecen gran parte de las relaciones entre los personajes del libro. Cada uno lucha a su modo para imponerse, para dominar a los demás. Querelle, en el acto mismo del asesinato, se convierte en un dominador, pero renuncia a esa condición con el fin de espiritualizar su acto. Por este motivo no nos ha de extrañar que Querelle tenga la certeza «de ser un héroe».
El criminal, o Querelle en este caso, hace, en palabras de Sartre, «el Mal Absoluto, el mal objetivo». Encarna los instintos más bajos de los demás personajes, y es objeto de atracción de casi todos ellos. Gil creerá ver en Querelle un mentor y un amigo, y acabará siendo traicionado por él; el teniente Seblon lo deseará en el silencio, lo que lo llevará al tormento moral y, finalmente, a la cárcel; Madamme Lysianne podrá por último yacer con él, pero sólo para sentir después el suplicio del abandono y de la soledad. Parece que ninguno de los personajes puede evadir esa atracción fatal que Querelle provoca en ellos, y que ha de llevarlos, ineludiblemente, a la ruina moral.

Los personajes de Genet se nos presentan como tipos indefinidos a los que nosotros debemos dar forma. El lector deja de ser un mero observador para convertirse en creador:

«Nos gustaría que estas reflexiones, estas observaciones que los personajes del libro son incapaces de plantearse o formular, os permitan situaros no como observadores, sino como creadores de estos personajes que poco a poco se independizarán de vuestros propios impulsos.»

Esta idea, en la que encontramos concentrada toda la poética de Genet, nos lleva a reflexionar sobre la posibilidad de elevarnos por encima de toda ética, y de ubicarnos, como creadores, más allá de la dicotomía entre bien y mal en la que se mueven los personajes:

«No es nuestro propósito poner de relieve dos o tres personajes –o héroes, puesto que están sacados de un reino fabuloso, es decir, procedente de la fábula, de la fábula y de los limbos- sistemáticamente odiosos. Pero tenéis que considerar que estamos viviendo una aventura que se desarrolla dentro de nosotros mismos, en la región más profunda, más asocial de nuestra alma, y que es precisamente porque dota de vida a sus criaturas –y voluntariamente asume el peso del pecado de ese mundo surgido de él- por lo que el creador libera, salva a la criatura y se sitúa a la vez más allá o por encima del pecado. Quede, pues, libre de pecado, ya que por su función y mediante nuestro verbo el lector descubre dentro de sí a estos héroes que hasta entonces se pudrían en su interior…»

¿Es esta acaso la clave para comprender Querelle de Brest? Realmente, no puede dejar de tenerse, al leer el libro, la sensación de estar penetrando en una fábula sobre la amoralidad. Con todo, existe algo inquietante en esas líneas, algo un tanto fatal, puesto que si el mundo que Genet retrata surge realmente de nosotros mismos, esto significa que todos abrigamos, en alguna región profunda de nuestro ser, las mismas inconfesables pasiones y bajos instintos que caracterizan a sus personajes. Quizás fue esta revelación desconcertante lo que le valió a Genet el rechazo de una gran parte del público.

Genet exploró como pocos esa faceta amoral y turbia del ser humano. Su obra es un claro ejemplo de la condición del hombre en la tierra, de sus bajezas y de sus vacilaciones existenciales en un siglo que ha perdido toda referencia moral tangible. Tildado de poeta maldito en su tiempo, aún hoy resulta difícil comprender plenamente lo que Genet pretendía decir: su obra es como un parapeto que hubiese levantado en torno suyo. Y, a pesar de todo, sumidos en su prosa oscilante y sugerente, llena de metáforas y matices, nos dejamos arrastrar, cautivados, por los oscuros arroyos de nuestra consciencia en busca de nosotros mismos.

(1) Jean-Paul Sartre, Saint Genet comédien et martyr, Éditions Gallimard, 1952
(2) Claude Bonnefoy, Jean Genet, Éditions Universitaires, 1965

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