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La cabeza del cordero, Francisco Ayala

26 abril 2010

Hace ya algunos meses que nos abandonó, a la edad de 103 años, el escritor granadino Francisco Ayala (1906-2009), a quien debemos recordar no solamente como uno de los últimos grandes literatos de una época algo escasa en gran literatura, sino sobre todo, y debido a su dilatadísima vida, como un testigo imprescindible del pasado siglo XX. ¡Y qué testigo! Porque, ciertamente, Ayala poseyó una sensibilidad extraordinaria para captar el acontecer histórico, además de una lucidez impecable que no llegó a perder ni en los últimos años de su vida. Novelista, cuentista, ensayista, sociólogo, académico, crítico literario y traductor, para recordar el inicio de su extensa trayectoria literaria debemos remontarnos a la España anterior a la guerra, en la que vivió el auge literario marcado por la Generación del 27. Residió también por aquellos tiempos en Berlín, justo en el periodo de ascensión del nazismo, y presenció más tarde la Guerra Civil española, tras la cual tuvo que exiliarse en Sudamérica. Regresaría por primera vez a España a principios de la década de los 60, y sus intermitentes retornos se harían cada vez más frecuentes hasta el año 1976, en el que se instalaría definitivamente en Madrid. Desde entonces, su vida transcurrió entre premios y honores, una polifacética e intensa actividad intelectual y, ante todo, una muy extensa producción literaria que vendría a sumarse a su ya generosa lista de títulos publicados.

De Francisco Ayala, todos aquellos que lo conocimos como ávidos lectores lo recordaremos, sin duda, con gratitud y afecto. Posiblemente los mismos sentimientos que él mismo sintiera hacia el mundo, a juzgar por la afable sonrisa que en las fotografías muestra su anciano rostro. A los 103 años, uno ha hecho ya definitivamente las paces con la vida, y solo le queda sonreírle con la sabia humildad y sencillez de quien, a pesar de haber visto el horror, ha aprendido también a conocer la grandeza y la belleza de las cosas. Por lo demás, también el humor brillaba a través de sus 103 años: «He escrito demasiado porque he vivido demasiado, y además lo he hecho intensamente», decía poco antes de su muerte, mezclando la ironía y la nostalgia. Pero los miles de lectores que hemos compartido un trecho de su vida a través de sus cuentos y novelas damos gracias a pesar de todo de que viviera tanto, y de que escribiera tanto, y de que fuera además un gran hombre que vivió intensamente. Para todos nosotros, Ayala, con su sonrisa centenaria, pervivirá en sus libros.

De entre ellos, el que ahora nos ocupa, La cabeza del cordero, una de sus obras más célebres y seguramente de las más logradas, recoge cinco relatos breves publicados conjuntamente en el año 1949. Tras sus primeras obras juveniles, enmarcadas en las vanguardias del primer tercio del S.XX, la Guerra Civil abrió en la producción de Ayala, lo mismo que en el seno de la sociedad española, una brecha que significaría un cambio radical en su concepción estética. En efecto, después de algunos años de silencio, Ayala retomaría, con La cabeza del cordero y algunos otros textos, la actividad literaria, pero abandonando el tono juvenil y provocador de sus primeros escritos. Obligado al exilio, Ayala comprendió que la literatura no podía ya seguir la misma senda de antes, que debía dejar de lado los juegos formales para ayudar a comprender lo que había pasado en el mundo, las razones ocultas que explicaran aquella explosión de odio que había culminado en la Guerra Civil Española y en las atrocidades de la 2ª Guerra Mundial. La justificación de tal cambio de actitud, que Ayala compartió con artistas y filósofos de todo el mundo (Theodor W. Adorno es probablemente el caso más destacado), la encontramos en el magistral «Proemio» que abre el presente libro y que resulta por lo demás un admirable análisis de la situación literaria y social de la España de aquel tiempo.

Ayala se propuso, pues, tanto en La cabeza del cordero como en otros de sus libros, dilucidar qué papel le corresponde al individuo frente a un destino común como lo fue el de la primera mitad del S.XX, y más concretamente la Guerra Civil Española. Así, tomando una distancia prudencial del conflicto (tanto en el tiempo como en el espacio), nos mostrará distintos personajes, de posturas políticas y sociales muy divergentes, ubicados, con sus deseos, miedos y pasiones, en el marco del conflicto, sea en un pasado inmediato donde empieza a hervir el fermento de la contienda, o en un futuro relativamente lejano, donde es ya posible alcanzar a ver las consecuencias de lo sucedido. El desamparo de los protagonistas frente a un mundo que no entienden y en el que los mecanismos sociales han perdido su lógica habitual debió de ser sin duda el del mismo Ayala y el de todos sus contemporáneos. No se trata pues de retratar el conflicto, sino las fuerzas latentes que llevaron a él, y las consecuencias que todo ello conllevarían para los hombres en general. Es decir, más que una crónica histórica, Ayala pretende (y consigue) sondear los abismos de la naturaleza humana, y descubrir las suturas que conforman y articulan sus relaciones en el contexto de una violencia que estalla, repentinamente, en forma de guerra civil.

«El mensaje», cuento que abre la colección y el único situado en un tiempo anterior a la guerra, nos muestra ya sin embargo un ambiente de crispación general y de histeria colectiva, preludiando la demencia y hostilidad que dividirían en dos familias, amigos y vecinos. Su protagonista, un pequeño y menospreciable negociante cuya vida transcurre entre viajes, regresa por una noche a su pueblo natal, donde su primo le contará historia de un extraño manuscrito ilegible que, dejado en el lugar por un viajante desconocido, ha provocado la curiosidad y finalmente el nerviosismo de toda la población. A través de los vulgares personajes de este relato coral, logra delinear Ayala, pues, el espíritu de una España anterior a la guerra, pero ya fragmentada en mil pedazos, donde cualquier nimiedad sirve de contexto para desplegar las más bajas pasiones de unos hombres abocados a la sinrazón colectiva.

El protagonista del siguiente cuento, «El Tajo», es todo lo contrario al anterior: un burgués culto, refinado, sensible, asediado por la conciencia de culpabilidad. En este cuento se nos sitúa ya en el momento de la guerra, pero esa guerra, como apunta el propio Ayala, queda «reducida a lucha singular, a un episodio único, alrededor del cual vuelve a surgir el equívoco de inocencia y culpa, ahora como drama de una conciencia que examina la propia conducta». Enviado a una hueste del bando nacional, ubicada en un ambiente rural en el que la guerra parece haber quedado suspendida, el protagonista de la narración, el teniente Santolalla, se topará casualmente con un republicano distraído, al que matará sin pensar, de un modo casi reflejo. A pesar de las felicitaciones y bromas de sus compañeros, Santolalla será víctima de un creciente sentimiento de culpabilidad, acrecentado por el hecho de ser el muerto un paisano suyo. Habiendo puesto cara al enemigo abstracto, habiéndolo convertido en un hombre de carne y huesos, Santolalla, cargado con el recuerdo del asesinato, pretenderá redimirse cuanto menos confesándolo a la familia del difunto. Tal redención no llegará a producirse, por cuanto Santolalla será incapaz de asumir ante la desdichada madre el crimen que no él, sino la barbarie de una guerra absurda, ha cometido. El desasosiego final del protagonista es consecuencia de comprender que el abismo que la contienda ha abierto en los corazones de los españoles (el “Tajo” que anuncia el título) continúa presente y lacerante como una herida que no acaba de cicatrizar.

Esta herida se hace presente también en el cuento que sigue, «El regreso», en el que el narrador decide volver, después de años de exilio, a su Santiago natal, donde le esperará una desagradable sorpresa al descubrir que su mejor amigo, Abeledo, había ido a buscarlo durante la guerra con una milicia nacional con el fin de ejecutarlo. El asombro, la incomprensión y el resentimiento se seguirán en un torbellino de emociones que sacudirán al protagonista mientras busca y rehúye a un tiempo el encuentro con Abeledo, el enfrentamiento con los fantasmas del pasado que le permita desvelar, de una vez por todas, la verdad que motivó la traición de su amigo. Lo que ignora, sin embargo, es que no hay en realidad ninguna explicación válida, ninguna justificación ni razón que pueda explicar la locura que transformó la amistad en odio y avivó en el corazón de todo un pueblo un rencor que poco tenía de humano.

El siguiente relato, «La cabeza del cordero», se aleja del tono realista y psicológico de los anteriores cuentos para adoptar un carácter mucho más simbólico, incluso onírico. En él, un representante comercial, José Torres, de paso por Fez, encuentra una familia morisca que afirma tener antepasados comunes con él. No pudiendo librarse de su hospitalidad, y sin tener en realidad ningún otro plan, accederá a pasar el día con ellos, y tal circunstancia servirá de pretexto para rememorar los acontecimientos de la guerra y recordar a su familia, con sus particularidades y diferencias, dividida y confrontada de un modo que no admite otro desenlace que la tragedia. La cabeza de cordero que da título al relato, el suntuoso banquete que la familia de Fez ofrecerá a su huésped en la cena, provocándole una indigestión e insomnio, no representa en realidad otra cosa que la existencia de todo un pasado que el protagonista se siente incapaz de asumir. Si bien es verdad que aquí, al igual que en el anterior relato, la guerra aparece ya en un plano pretérito relativamente lejano, esta, en palabras del propio Ayala, «sigue estando ahí, gravita inexorablemente sobre uno y otro protagonista, […] ambos remiten a ella su destino respectivo. Están sus vidas engarzadas en la guerra; más aún: la guerra está hecha con sus vidas, con su conducta; sin embargo, el enorme acontecimiento los abruma y provoca en ellos ese horror que, en las pesadillas, nos producen a veces nuestros propios pasos; en los espejos convexos, los rasgos de nuestra propia fisonomía». Y en efecto, lo que más inquietará a José Torres de su recién conocida familia marrueca es, precisamente, el hecho de descubrirse reflejado en ella como otra persona («¿Quién es éste? Eres tú, y no lo eres; eres tú, después de que hayas muerto.», le dirá su consanguínea mora en su pesadilla, mientras le enseña el retrato de un antepasado).

Incluye la colección, además, un relato originalmente prohibido, «La vida por la opinión», epígrafe tomado de unos versos de Calderón de la Barca. Es curioso, por lo que respecta a esta última narración, que, siendo en apariencia la más increíble de todo el libro, refleja en realidad unas circunstancias más verídicas, por desgracia, que cualquiera de los otros, como pocos años después fue comprobándose. No obstante, como apunta Ayala, «a la invención literaria se le exige verosimilitud; a la vida real no puede pedírsele tanto».

Relata así este último cuento, con ingenio e ironía magistrales, la hazaña de un militante republicano que, ante la inminente victoria de los nacionales en la Guerra Civil, ingenia un escondite bajo las losas de su alcoba, de tal modo que nadie, salvo su mujer y su madre, supieran de su permanencia allí. El hombre-topo republicano pasará así escondido prácticamente una década, con la única distracción de escribir en una libreta un cúmulo de palabras inconexas, hasta que un imprevisto desliz en el lecho conyugal lo pondrá en un dilema: o bien permanecer escondido y dejar a la gente poner en duda la lealtad de su encinta esposa, o bien dar a conocer su presencia y salvar así su honra. El cuento se construirá por lo tanto sobre esta disyuntiva, que Ayala aborda con sutil humor y con cierto sentido trágico al mismo tiempo, entre, por un lado, la integridad de unos determinados valores políticos, y, por otro, la cuestión de la honra y el buen nombre que encauza directamente con el tronco de la tradición más puramente calderoniana. La elección de esta última alternativa, es decir, la de someter «la vida por la opinión», y la consecuente necesidad de huir al exilio de inmediato, dan al relato un marcado y patético aire tragicómico. Tras nueve años de sacrificios reducidos a nada, ante el sinsentido de su propia existencia resumido en la libreta incoherente y obtusamente anotada, el protagonista se preguntará: «¿Valía para esto la pena…?». La misma pregunta, en fin, que miles de españoles, en su tierra o en el exilio, se harían durante tantas décadas sin obtener respuesta.

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