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Las afinidades electivas, Johann Wolfang von Goethe

17 agosto 2010

Cuando en 1809 se publicó en Alemania Las afinidades electivas, su autor, Johann Wolfang von Goethe, a la sazón de sesenta años, había alcanzado ya una sólida reputación como literato. Discípulo privilegiado del filósofo Herder, Goethe había contribuido junto a él, siendo muy joven, a impulsar el movimiento prerromántico conocido como Sturm und Drang, del cual poco después, con apenas veinticinco años, escribiría la obra más representativa, Las desventuras del joven Werther (1774), suerte de best-seller dieciochesco que llevó a cientos de jóvenes enamorados, a imitación de su protagonista, al suicidio frente a un amor despechado. El mismo Goethe intentó en sus años primerizos ser este joven exaltado y pasional que se levantó como modelo del romanticismo, y algunos coetáneos suyos testifican la imagen del poeta cabalgando a los cuatro vientos mientras arrojaba al aire sus versos. Sin embargo, lo cierto es que en Goethe, como en todas las figuras de transición, siempre quedó algo del temperamento racional propio de los ilustrados, y no resulta por tanto extraño que, años más tarde, a raíz sobre todo de su paso por Italia y de la consiguiente inmersión en la cultura clásica, el escritor suavizara el fervor romántico con el equilibrio del neoclasicismo. De hecho, Goethe fue siempre, incluso en el entusiasmo de su juventud, un hombre de naturaleza juiciosa: sintió, es verdad, todas las pasiones, pero lo hizo tan solo lo suficiente como para que pudieran iluminar con nueva luz su poesía, sin dejarse nunca devorar por ellas, como le pasó por ejemplo a su contemporáneo el poeta Heinrich von Kleist, quien se quitó la vida junto a su amada a los treinta y cuatro años de edad.

Goethe siempre fue, por otro lado, un hombre con una pasional inclinación hacia el conocimiento, un auténtico filósofo en el sentido más profundo del término, un amante del saber que encontraba, así en el arte como en la física, en la poesía como en la biología, el más alto ensalzamiento de la razón humana y la mayor plenitud de su naturaleza. Sus aportaciones en filosofía natural, por bien que han sido a menudo desacreditadas por su falta de fundamento, muestran en realidad un conocimiento bastante profundo de la cultura científica de su tiempo, y en ocasiones significaron avances notables, como en el caso del descubrimiento del hueso intermaxilar o su morfología vegetal, que constituyó una importante influencia para la teoría darwinista. Sin embargo, fue en poesía donde Goethe desplegó de la manera más poderosa todo su genio, dejando para la posteridad una vasta producción que constituye, sin lugar a dudas, la principal y más valiosa referencia de toda la literatura alemana. Obras como Torquato Tasso, Egmont, la ya mencionada Desventuras del joven Werther, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, o, sobre todo, las dos partes que configuran el archiconocido Fausto, son testimonios de un genio inigualable y marcadamente singular, al que debemos piezas inigualables que constituyen una de las mayores cumbres de la literatura de todos los tiempos.

Esta singularidad de Goethe ha sido observada, ciertamente, no pocas veces. Grillparzer decía, a este propósito, que mientras su paisano «Schiller puede y debe ser imitado porque es el modelo de un género», «Goethe no pertenece a ningún género; es una naturaleza excepcional, formada de cualidades contrarias que tal vez no volverán a encontrarse reunidas». Carlyle, por su parte, confirmaba que «todo lo más alto que puede decirse al respecto de los libros escritos puede decirse de sus libros: estos contienen una nueva época, el anuncio y el comienzo de una era nueva». No es preciso detenerse en elogiar, en cualquier caso, un personaje del que prácticamente todo ha sido dicho y el que, por lo demás, ya tenía de por sí un sentimiento suficientemente satisfactorio de su propia divinidad. Sí puede ser quizá oportuno, no obstante, recordar aún las siguientes palabras de Saint-Beuve, que reflejan con acierto la constante más característica de Goethe tanto en su obra literaria como en su trabajo científico, y que facilitan el entendimiento de su producción toda: «Aquello propio de Goethe era la extensión, la universalidad misma. Gran naturalista y poeta, estudia cada objeto, y lo ve a la vez en la realidad y en el ideal; lo estudia en tanto que individuo, y lo eleva, lo sitúa en su rango en el orden general de la naturaleza; y mientras tanto, respira el perfume de poesía que toda cosa esconde en sí. Goethe extrajo la poesía de todo; era curioso de todo.»

En la producción de Goethe, Las afinidades electivas ocupa un lugar principal. Humboldt o Madame de Staël, entre otros, mostraron su admiración por ella; más tarde, Thomas Mann no dudaría en escribir sobre esta novela que era «la más alta de entre las que se han escrito en alemán». Lejos como estamos de la clarividencia del nobel germano y de su conocimiento de la literatura, no parece prudente afirmar o negar tal aserto, pero lo que sí puede asegurarse sin miedo a faltar a la verdad es que esta obra posee una intensidad literaria fuera de lo común y que puede, por sus excepcionales cualidades, considerarse como un compendio de las virtudes narrativas de Goethe.

El nombre de Las afinidades electivas viene dado por una referencia a la química de la época, y más específicamente a las uniones y desuniones que según esta experimentan ciertos elementos afines al encontrarse, tal como se describe en las primeras páginas del libro. Para resumir la cuestión, consideremos, como se hace en la novela, dos parejas de elementos AB y CD que son juntadas por un azar; en tal caso, el proceso en cuestión consistiría en una reacción espontánea que separara cada elemento de su correlativo para unirlo con el de la otra pareja, produciendo así AC y BD, sin poderse determinar de manera alguna cuál ha sido el primero en desasirse de su correlativo.

La química, de este modo, servirá a Goethe como pretexto y metáfora, en un libro donde abundan las metáforas, para plantear el argumento de la obra. Al comienzo de esta, se nos presentará a Charlotte y a Eduard (la pareja AB, por así decir), quienes, habiendo estado enamorados de jóvenes, pero desposados posteriormente por interés con otros cónyuges, forman ahora, en segundas nupcias, un matrimonio feliz y apacible. Recientemente casados y propietarios de una mansión, la pareja dedica su tiempo a las debidas visitas de cortesía y a aderezar de la mejor manera su extenso jardín. Las cosas cambiarán, sin embargo, cuando Eduard le declare a Charlotte su deseo de recibir entre ellos a su gran amigo de juventud, el Capitán. A pesar de sus primeros escrúpulos, y de un presagio claramente premonitorio, Charlotte acabará aceptando finalmente, con la condición de hospedar asimismo a su ahijada, la huérfana Ottilie, internada hasta entonces en un internado. Eduard, por supuesto, aceptará encantado, y pronto estarán con ellos ambos invitados: el Capitán, hombre inteligente y atractivo, práctico y obsequioso con sus anfitriones, y la joven Ottilie, criatura hermosa y franca, sincera y encantadoramente sencilla. Las cosas, así, parecerán transcurrir perfectamente hasta que, como no podía ser de otro modo, la química empezará a producir sus efectos, de modo que Eduard verá nacer en su seno una gran pasión hacia Ottilie, quien le corresponderá, y Charlotte y el Capitán sentirán también, por su parte, un profundo amor el uno hacia el otro; doble adulterio, pues, que culminará extraordinariamente en la concepción, en un momento de arrebato, del hijo de Charlotte y Eduard, que manifestará, sin embargo, las señas de sus respectivas pasiones: los rasgos del Capitán y los ojos de Ottilie. En cualquier caso, sin detenernos en los pormenores del argumento, baste decir que, a pesar de los esfuerzos (especialmente de Charlotte y del Capitán) por conducir las pasiones por el sendero de la razón, el destino irrevocable, concebido en un sentido enteramente clásico, caerá sobre los protagonistas, cumpliendo el presagio de Charlotte, con las más funestas circunstancias.

El libro, escrito con una destreza excepcional, mezclando inteligentemente la voz del narrador con fragmentos diversos extraídos de cartas o bien del diario de Ottilie, está por otro lado perfectamente hilvanado en un sinnúmero de metáforas y símbolos. El hijo del matrimonio, estigma de un doble adulterio moral; la copa con las letras E y O entrelazadas (correspondientes a las iniciales de su propietario, Eduard Otto, que este convierte en su imaginación en Eduard y Ottilie), rota al final del libro; el dolor de cabeza que tanto Eduard como Ottilie padecen habitualmente, si bien en lados simétricamente opuestos; el mareo que la joven experimenta en el yacimiento de carbón, que muestra sus extrañas afinidades con la naturaleza; el camino a través del cementerio que primero los personajes evitan, y que luego deciden reformar; todas estas, y muchas otras, son las metáforas que enriquecen el brillante tejido simbólico de la obra y prueban el esmero puesto por Goethe en la elaboración del libro. Metáforas dentro de metáforas, porque toda la obra pretende ejemplificar, en realidad, el vano intento de confinar la naturaleza en los límites de la razón, pretensión destinada desde el principio al fracaso. En este sentido, la obsesión de los protagonistas por convertir el jardín en una especie de paraíso terrenal, por moldear la naturaleza y convertirla en un lugar confortable según los cánones de la razón humana, resulta una imagen magnífica y particularmente elocuente presente a lo largo de toda la novela. Igualmente, los personajes se comportarán, incluso en sus pasiones, del modo más racional posible, en particular Charlotte y el Capitán; no habrá celos ni grandes tormentos en sus acciones, y sus actitudes serán siempre comedidas, a excepción quizá del irracional capricho de Eduard de conseguir a Ottilie a cualquier coste. Incluso la posibilidad del divorcio es considerada aquí objetivamente, como un convenio que favorecería a los cuatro protagonistas si se dieran las circunstancias adecuadas, que desde luego no van a darse.

Y en este mundo de orden y de pasiones impregnadas de razón, como la excepción de una inclinación general, aparece Ottilie. Ottilie, joven y hermosa, presenta una extraña afinidad con la naturaleza, que pronto el lector puede apreciar por ciertos indicios e incidentes aislados, como el ya mencionado mareo en el yacimiento de carbón. La única pasión auténtica, sutilmente desbocada (a pesar de sus propios esfuerzos por controlarla), el único sentimiento realmente vivido a lo largo de toda la obra, es el de Ottilie. Sin embargo, tal sentimiento no es fruto de una psicología peculiar y cuidadosamente trazada, algo de lo que Goethe prescinde casi totalmente a la hora de esbozar este carácter: Ottilie no es un personaje en el sentido estricto: es un tipo, un modelo, que se remonta, como nos avisaba Saint-Beuve, al ideal universal. En otras palabras, Ottilie es la encarnación humana de la naturaleza: sus pasiones, sus alegrías y sus dolores transcurren siempre en el marco de esta, todo en ella es espontáneo, falto de artificiosidad. Y precisamente por esa razón será ella quien, de entre todos los protagonistas, más lamentablemente sentirá las consecuencias de la obsesión humana de domesticar la naturaleza.

Todo esto nos lleva sin embargo a un aspecto capital de la obra, esto es, el trasfondo moral que la fundamenta. Y en este punto, ciertamente, no podemos dejar de observar cierta ambigüedad, puesto que el autor, con oportuna lucidez, supo prescindir en este libro de cualquier declaración explícita de principios. Porque es posible en efecto suponer que dicha significación moral pasa, como han considerado algunos, por una firme defensa del matrimonio como canalización social de los deseos, que tiene que ser respetada para evitar las más fatales consecuencias. Tal interpretación se correspondería con el talante conservador del viejo Goethe (que tanto le retrajo Beethoven), y convertiría en el héroe de la historia (por bien que sin sacarlo de su plano secundario) al excéntrico Mittler (literalmente, “mediador”), el encargado de proteger el lazo del matrimonio de los infortunios de la pasión. Pero, no obstante, podemos entender también, del mismo modo, que el error de los protagonistas consiste, al contrario, en haber tratado de gobernar la naturaleza con la razón, olvidando que cuando la pasión está de por medio, de poco sirven las convenciones de la civilización y la cultura. Esta interpretación, menos probable quizá, por bien que mucho más sugerente, se ajustaría más a la imagen del Goethe romántico, capaz de revolucionar el arte de toda una época. En cualquier caso, lo único que es seguro es que, sean cuales sean las implicaciones morales de la obra (las que Goethe pretendía y las que nosotros mismos podamos extraer de ella), estas nos remiten siempre a la misma cuestión: la inutilidad de cualquier intento de alcanzar una síntesis satisfactoria entre razón y pasión. Que nos decantemos hacia una o hacia la otra, y que sepamos dar a cada una el lugar y el momento que le corresponde, es ya una cuestión que solo a nosotros, discípulos de Goethe, nos corresponde resolver.

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2 comentarios leave one →
  1. 18 agosto 2010 14:36

    Muy buena y completa tu reseña. De este libro me quedó siempre una sensación de clima siniestro y enrarecido, no sé porqué. Me gustó mucho, aunque para mí el mejor libro de Goethe fue “Los informtunios del joven Werther.

    • Ferran Benito permalink*
      18 agosto 2010 16:26

      Hola Valeria:
      Estoy de acuerdo contigo en que hay una especie de clima enrarecido a lo largo de toda la obra, algo así como una terrible corriente subterránea que se adivina más en los silencios que en las palabras. Supongo que en gran parte se debe a lo artificial del comportamiento de los personajes: uno esperaría que estallaran en un torbellino de pasión o de dolor, pero se encuentra sin embargo con una contención que roza la frialdad, y que de algún modo preludia el final de la obra.
      En fin, Goethe es todo un mundo literario para descubrir e ir redescubriendo continuamente.
      Un saludo y gracias por tu comentario.

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