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Trampa 22, Joseph Heller

11 marzo 2013

trampa-22

Hay libros a los que el paso del tiempo convierte en eternos –aquellos llamados clásicos-, otros que son, justamente, olvidados. Algunos crean personajes inolvidables que se graban a fuego en el imaginario colectivo, otros consiguen relatar sin macula el fluir de la historia, pero pocos son los libros que han conseguido convertirse en santo y seña de toda una generación, plasmado el signo de los tiempos e, incluso, se han apropiado del lenguaje popular.
Este suceso tan desacostumbrado se da con Trampa 22, pues tras su publicación –siendo la primera obra de su autor, Joseph Heller-, no sólo la expresión catch 22 se hizo un hueco dentro del lenguaje coloquial como expresión de encerrona lógica, paradoja o trampa silogística, sino que se popularizó de tal modo entre la juventud pacifista norteamericana de los años sesenta que la novela se convirtió en un verdadero símbolo antibelicista, de lucha y protesta.
Sobre la segunda guerra mundial se han escrito cientos de obras -desde todas las fronteras y bajo todos los prismas posibles: Vida y destino de Vasilly Grossman, Los desnudos y los muertos de Norman Mailer, Los cañones de Navarone de Alistair Maclean y un largo etcétera-, pero pocas como Trampa 22.
Asimismo, cada guerra ha tenido su respectivo alegato antibelicista, ya sean serios y juiciosos como el Adios a las armas de Hemingway o del tipo humorístico que, a través de la sorna, la ironía y la caricatura, ridiculizan la guerra – El buen soldado Svejk de Jaroslav Hasek o Vida e insólitas aventuras de Ivan Chonkin de Vladimir Voinóvich, serían los mejores ejemplos dentro de este grupo-, pero pocos alegatos antibelicistas hay tan brillantes y divertidos como Trampa 22.

¿Qué hace de esta novela algo tan genial? Varias cosas. Lo primero es la capacidad de Joseph Heller de retorcer el lenguaje, prostituir las argumentaciones e imbuir todo diálogo de una comicidad y una ridiculez hilarante. A través de esta deformación del lenguaje, Heller busca las cosquillas al discurso oficial (ya sea político, militar o religioso) encarnado por cualquier tipo de autoridad y, de paso, crítica el uso que hace la autoridad de su palabra de poder y de su propia soberanía.
Esta crítica se realiza ya desde el propio título de la novela –Catch 22 en inglés-, que hace referencia a la trampa lógica que impide a los soldados del ejército norteamericano a negarse a realizar más misiones. Esta trampa consiste en que sólo un loco tiene el derecho a negarse a realizar más misiones, pero el hecho de argüir locura para evitar una misión comprobaba que el sujeto aun temía por su propia vida y, por tanto, no estaba loco, por lo que estaba obligado a cumplir más misiones. Igualmente, la trampa 22 no se limita a obligar a los soldados a cumplir cuantas misiones quiera el oficial al mando, si no que, de una forma más extensa, significa, en palabras de John Yossarian que «[ellos] tienen derecho a hacer cualquier cosa que no podamos impedirles que hagan». Es decir, la autoridad, cual leviatán de Hobbes, maniata la libertad individual –y, por ende, el derecho individual- y se impone por tosca fuerza bruta sobre aquellos que no tienen otro remedio que acatar y cumplir órdenes.
Esta autoridad ilegitima, que ejerce su fuerza de forma injustificada, arbitraria, grotesca y estúpida, que es incapaz de dominar y comprender, está representada en la novela por el coronel Cathcart; Cathcart quiere ascender a general y no encuentra mejor manera de hacerlo que conseguir que sus tropas no sólo realicen las misiones más peligrosas posibles, si no que, también, sumen el mayor número de misiones posibles. Cathcart y su legión encarnan el carácter de la autoridad insensata, vacía, severa y estricta sin motivo ni razón alguna. Armados con la trampa 22 y dueños de una lógica siniestra, Cathcart y sus compinches son incapaces de poner freno a sus aspiraciones y se exceden de tal modo en sus exigencias que, a menudo, se topan con situaciones tan ridículas como la relatada en el siguiente fragmento de la novela:
«En el Cuartel General se alarmaron, porque no había forma de saber lo que la gente averiguaría en cuanto se sintiera libre para formular cuantas preguntas quisiera. El coronel Cathcart encargó al coronel Korn que pusiera punto final a semejante situación, y el coronel Korn lo logró imponiendo una norma que regía las preguntas. Se trataba de un golpe verdaderamente genial, según explicaba en el informe dirigido al coronel Cathcart. Según dicha norma, las únicas personas a las que les estaba permitido formular preguntas eran las que nunca las hacían. Al cabo de poco tiempo, los únicos que asistían a las sesiones eran los que nunca preguntaban nada, y acabaron por suspenderse, porque Clevinger, el cabo y el coronel Korn coincidieron en que no era posible ni necesario educar a unas personas que nunca ponían nada en entredicho».

Frente a esta autoridad mentecata, Joseph Heller presenta una pléyade de personajes que conforman el veintisieteavo cuerpo de las fuerzas aéreas norteamericanas. Todos ellos conforman, al igual que sucede con el variopinto grupo de personajes de Los desnudos y los muertos, una muestra heterogénea y representativa de los Estados Unidos durante el período de entreguerras. Entre ellos se puede encontrar al cínico doctor Daneeka –médico sin ética ni principio alguno, capaz de decir: «Yo no quiero hacer sacrificios, sino dinero»-, al sensible capellán Chaplan, al desternillante comerciante Milo Minderbinder –personaje de genio inconmensurable y capaz de crear una sociedad cooperativa de alcance mundial que se dedica a comerciar sin límite y que, inexplicablemente, reporta beneficios a todos los miembros implicados, es decir, a todo el mundo- o al bombardero Havermeyer quien, en palabras del propio Cathcart, «es el mejor bombardero que tenemos». Todos estos personajes se enfrentan, impulsados por la inepta ambición de sus cargos superiores, ante situaciones cada vez más ridículas, misiones más difíciles y retos más peligrosos.
Y este es el segundo de los meritos de la novela, pues Joseph Heller no es sólo muy diestro a la hora de perfilar el carácter de los más de treinta y cinco personajes y dotar a cada uno de ellos de una voz, unos rasgos y una personalidad muy rica y reconocible –en este aspecto, es decir, en la capacidad de crear, moldear y caricaturizar (sin llegar a destruir) a los personajes, se observa una gran influencia por parte de Charles Dickens-, también es capaz de desafiarlos, provocarlos y enfrentarlos a grandes simas. Sus personajes mueren, sufren, enloquecen, pero nunca dejan de ser espantosamente humanos y terriblemente divertidos; no importa que se esté bombardeando Bolonia, que el enemigo esté batiendo la línea defensiva aliada con una facilidad pasmosa o que el coronel Cathcart haya vuelto -¡de nuevo!- a aumentar el número mínimo de misiones, no importa, pues los personajes de Trampa 22 no dejarán de sonsacar una sonrisa e, incluso, una carcajada al lector en el momento más espeluznante e insospechado.

Pero el elemento que más brilla y luce en toda la novela, el elemento que hace de este libro algo memorable y notable es el personaje de John Yossarian ¿Quién? John Yossarian. EL Svejk o el Chonkin norteamericano. El mayor cobarde de todos. El personaje protagonista de Trampa 22 ¿Qué más? Pues, veintiocho años de edad. Bombardero y miembro del veintisieteavo cuerpo de las fuerzas aéreas. Destinado en Pianosa, una pequeña isla italiana del archipiélago toscano. ¿Es eso todo? ¿Es ése John Yossarian? «¡Para nada!», exclamaría Clevinger –compañero de Yossarian en el ejército-. Yossarian, en palabras de Clevinger, es un loco, ¡Un loco de remate! A lo que el propio Yossarian respondería: «Soy una verdadera maravilla, un portento, un prodigio de bondad. Un superhombre».
Mas, John Yossarian no es ni un loco ni un superhombre, de hecho, tampoco es, como se le suele caracterizar, un antihéroe –entendiendo este concepto como la ausencia de aquellas cualidades excepcionales que arman la constitución de un verdadero héroe-, o, al menos, no es del todo, un antihéroe, pues, pese a que Yossarian no esté dotado especialmente por aquellas cualidades que designan a un héroe, tampoco adolece de otras que, desde otro punto de vista menos épico y, digamos, más sensato, le conviertan en un personaje extraordinario.
Yossarian es, inicial y principalmente, un enfermo imaginario afectado por la hipocondría:
«A Yossarian también le preocupaban el tumor de Ewing y el melanoma. Las catástrofes acechaban por todas partes, demasiado numerosas para llevar la cuenta. Cuando reflexionaba sobre las múltiples enfermedades y los accidentes potenciales que lo amenazaban, se quedaba verdaderamente asombrado de haber logrado sobrevivir con buena salud durante tanto tiempo. Cada nuevo día representaba otra peligrosa misión contra la muerte. Y llevaba sobreviviendo veintiocho años
Además padece una serie de síntomas -tales como: «la convicción sin fundamento de que cuantos lo rodeaban estaban locos, una tendencia homicida a ametrallar a los desconocidos, falsificación de retrospectiva, la sospecha, sin base alguna, de que la gente lo odiaba y conspiraba para matarlo»- que le llevan a sentirse perseguido y amenazado por todo y todos aquellos que le rodean. Por ello es incapaz de distinguir entre amigos y enemigos, el frente aliado y las potencias del eje, para él todos son lo mismo:
«El enemigo –repitió Yossarian pronunciando ambas palabras meticulosamente- es cualquiera que quiera matarte, esté en el lado que esté, y eso incluye al coronel Cathcart. Y más vale que no se te olvide, porque cuanto más tiempo lo recuerdes, más tiempo vivirás

Esta firme e intensa convicción junto a un epitome, repleto de sensatez y sentido común -«A un muerto le da exactamente igual quién gane la guerra»- conducen a Yossarian a una situación incómoda: Se encuentra en plena guerra, su misión es bombardear todos los asentamientos estratégicos enemigos y está rodeado de hombres de acción –audaces y nobles- que prefieren la muerte al deshonor y son capaces de dar la vida por su patria. Pero él no, Yossarian es incapaz de «anteponer el amor a la patria al amor a la vida», su única ocupación –producto de un profundo amour de soi– es la de sobrevivir, regresar de todas las misiones sano y salvo y poder volver a casa.
Inicialmente Yossarian, cegado por este amour de soi, es incapaz de pensar en nadie más excepto el mismo:
«-Que maten a otro.
-Imagínese que todos nosotros pensáramos lo mismo.
-Entonces yo sería un imbécil si pensara de otra forma, ¿no le parece?».

Y es capaz de poner en peligro a todo su escuadrón e, incluso, a toda su compañía con tal de sobrevivir; es capaz de volar por segunda vez sobre un objetivo y eliminarlo –acción por la cual es condecorado por el coronel Cathcart- solo para poder volver a la base o es tan osado como para malograr la misión de Bolonia. Pero entonces, en una misión sobre Aviñón, Snowden fallece frente a un incapaz Yossarian. Este suceso lo trastoca en lo más profundo de su ser. A partir de este punto, el personaje de Yossarian cambia de una forma sustancial; pasa de ser el payaso, el loco, el divertido «Yo-Yo», preocupado únicamente por su propia supervivencia y se convierte en un verdadero activista en contra de la autoridad militar. Ya nadie hace bromas sobre él, pues ahora es un ser peligroso, pues «una manzana sana puede estropear todas las demás».
¿Y por qué es peligroso? Porque ese loco y cobarde bombardero, es lo suficientemente honrado como para aceptar volver a casa y trabajar con el establishment militar. Además, es tan negligente que «¡No respeta en absoluto la autoridad excesiva ni las tradiciones obsoletas!», al mismo tiempo «Yossarian estaba comprometiendo sus tradicionales derechos de libertad e independencia con la osadía de ejercerlos» por lo que habría que fusilarlo.
Y es con este nuevo cariz que toma el personaje de Yossarian cuando Heller se arma con sus argumentos más pesados para realizar su alegato antibelicista más rabioso y fiero:
«¿Qué es un país, al fin y al cabo? Un trozo de tierra rodeado por todas partes de fronteras, por lo general antinaturales. Los ingleses mueren por Inglaterra, los americanos por América, los alemanes por Alemania, los rusos por Rusia. Hay unos cincuenta o sesenta países luchando en esta guerra. No es posible que merezca la pena vivir por todos ellos
John Yossarian no es, efectivamente, un enfermo imaginario ni un loco ni un enfermo ni un héroe ni siquiera un antihéroe, él, solamente, es un hombre honrado y de gran sentido común.

Emiliano Zapata dijo: «más vale morir de píe que vivir de rodillas» -sentencia que luego popularizó Dolores Iraburri-. Joseph Heller, en su afán por retorcer el sentido del lenguaje aplicándole un ridículo, por obvio, sentido común, escribe que «Más vale vivir de pie que morir de rodillas».
¿La guerra? ¿La épica? ¿Los héroes? ¿Los países? ¡No! Mejor quedémonos únicamente con las personas, el sentido del humor y la sensatez… ¡Ah y con Trampa 22! ¡Por supuesto!

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