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La condición humana, André Malraux

26 julio 2010

Entre la realidad y la ficción, aventurero, mitómano, político, ensayista y, ante todo, novelista, André Malraux (1901-1976) supo crearse para sí mismo un personaje digno de sus libros. Esa extraña singularidad que procura, excepcionalmente, una perfecta comunión entre el escritor y su obra, comunión que va más allá de las palabras y las convierte únicamente en destellos de una verdad más pura, más esencial, se hace especialmente tangible en el caso de Malraux. Este brillante intelectual francés, no contento con vivir intensamente y con participar en los principales acontecimientos de su tiempo, ni satisfecho tampoco con haber escrito un buen puñado de obras maestras, algunas de las cuales figuran sin lugar a dudas entre las mejores del siglo, se entregó a lo largo de toda su vida a la empresa de alimentar su propia leyenda, de construir un personaje capaz de recoger en sí la convulsión y agitación de toda una época. No fue el primero en proponerse tal cometido, desde luego, ni el último, y quizá su propósito no escondiera otra cosa que la tentadora jactancia del escritor que pretende introducir la ficción en la realidad y firmar la historia entera con su propio nombre; en cualquier caso, vanidad o genial excentricidad, lo cierto es que a tal obstinación debemos la existencia de una de las figuras más fascinantes y sugerentes del S.XX.

Es una tarea especialmente ardua la de intentar recoger la vida de Malraux en apenas unas líneas. En realidad hay pocas cosas que no hiciera nuestro hombre. De formación autodidacta, naturaleza aventurera e inteligencia portentosa, Malraux se relacionó desde muy joven con la élite cultural y artística europea, siendo ya a los diecinueve años editor de una colección de la editorial Sagittaire. Poco más tarde, convertido en jugador de bolsa, enriquecería primero para perderlo después todo, incluido el dinero de su reciente mujer, en un traspié bursátil; para solventarlo, organizó junto a unos amigos una expedición a Indochina con el fin de hurtar los relieves de un viejo templo y venderlos. Sin embargo, la empresa no llegaría a su término, puesto que serían descubiertos, y solo la intervención de varios intelectuales franceses permitió a Malraux librarse de la prisión y volver a Francia. Con todo, Malraux, conmovido por la situación de Indochina, volverá el 1925 a dirigirse hacia allí, donde fundará un periódico de ideología anticolonialista. Este mismo año presenciará, como reportero, la huelga de Cantón, que constituirá su primer encuentro con el comunismo chino (aunque, según parece, intervino en ella menos de lo que quiso dar a entender). Comunista él mismo de ideas muy singulares, Malraux viajó en más de una ocasión a Rusia, participó al lado de los republicanos en la Guerra Civil Española y luchó en la Resistencia Francesa contra el nazismo. Pasado este agitado lapso de la historia, habiendo abandonado ya el comunismo, Malraux, ferviente admirador no tanto de las ideas del general De Gaulle como de su persona, participó también activamente en su gobierno, llegando a desempeñar el cargo de Ministro de Cultura, de 1959 a 1969.

Pero si la figura de Malraux brilla en el horizonte con una luz única y admirable, no menos atención merece su obra, especialmente la narrativa, cuya extraordinaria fuerza literaria la sitúa innegablemente como un acontecimiento único en la literatura del S.XX. El exceso de inteligencia que en muchos casos acaba por asfixiar la originalidad de una pieza literaria, y que en Malraux es sin duda un riesgo palpable, queda sin embargo compensado por ese impulso de vida, ese arrebato de entusiasmo, que caracterizó durante toda su vida a Malraux y que constituye el perfecto contrapunto de su enorme lucidez. Y el equilibrio nunca es tan evidente como en el caso de La condición humana, la más preciosa y justamente conocida de sus novelas, cuyos méritos la hacen digna competidora –y no es un decir– de las mejores páginas de Proust, de Joyce, de Broch o de Musil.

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Todo Fluye, Vasili Grossman

20 julio 2010

Vasili Grossman (1905 – 1964) representa, como pocos, el paradigma del escritor comprometido: nacido en Ucrania y de origen judío, Grossman se muestra crítico ante las pulsiones antisemitas del régimen nacionalsocialista, pero también ante el centralismo y el nacionalismo institucionalizado que imponía El gran líder durante la primera mitad del siglo XX. Pero su ataque y su repulsión frente a los gobiernos absolutistas del siglo XX no tiene un origen interesado que se derivase, en su caso, de raíces burguesas y acomodadas, sino que, el ataque frontal, directo, sin ambages ni tapujos, pero a la vez sutil y minucioso, se origina en la conciencia moral de un escritor que, ante todo, defiende la libertad y el derecho del hombre a ser libre, pues, como escribe en Todo fluye : la vida misma es libertad.

Pero ¿cuál es la peculiaridad del compromiso de Grossman? ¿no existía, en la Rusia pos-revolucionaria, otros escritores igualmente críticos con el poder e igualmente defensores de la libertad? Ciertamente. E igual de cierto es que autores como Bulgákov, Shalámov o Soltzhenitsyn fueron víctimas de una persecución y de una censura inconmensurablemente mayor –tanto por su intensidad como por su crueldad- que la sufrida por Grossman. Pues, es digno de recordar el hecho de que Grossman fue, durante gran parte de su vida, un reconocido y admirado reportero de guerra, intelectual y escritor soviético, mientras que el resto de los autores citados eran disidentes, contrarrevolucionarios, impedimentos y estorbos en el camino que fueron apaleados y castigados por el régimen soviético y que, por tanto, tenían sus razones para rebelarse y crear sus Archipiélagos y sus Relatos.
En cambio, Grossman no era uno de ellos, no llegó a serlo en toda su vida, y por eso su compromiso resulta más chocante, más meritorio, más humilde y humano, pues el compromiso de Grossman no tenía condiciones ni justificantes ni tampoco estaba determinado por ciertas creencias o posturas políticas; su compromiso, su lucha, era sincero, desinteresado e ideal, casi kantiano.

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Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Stefan Zweig

28 junio 2010

Stefan Zweig (1881-1942) poseyó de un modo excepcional el don del narrador, ese don consistente en saber arrancar de la más trivial y trillada historia, por poco original que resulte su punto de partida, una narración desbordante de belleza y de elegancia. En este sentido no resulta extraño que en su tiempo, y todavía hoy, Zweig gozara de la mayor reputación como biógrafo de los grandes protagonistas de la historia, entre ellos María Antonieta, Fouché, Erasmo, Dostoievsky o Montaigne: ciertamente, escarbar en la aridez de toda una vida (porque la vida es a menudo árida, incluso para los hombres ilustres) y encontrar, en su profundidad, los vestigios de la tragedia humana, la esencia de un destino particular e insalvable, es una empresa reservada a muy pocos escritores, y Zweig la supo cumplir mejor que nadie.

Con todo, conviene no dejar que, como ha pasado con demasiada frecuencia, su faceta de biógrafo nos oculte la originalísima voz que poseía como narrador, a la que debemos piezas tan rotundas y brillantes como Carta de una desconocida, la perfecta Novela de ajedrez o bien la que ahora nos ocupa, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, para citar solo algunos títulos de entre su extensa producción. Todas ellas son obras breves, casi cuentos, conducidas con una prosa austera y equilibrada, despojada de ornamentos superfluos o aditamentos innecesarios. El propio Zweig reconocía que esta forma de escribir respondía a un vicio que él mismo tenía como lector, a saber: la impaciencia. La necesidad de precipitarse desde la primera línea, como en un torbellino, hacia la última, de ser absorbido (pero sin efusiones románticas, a pesar de todo) por el juego de pasiones y pensamientos que recorren las páginas de un libro, era para Zweig una condición necesaria de la buena literatura, y él mismo supo dejarse guiar por ese instinto a la hora de escribir sus obras; y lo hizo, cabe decir, con muy buena fortuna.

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Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar

26 mayo 2010

La creatividad de Julio Cortázar (1914-1984) encontró de forma natural en el cuento su mayor plenitud. Y no es casualidad: ciertamente, por su concisión, por su exigencia de síntesis y su flexibilidad narrativa, este género se prestaba como ningún otro a las particulares premisas estéticas de Cortázar, tales como la enfatización del componente fantástico, el diálogo abierto con el lector o el juego hábilmente propiciado entre los diversos planos narrativos. Incluso la admirable Rayuela, esta vasta y monumental obra de más de 700 páginas, recuerda a menudo, en su planteamiento, más un cuento que una novela, si bien en definitiva no resulta ni lo uno ni lo otro (ni tampoco una antinovela, como tantos han pretendido, no se sabe muy bien por qué).

En cualquier caso, la obra de Cortázar ilustra, al menos en cierto sentido específico, la noción de literatura fantástica que tan fecunda fue a lo largo del pasado siglo, y que puede caracterizarse a grandes rasgos por el rompimiento de la lógica espaciotemporal de la narración, la introducción de fuerzas desconocidas cuya acción sobre los personajes (o sobre el lector) se intuye pero no llega a insinuarse, o bien la descripción de unas circunstancias que parecen violar el transcurso razonable de los acontecimientos. En este sentido, Julio Cortázar fue un escritor íntegramente comprometido con lo fantástico, no como mero recurso estilístico (aunque también) sino como un medio viable para reinventar la literatura desde dentro, demoler toda la tradición precedente y reconstruir desde allí un nuevo lenguaje que se reflexionara a sí mismo.

Por lo demás, Cortázar se preocupó de dotar el cuento de una entidad propia de la que hasta entonces demasiado a menudo careciera. Como él mismo sabía muy bien, el cuento es algo más que una novela de reducido tamaño, y por ello era imprescindible no limitarlo a los principios narrativos de aquella. Partiendo de este punto, el genial argentino se esforzó por afrontar la elaboración del cuento de un modo tan divergente al de la novela como fuera posible, de un modo que le fuera propio, lo que significaba en su caso llevar a sus últimas consecuencias el juego entre ficción y realidad, apremiar los equívocos del lenguaje hasta el límite del funambulismo y dejarse caer en el vértigo precipitado de la brevedad. Habilidades todas ellas que, de más está decirlo, nuestro autor dominaba a la perfección, y que justifican el hecho de que Julio Cortázar haya pasado a la historia como uno de los mejores cuentistas del S.XX.

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Relato soñado, Arthur Schnitzler

10 mayo 2010

La literatura vienesa finisecular, asfixiada durante tiempo por la frivolidad de un academicismo excesivamente vacío, se estremeció súbitamente bajo el paso firme y seguro de la Jung Wien (La Joven Viena), movimiento destinado desde un primer momento a convertirse en uno de los principales focos culturales del nuevo siglo. Lo cierto es que, a pesar de la distancia que separa nuestra época de aquella, todavía hoy nos sorprende la audacia con la que este inesperado grupo de talentosos escritores (entre ellos, Hofmannsthal, Bahr o el posteriormente retractado Kraus), bajo la insignia de unos tiempos nuevos, desafiaron la herrumbrosa tradición de la literatura alemana.

Un artífice imprescindible de esta renovación fue Arthur Schnitzler, cuya prosa, llena de fuerza pero también de delicada sutileza, lo acredita como uno de los más valiosos representantes del modernismo austríaco. Schnitzler, médico de profesión y gran admirador de las nuevas aportaciones de la psiquiatría de Freud, se caracterizó por una profunda capacidad de penetración psicológica y por ser uno de los principales introductores del monólogo interior en la narrativa en lengua germánica. Tales atributos, presentes a lo largo de toda su trayectoria literaria, son especialmente significativas, sin embargo, en sus últimas obras, entre las cuales figuran algunos cuentos de cierto valor literario y, sobre todo, varias novelas cortas de excepcional factura, como La señorita Else (1924), Apuesta al amanecer (1927) o la que ahora nos ocupa, Relato soñado (Traumnovelle, 1925), quizá su obra más célebre hoy a raíz de la adaptación cinematográfica que de ella realizó Stanley Kubrick poco antes de su muerte (Eyes Wide Shut, 1999).

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La cabeza del cordero, Francisco Ayala

26 abril 2010

Hace ya algunos meses que nos abandonó, a la edad de 103 años, el escritor granadino Francisco Ayala (1906-2009), a quien debemos recordar no solamente como uno de los últimos grandes literatos de una época algo escasa en gran literatura, sino sobre todo, y debido a su dilatadísima vida, como un testigo imprescindible del pasado siglo XX. ¡Y qué testigo! Porque, ciertamente, Ayala poseyó una sensibilidad extraordinaria para captar el acontecer histórico, además de una lucidez impecable que no llegó a perder ni en los últimos años de su vida. Novelista, cuentista, ensayista, sociólogo, académico, crítico literario y traductor, para recordar el inicio de su extensa trayectoria literaria debemos remontarnos a la España anterior a la guerra, en la que vivió el auge literario marcado por la Generación del 27. Residió también por aquellos tiempos en Berlín, justo en el periodo de ascensión del nazismo, y presenció más tarde la Guerra Civil española, tras la cual tuvo que exiliarse en Sudamérica. Regresaría por primera vez a España a principios de la década de los 60, y sus intermitentes retornos se harían cada vez más frecuentes hasta el año 1976, en el que se instalaría definitivamente en Madrid. Desde entonces, su vida transcurrió entre premios y honores, una polifacética e intensa actividad intelectual y, ante todo, una muy extensa producción literaria que vendría a sumarse a su ya generosa lista de títulos publicados.

De Francisco Ayala, todos aquellos que lo conocimos como ávidos lectores lo recordaremos, sin duda, con gratitud y afecto. Posiblemente los mismos sentimientos que él mismo sintiera hacia el mundo, a juzgar por la afable sonrisa que en las fotografías muestra su anciano rostro. A los 103 años, uno ha hecho ya definitivamente las paces con la vida, y solo le queda sonreírle con la sabia humildad y sencillez de quien, a pesar de haber visto el horror, ha aprendido también a conocer la grandeza y la belleza de las cosas. Por lo demás, también el humor brillaba a través de sus 103 años: «He escrito demasiado porque he vivido demasiado, y además lo he hecho intensamente», decía poco antes de su muerte, mezclando la ironía y la nostalgia. Pero los miles de lectores que hemos compartido un trecho de su vida a través de sus cuentos y novelas damos gracias a pesar de todo de que viviera tanto, y de que escribiera tanto, y de que fuera además un gran hombre que vivió intensamente. Para todos nosotros, Ayala, con su sonrisa centenaria, pervivirá en sus libros.

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Walden, Henry David Thoreau

12 abril 2010

Quizá sería oportuno apuntar, antes que nada, que nos encontramos, a todas luces, frente a una obra realmente excepcional, única en la historia de la literatura e inimitable; y todo ello, no tanto por su condición de clásico indiscutible de las letras americanas ni por su excelente calidad, aunque estos aspectos, naturalmente, también contribuyan a su singularidad, sino, sobre todo, por las extraordinarias circunstancias en que fue gestada. En efecto, si algo caracterizó a H.D. Thoreau, diferenciándolo de la mayoría de los escritores, fue el absoluto compromiso que mostró tener con su obra y con su pensamiento, su autenticidad y firmeza moral y su inusual don para convertir en literatura las pequeñas anécdotas que conforman una vida. En el exhaustivo y estimable prólogo de la edición de Cátedra, los editores recuerdan unos versos extraídos de su obra poética que rezan: «Mi vida ha sido el poema que habría escrito, / pero no podía vivirlo y pronunciarlo»; Thoreau vivió con una intensidad difícil de imaginar, y sabiendo que la vida era en verdad el único poema posible, se volcó hacia ella con todo el brío que encontró en su espíritu. Quizá no pudo nunca llegar pronunciarlo, no lo dudo, pero las pocas palabras que nos dejó de él (o no tan pocas) reflejan la intensidad de un arte que palpita en el límite de la vida.

Pero, ¿quién fue Henry David Thoreau? Es curioso el hecho de que este eminente autor estadunidense haya pasado tan desapercibido en Europa. Probablemente se le conozca más, por otro lado, por anticipar la resistencia pacífica de Gandhi (que elogió efusivamente al intelectual americano) y por su célebre ensayo La desobediencia civil, que no por el libro que ahora nos ocupa. En cualquier caso, tampoco nos interesa aquí recorrer demasiado detenidamente los pormenores de su vida (para ello, remitimos al prólogo ya citado), aunque sí consideramos pertinente señalar algunos de sus aspectos más destacados.

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David Golder, Irène Némirovsky

30 marzo 2010

La breve vida de Irène Nemirovksy (1903-1942) estuvo trágicamente marcada por dos fechas cruciales de la historia del S.XX. Nacida en Kiev en 1903 en el seno de una acaudalada familia de banqueros judíos, el estallido de la revolución bolchevique obligó a los Nérmirovsky, como a tantas otras familias rusas, a emigrar al extranjero. Después de algunos incidentes en una Europa todavía agitada por la guerra, Irène consiguió llegar a Francia, donde pudo continuar sus estudios, abandonados con la revolución, y licenciarse en letras en la Universidad de la Sorbona. Al igual que muchos intelectuales rusos en el exilio (entre ellos Nabokov, Tsvetaeva o Stravinsky, para citar algunos), Irène Némirovsky no tuvo problema alguno para integrarse en la vida cultural de su país de acogida, hasta el punto de adoptar su lengua, acto de gratitud que Francia, empantanada en la ola de antisemitismo que respiraba entonces Europa, no supo corresponderle, negándole la nacionalización que Némirovsky solicitó encarecidamente. En 1929, Irène sorprendió el mundo con David Golder, su primera novela, que demuestra ya su gran agudeza y madurez como narradora. A lo largo de los años que siguieron publicó más de una decena de novelas, hasta que, durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial, fue detenida por los nazis y deportada al campo de concentración de Auschwitz , donde murió el 17 de agosto de tifus.

Tras su muerte, y a pesar del éxito del que había gozado en vida, Némirovsky fue cayendo paulatinamente en un olvido inmerecido. Tal estado de las cosas habría permanecido igual si no fuera porque sus dos hijas, libradas del holocausto y habiendo rescatado los papeles de su madre, que arrastraron en una valija por toda Europa, dieron a conocer no hace mucho el texto inédito en el que Némirovsky trabajaba al ser arrestada, intitulado Suite francesa. El libro, de una fuerza poco corriente, vio la luz en 2004, cosechando un gran éxito editorial y consagrando así el resurgimiento de la literatura de Irène Némirovsky, hasta el punto de convertirla en la única autora en ganar a título póstumo el prestigioso Premio Renaudot.

Con todo, las trazas que señalan a Némirovsky como una gran escritora en Suite francesa, se encuentran ya de forma patente en la obra de juventud que nos ocupa, David Golder. En el año 1929, una joven y desconocida Némirovsky envió el inédito del libro al insigne editor Bernard Grasset, en cuya casa habían publicado autores de la talla de Proust, Radiguet, Cocteau, o Maurois, entre muchos otros. Temiendo, según parece, el rechazo de la obra, Irène envió el texto bajo pseudónimo, con el nombre de su marido; entusiasmado con el texto, sin embargo, Grasset buscó afanosamente al autor durante semanas, hasta el punto de poner anuncios en los principales diarios de París. Su sorpresa no fue poca cuando descubrió que se trataba en realidad de una mujer joven y, para colmo, oriunda del antiguo Imperio Ruso. Adivinando el potencial literario de Némirovsky, además del reclamo publicitario que suponían sus circunstancias vitales, Grasset dio a la nueva autora el impulso que necesitaba para situarse en el centro de la actividad literaria parisense de la primera mitad de siglo XX.

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Crítica literaria, Charles Baudelaire

19 febrero 2010

El de Charles Baudelaire es uno de esos casos, tan frecuentes en la historia de la literatura, en que la meritoria producción de un artista de incuestionable talento y singular atractivo ha quedado eclipsada, por así decir, por el efecto que una sola de sus obras, la más luminosa de entre ellas, ha producido sobre el resto. Pregunte usted a quien quiera si conoce a Baudelaire: «Por supuesto –le responderán–, ¿cómo no iba conocer al autor de Las Flores del mal?» Esto no es extraño si consideramos que el poemario en cuestión es no solamente una obra clave de la literatura europea, sino también, y por encima de todo, un pequeño milagro artístico. Sin embargo, no podemos dejar de lamentar el olvido en el que, a causa irónicamente de la misma celebridad del autor, han caído algunos textos, igualmente excelentes, que corrieron peor fortuna, como son los poemas en prosa (El Spleen de París), sus escritos sobre arte o los interesantísimos ensayos sobre Edgar Allan Poe.

Creo no exagerar si afirmo que las aportaciones de Baudelaire en el campo de la crítica artística son prácticamente imprescindibles para quien quiera rastrear la evolución de las ideas estéticas en la modernidad. Pocas veces se ha hablado más bellamente o iluminado con mayor acierto una obra de arte de cómo el poeta francés logró hacerlo en su Salones de 1846 y 1859, por no hablar de la lucidez y clarividencia que alcanza en su breve pero brillante texto El pintor de la vida moderna. Y aunque la música no fuera el campo que más frecuentara, sus reflexiones sobre el Tannhäuser de Wagner habían de abrir el camino a toda una nueva sensibilidad artística en Francia.

Pero si el Baudelaire-crítico-de-arte es, en comparación con el poeta, poco conocido, el Baudelaire-crítico-literario es ya un auténtico olvidado. Descuido comprensible si pudiera objetarse que la aptitud de Baudelaire como crítico resulta inferior a su aptitud como poeta, pero dado que este no es el caso, quizá sea hora de corregir, en la medida de lo posible, esta pequeña injusticia histórica.

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Tiempos difíciles, Charles Dickens

27 noviembre 2009

Resulta difícil de imaginar hoy, en una época en la que la literatura ha quedado sepultada bajo el peso de la televisión y de la prensa ligera, a qué extremo pudo llegar la popularidad de un escritor como Charles Dickens en la sociedad de la era victoriana. Es célebre a este respecto la anécdota sobre ciertos obreros americanos quienes, aguardando en el puerto la nueva entrega de sus obras, sin poder esperar el desembarque, preguntaban impacientes a los marineros si había muerto o no finalmente la pequeña Nelly. Esta pintoresca historia, algo exagerada desde luego, ilustra sin embargo de forma muy clara el importante papel que desempeñó en la sociedad decimonónica la novela de folletón, un auténtico fenómeno social del cual difícilmente podríamos encontrar un paralelo actual. En efecto, el gran triunfo del género novelesco, que debemos sin duda, como sabemos bien, al S.XIX, no hubiera sido posible sin el folletín, que permitió acceder a la literatura a un amplio contingente social cuya condición económica le impedía la adquisición de libros. Obreros, burgueses, aristócratas, campesinos, todos ellos, olvidando momentáneamente sus diferencias, coincidían como un público único a las sentimentales historias que Dickens les ofrecía.

A riesgo de simplificar en exceso sus méritos, podemos personificar perfectamente en Dickens el prototipo de autor de folletines. Su aclamado éxito, una fama pocas veces alcanzada por otro escritor inglés, a excepción quizás de Shakespeare, se debió sin ninguna duda al hecho de saberse acomodar, sin perder por ello calidad, a las numerosas exigencias del público y a las particularidades de este nuevo género literario. Lo cierto es que, ante todo, Dickens se complacía brindando al lector lo que éste deseaba; algo que, por otro lado, la publicación por entregas facilitaba notablemente, permitiendo construir la historia en función de las reacciones del público. Admirado y querido por el pueblo, Charles Dickens, autor entregado a él en todos los sentidos, llegó a convertirse así en poco menos que en un héroe nacional.

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