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La Gaviota, El tío Vania, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov

16 octubre 2009

A pesar de ser hoy considerado uno de los mayores maestros de la literatura rusa, así como uno de los fundadores del teatro moderno, la verdad es que Anton Chéjov nunca fue un autor de grandes pretensiones. Ya desde que, en su primera juventud, empezó a publicar pequeños relatos humorísticos en revistas locales para ganar algún dinero extra, Chejov sintió planear sobre él la sombra de sus antecesores, autores que, como en el caso de Tolstoi o Turgueniev, habían puesto el listón excepcionalmente alto. Y si, con el tiempo, Chejov fue adquiriendo una voz propia dentro de las letras rusas y labrándose una reputación que bien pudiera ser la envidia de muchos, nunca dejó, con todo, de mostrarse decididamente escéptico respecto a su éxito, convencido de que, en realidad, ya no quedaba mucho que decir.

Sin embargo, lo cierto es que, transcurridos más de cien años desde su muerte, cuando ya nadie se atrevería a cuestionar su enorme talento literario, la figura de Chéjov se nos presenta hoy bajo una luz totalmente nueva y distinta, que le otorga un atractivo de especial sugestivo. En efecto, lo que hoy nos cautiva de la obra de Chéjov, al margen de su intrínseca e indudable calidad literaria, es precisamente ese resplandor crepuscular que caracteriza todos los grandes momentos de cambio, esa belleza fin de siècle en la que convergen el equilibrio y la convulsión, el final y el principio, de dos épocas destinadas a colisionar inevitablemente.

La vida de Anton Chéjov transcurrió entre dos fechas cruciales de la historia de Rusia. Nacido en 1860, un año antes de que el zar Alejandro II decretara la abolición de la servidumbre, y muerto en 1904, a las puertas del ensayo revolucionario de 1905, vivió una época agitada, inestable, caracterizada por el desasosiego y la consciencia de que algo importante estaba por venir.
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En Nadar-dos-pájaros, Flann O’Brien

16 octubre 2009

Que la historia de la literatura es a menudo arbitraria e injusta no nos es un hecho desconocido. Que muchos grandes escritores y poetas no recibieron nunca en vida el aplauso que merecían, o que muchos otros fueron olvidados tras su muerte, tampoco nos resulta extraño. Y sin embargo, no puede dejar de sorprendernos que un autor de la talla de Flann O’Brien haya pasado desapercibido entre el público lector durante décadas y que todavía hoy no conste en muchos diccionarios o manuales de literatura universal. Garantes de su calidad, desde luego, no han faltado, y sus pocos lectores fueron siempre los más excelentes. Fue Graham Greene quien recomendó vehementemente En nadar-dos-pájaros, su primera y más original novela, a la editorial Longman, de la cual era por aquel entonces lector. En su entusiasmado informe, que sitúa la novela en la línea de Tristram Shandy o de Ulysses, decía: «We have had books inside books before now, and characters who are given life outside their fiction, but O’Nolan takes Pirandello and Gide a long way further». Únicamente fueron vendidos 244 ejemplares del libro, quedando destruidos el resto durante un bombardeo en la segunda Guerra Mundial, pero entre sus primeros lectores figuró nada menos que Samuel Beckett, quien fascinado por la originalidad del libro remitió inmediatamente un ejemplar a James Joyce. Joyce recibió al nuevo novelista con un entusiasmo poco frecuente en él, diciendo que se trataba de «un auténtico escritor, con verdadero espíritu cómico. Un libro realmente divertido». También Dylan Thomas se sumó al panegírico con estas palabras: «Esta novela sitúa a O’Brien en la primera línea de la literatura contemporánea.»

El argentino Jorge Luis Borges, por su parte, siempre atento a las novedades de la literatura anglosajona, saludó el libro con exaltación en un artículo publicado en la revista El Hogar en junio de 1939, donde definía esta obra como una de las mayores del siglo veinte: «He enumerado muchos laberintos verbales: ninguno tan complejo como la novísima obra de Flann O’Brien: At Swim-two-birds. Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas. Forman el libro los muy diversos manuscritos de esas personas reales o imaginarias, copiosamente anotados por el estudiante. At swim-two-birds no sólo es un laberinto: es una discusión de las muchas maneras de concebir la novela irlandesa, que ilustran o parodian todos los estilos de Irlanda. La influencia magistral de Joyce (arquitecto de laberintos, también; Proteo literario, también) es innegable, pero no abrumadora, en este libro múltiple.»
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Manhattan Transfer, John Dos Passos

16 octubre 2009

manhattan transfer

Son pocas las ocasiones en las que uno se tropieza con alguna obra que le llame la atención por ser ésta diferente a lo antes visto, leído, escuchado, sentido o experimentado. Uno agradece tal grado de osadía en un artista sea del calibre que sea. Nos permiten respirar un aire fresco y nuevo del normalmente ya viciado por la tradición. De la arriesgada inventiva de esos artistas nacen nuevas concepciones de hacer arte respecto a todo lo anterior. Este fue el caso de la obra de John Dos Passos, escritor de los años veinte que pertenece a la llamada Generación Perdida, junto a Faulkner, Hemingway, F.S. Fitzgerald y otros compatriotas, autores que compartían una misma preocupación social y que fueron la base de un nuevo resurgimiento literario.

Manhattan Transfer, escrita en 1925, es una novela diferente. Cuando utilizo este adjetivo me refiero sobre todo a una sustitución de la narración lineal por una forma de relatar basada en la simultaneidad, nada común hasta entonces. Se trata de un conjunto de capítulos no directamente relacionados entre sí, como si fueran recortes de la realidad que una vez extraídos de su lugar natural han sido enganchados artificialmente uno al lado del otro sin un sentido aparente, y recalco, solamente aparente. Es decir, su trabajo es sinónimo de experimentación, de riesgo artístico e innovación. Es una obra digna de ser recordada porque Dos Passos fue uno de los pioneros en romper de esta forma con la tradición y crear una nueva literatura vanguardista que sirvió de modelo para otros autores que escribieron después y tomaron prestada esta forma de contar las cosas.
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Firmin, Sam Savage

15 octubre 2009

Poco imaginaba el mundo hasta hace poco que un desconocido autor casi octogenario de barba desaliñada y mirada remota, un beat arrancado de su tiempo llamado Sam Savage, iba a causar con su primera novela semejante revolución en el mercado editorial. Este excéntrico personaje, que a pesar de haber sido profesor de filosofía en Yale prefiere ser descrito como mecánico de bicicletas, carpintero o pescador, publicó Firmin por primera vez en una pequeña editorial de Minneapolis en el 2006, pero el éxito le vino pocos años después de la mano de la editorial española Seix Barral cuando ésta, viendo la joya que tenía entre manos, compró los derechos internacionales del libro. La estrategia, a pesar de inédita en España, ha resultado ser un éxito rotundo, en gran parte gracias a la poderosa campaña publicitaria que la editorial ha lanzado entorno a la novela, lo cual no desmerece, sin embargo, su gran calidad literaria.

Firmin cuenta una historia entrañable, libre de sentimentalismos y moralejas fáciles, que entrecruza en sus líneas, con gran maestría, lo amargo y lo simpático, lo irónico y lo patético, lo inteligente y lo (aparentemente) sencillo. Con ecos de Dostoievski (no casualmente la novela recuerda ya desde su título el tono empleado en Memorias del subsuelo), recorremos la historia de Firmin, una rata noruega, decimotercera y última cría de la camada de una madre alcohólica que dio a luz en el sótano de una librería. Sin poder acceder, por su flaca constitución, a los cuidados de la madre, Firmin descubre el amor a la lectura devorando (literalmente) los viejos libros que lo rodean. Su curiosidad, sin embargo, vence pronto a su apetito, por lo cual la pequeña rata deja en poco tiempo de alimentarse de los libros para leerlos, hasta el punto de alcanzar una prodigiosa capacidad de lectura y una mayor erudición.

Así empieza la tragicomedia de Firmin, este ser a medio camino entre el hombre y la alimaña urbana en busca de un espacio propio para la comprensión. Temedor de los espejos que reflejan su auténtico semblante, cinéfilo y zoofílico por igual (sus amores son única y exclusivamente humanos), burgués o bohemio, sarcástico y depresivo, este roedor instruido que tanto lee a Proust como toca el piano, nos conduce por la amarga historia de una vida que se hunde bajo los escombros de un barrio bostoniano embestido por la especulación inmobiliaria.
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El asno de oro, Apuleyo

15 octubre 2009

A las puertas de una modernidad que se derrumba, cuando pocos valores se sostienen todavía en pie, volver a los clásicos no representa solamente una bocanada de aire fresco para nuestros pulmones, sino que resulta casi una tarea que debemos exigirnos a nosotros mismos como una inexcusable revisión de principios: es imperioso ser conscientes de nuestros orígenes para poder fundamentar así correctamente nuestra propia modernidad. Evocando al poeta catalán J.V. Foix, “sed modernos, leed a los clásicos”.

Apuleyo de Madaura, cuya vida transcurrió aproximadamente entre el 125 y el 180 d.C., figura entre los últimos escritores de la gran tradición greco-latina. Aunque escribió siempre en latín, su formación fue principalmente griega, y su vasta producción erudita, la mayor parte de la cual se ha perdido, atestigua su gran versatilidad y su incansable inquietud intelectual. Entre los textos que le son atribuidos constan tratados de filosofía, política, medicina, aritmética y música, entre otras varias disciplinas. Por otra parte, en su obra se adivina un espíritu siempre crítico e insurrecto con el poder centralizado de una Roma ya en decadencia. Gran viajero por lo demás, Apuleyo recorrió Grecia, Roma, el norte de África y Alejandría, donde su afición por las culturas orientales lo llevó a ser acusado de utilizar artes mágicas para seducir y desposar con Emilia Pudentila y matar a su hijo, imputación de la que probablemente fue absuelto. Fruto de esta acusación nos ha quedado el texto legal llamado De magia o Discurso sobre la magia en defensa propia, más frecuentemente conocido como la Apología.

En todo caso, más allá de las contingencias de su biografía, Apuleyo es principalmente recordado por ser el autor del texto Las metamorfosis, que conocemos ya desde tiempos de San Agustín con el nombre de El asno de oro. Se trata, juntamente con el Satiricón de Petronio, de las dos únicas novelas latinas que la tradición nos ha legado. Sin embargo, es preciso andarse aquí con ojo al utilizar el término ‘novela’, por cuanto dicho vocablo, relativamente reciente en suma, no refleja desde luego en toda su amplitud el sentido de la narrativa clásica, y puede llevarnos al error de juzgarla desde una perspectiva que no le corresponde.
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David Copperfield, Charles Dickens

15 octubre 2009

«Una nación sin fantasía, sin algo de romance,

nunca ocupó, nunca puede ocupar,

y nunca ocupará un gran lugar bajo el sol

Charles Dickens. Frauds in the Fairies.

Cuentan que en la gris Inglaterra del siglo XIX, todas las familias, fuesen pobres, ricas, tristes o felices, solían reunirse, en corrillo, alrededor del fuego mientras esperaban, con ansiosa delectación, la llegada del tardío cartero que traería un nuevo cuaderno azul de Boz debajo del brazo.
Estas largas esperas se solían amenizar con discusiones sobre si prosperaría la batalla que mantenía la afable Betsey Trotwood con los malvados burros o si, finalmente, el señor Micawber, junto a todo su clan, se vería irreparablemente abocado a la ruina y a la más miserable podredumbre. Pero los miembros más nerviosos e impacientes de estas familias eran incapaces de esperar durante tanto tiempo y no hacían otra cosa que salir escopeteados de casa en búsqueda del tan esperado mensajero. En esos días, que solían repetirse de mes en mes, centenares de grises e inglesas callejuelas, pertenecientes a grises e inglesas ciudades, se llenaban de miserables, ricos, trabajadores o bribones que surcaban los recovecos de la ciudad en búsqueda del inocente, aunque poco presto, cartero.

Esta pequeña anécdota muestra perfectamente la pasión que sentía el pueblo inglés por Charles Dickens. El éxito y la fama que consiguió el escritor inglés entre todos los estamentos del pueblo inglés alcanzó cotas nunca jamás imaginadas. Tal era el amor de los ingleses para con Dickens que, a la muerte del escritor, durante las exequias de su funeral, Benjamin Jowett dijo de él: “Resulta muy difícil calcular la deuda que hemos contraído con este hombre que nos ha hecho amar a unos personajes ingleses buenos, abiertos, sinceros y honestos que se cruzan cada día en nuestra existencia.” Charles Dickens fue, y será para siempre, el escritor del pueblo inglés.
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El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald

14 octubre 2009

Uno no puede evitar sentir, al leer El gran Gatsby, que existe en torno a esta notable novela una especie de bruma o ambigüedad, que impregna a todos los personajes, se filtra en sus relaciones e inunda así toda la trama. Sin perder a pesar de todo el ritmo del relato, Fitzgerald presenta sus personajes de tal modo que, haciendo amago de mostrársenos y salir finalmente de esta niebla en la que viven, no acaban nunca de revelarnos nada acerca de ellos; poco sabemos de su biografía en la mayoría de los casos, salvo algunos aspectos aislados, y por lo que respecta a su carácter, los rasgos que conocemos se nos presentan como artificiales, algo así como una máscara.

Esta circunstancia, sea como sea, no desmerece en absoluto el libro; al contrario, le da una fuerza y una coherencia mayores a los que podría haber logrado mediante otros procedimientos, y es este aspecto, dominado con gran maestría, el que lo hace prevalecer sobre otros libros de similar argumento pero de menor brillantez constructiva.

De hecho, esta artificialidad, esta “máscara” que oculta a los personajes, resulta al fin y al cabo un recurso muy hábilmente utilizado, puesto que lo que se quiere retratar no es otra cosa que una sociedad y una época en las que predominan las máscaras. Se trata del Nueva York de los años treinta, un mundo de inconsciencia y desenfreno, de alocadas fiestas millonarias que duran toda la noche, y de gánsteres.

En medio de este bullicio de bailes y de superficialidad emerge, envuelta de misterio y mito, la efigie del multimillonario Jay Gatsby, “el gran Gatsby”, anfitrión de las mayores fiestas y soñador quijotesco en su intimidad. A través de los ojos del joven y sencillo accionista Nick Carraway, vecino de Gatsby y narrador de la historia, conocemos poco a poco su enigmática figura.

Jay Gatsby viene a ser la excepción a todo lo que su época, y por lo tanto también los demás personajes del libro, representan. Sin abandonar nunca del todo su trazado esquemático e indefinido, el autor profundiza en su retrato con auténtica destreza narrativa. En este sentido, podríamos decir que Jay Gatsby, a pesar de todo lo que de él ignoramos, es el único personaje que llega a quitarse la máscara, al menos hasta cierto punto, para mostrarnos el rostro de la ilusión y el sueño.

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St. Mawr, D.H. Lawrence

14 octubre 2009

D. H. Lawrence (1885-1930) demostró siempre una capacidad innata para comprender aquello que se escondía detrás de la realidad cotidiana y de los mecanismos sociales impuestos por la burguesía de principios del S. XX. Lúcido observador e incisivo crítico de su época, Lawrence fue hijo de un tiempo convulso y agitado, en el que la creciente industrialización y su imposición de un ritmo de vida cada vez más acelerado y exhaustivo, quedaba disimulada bajo la moral burguesa del ocio y del disfrute. Dicha moral, que podemos caracterizar perfectamente como moral de las apariencias, sufriría la primera gran conmoción con la llegada de la Gran Guerra, en 1914, y aunque todavía se prolongaría unos años más, su derrumbamiento se presentaba como un hecho inminente.

Así lo advirtieron muchos escritores de principios del S. XX, entre ellos D. H. Lawrence, quien tomaría una firme posición en contra de la artificiosidad propia de la vida burguesa. La principal preocupación de los pensadores de esta época, en todo caso, fue la de determinar, frente a esta sociedad decadente y corrompida, qué camino debería seguirse a partir de ahora. Una de las respuestas más generalizadas a este problema fue la reivindicación, por parte de una serie de intelectuales, de la utopía marxista, e incluso la afiliación a la reciente política soviética. Otra respuesta fue, paradójicamente, el nacimiento del fascismo, que a pesar de sus diferencias con el socialismo, no dejaba de ser la otra cara de una misma moneda.

Por lo que respecta a D. H. Lawrence, nunca se inscribió a ninguna de esas dos corrientes. Su replica a dicho problema consistía en apostar por la vuelta a un estado esencial, originario y natural, que purificara al hombre de la degradación en que el supuesto progreso lo había sumido; este proyecto, por supuesto, solo podía llevarlo a cabo el hombre a título individual, desvinculándose de la sociedad pervertida para abocarse a la naturaleza indómita e incontaminada.

Es evidente que la propuesta de Lawrence obedece más a una especie de filosofía mística con rasgos literarios que a un planteamiento realista. De hecho, tanto Aldous Huxley como Bertrand Russell, cuyo trato con Lawrence fue frecuente, se refieren a él como un místico. En cualquier caso, este escritor tenía muy claro cual era ese absoluto que postulaba, encarnado en la naturaleza salvaje, así como que el reencuentro con él era el único camino de salvación para el hombre. Y la grandeza de su escritura consistió, precisamente, tal como apunta Huxley, en saber transcribir y dar forma en su prosa a esta vida primitiva y originaria, con la que él estaba en contacto directo, y de hacerlo además con gran maestría.

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El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

14 octubre 2009

el_retrato_de_dorian_gray“El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte”

Así comienza el prefacio de la única novela de Oscar Wilde, en la que reúne de forma resumida la mayor parte de su pensamiento estético. Wilde estudió en la universidad de Oxford, en torno a un hervidero de teorías estéticas y críticas de cuyas ideas se alimentó. Por un lado, fue influido por los postulados de los pintores prerrafaelitas, contrarios al materialismo y que entendían el arte como una dimensión social. Por otro lado, Wilde defendió el arte por el arte. El arte simplemente como belleza sin ninguna otra utilidad más que la de contemplarlo, la de proporcionar felicidad y hacer olvidar al desdichado, durante unos instantes, de sus desgracias. En definitiva, la belleza al margen de cualquier consideración moral, el esteticismo en su más esplendorosa pureza. Wilde, también estaba en contra de la limitación de la libertad de expresión y consideraba al artista como único responsable de lo que producía con absoluta libertad: “Anhelo el tiempo en que la estética substituya a la ética, cuando el sentido de la belleza sea la ley que domine la vida”.

El retrato de Dorian Gray es la novela estética por excelencia. Es una historia original propia de la narración fantástica, aunque con cierta similitud al Fausto de Goethe, ya que los protagonistas de ambas obras actúan mediante el deseo ambicioso de alcanzar la eterna juventud. Está escrita en la época de la Inglaterra victoriana, donde reinaba el materialismo, donde las apariencias, la riqueza y las reuniones sociales estaban al orden del día. El escritor aprovecha la fea e insulsa situación artística heredada por el industrialismo para hacerse con las riendas del nuevo movimiento estético y revalorizar la importancia de la belleza en el arte y la vida. En la novela se respira trasgresión, rebeldía, provocación y una larga lista de atributos que rompieron con la tradición conservadora inglesa. Algunos de sus coetáneos, no sólo se burlaron de su excéntrica forma de vestir o de sus consejos para la decoración, sino que también lo tacharon de sensiblero a la hora de escribir El retrato de Dorian Gray. Leer más…

Mr. Vértigo, Paul Auster

14 octubre 2009

MrVertigo

Desde niño siempre soñé con volar, alzar levemente los pies del suelo y levitar, que el viento me secuestrara en un viaje por las nubes. Sentía la necesidad de saltar al borde de un precipicio y burlarme de las leyes de la gravedad. Ese deseo bullía frenéticamente en mi interior mientras observaba a los livianos pájaros, a las incansables libélulas, a las águilas de elegante vuelo, incluso, cuando ellos se posaban a descansar en la rama de un árbol los envidiaba con un rabia enorme. Sin embargo, mis pies pesaban y no era un niño especial. Paul Auster me ofreció la oportunidad de regresar a aquella época a través de un caminito de palabras, soñar de nuevo, recordar los tiempos de piruletas pegajosas y caricias de grandes manos sobre mi cabeza. Porque todavía me gusta soñar con volar, las piruletas pegajosas y que me despeinen de un manotazo.

Mr. Vértigo es un cuento de hadas para adultos. Narra la historia de Walt, un huérfano de nueve años que es acogido por un hombre misterioso. Un hombre cuyo principal objetivo es el de enseñar al pequeño a volar. Se trasladan a una granja donde comenzará el duro entrenamiento de Walt, que consistirá en someterse a una serie de pruebas realmente duras de las cuales tan sólo un niño especial, un “niño prodigio” sería capaz de soportar sin perecer en el intento. En la granja se hará amigo de un niño negro superdotado y de una mujer sioux que practica la magia negra. Leer más…