
El de Charles Baudelaire es uno de esos casos, tan frecuentes en la historia de la literatura, en que la meritoria producción de un artista de incuestionable talento y singular atractivo ha quedado eclipsada, por así decir, por el efecto que una sola de sus obras, la más luminosa de entre ellas, ha producido sobre el resto. Pregunte usted a quien quiera si conoce a Baudelaire: «Por supuesto –le responderán–, ¿cómo no iba conocer al autor de Las Flores del mal?» Esto no es extraño si consideramos que el poemario en cuestión es, no solamente una obra clave de la literatura europea, sino también, y por encima de todo, un pequeño milagro artístico. Sin embargo, no podemos dejar de lamentar el olvido en el que, a causa irónicamente de la misma celebridad del autor, han caído algunos textos, igualmente excelentes, que corrieron peor fortuna, como son los poemas en prosa (El Spleen de París), sus escritos sobre arte o los interesantísimos ensayos sobre Edgar Allan Poe.
Creo no exagerar si afirmo que las aportaciones de Baudelaire en el campo de la crítica artística son prácticamente imprescindibles para quien quiera rastrear la evolución de las ideas estéticas en la modernidad. Pocas veces se ha hablado más bellamente o iluminado con mayor acierto una obra de arte de cómo el poeta francés logró hacerlo en su Salones de 1846 y 1859, por no hablar de la lucidez y clarividencia que alcanza en su breve pero brillante texto El pintor de la vida moderna. Y aunque la música no fuera el campo que más frecuentara, sus reflexiones sobre el Tannhäuser de Wagner habían de abrir el camino a toda una nueva sensibilidad artística en Francia.
Pero si el Baudelaire-crítico-de-arte es, en comparación con el poeta, poco conocido, el Baudelaire-crítico-literario es ya un auténtico olvidado. Descuido comprensible si pudiera objetarse que la aptitud de Baudelaire como crítico resulta inferior a su aptitud como poeta, pero dado que este no es el caso, quizá sea hora de corregir, en la medida de lo posible, esta pequeña injusticia histórica.

Resulta difícil de imaginar hoy, en una época en la que la literatura ha quedado sepultada bajo el peso de la televisión y de la prensa ligera, a qué extremo pudo llegar la popularidad de un escritor como Charles Dickens en la sociedad de la era victoriana. Es célebre a este respecto la anécdota sobre ciertos obreros americanos quienes, aguardando en el puerto la nueva entrega de sus obras, sin poder esperar el desembarque, preguntaban impacientes a los marineros si había muerto o no finalmente la pequeña Nelly. Esta pintoresca historia, algo exagerada desde luego, ilustra sin embargo de forma muy clara el importante papel que desempeñó en la sociedad decimonónica la novela de folletón, un auténtico fenómeno social del cual difícilmente podríamos encontrar un paralelo actual. En efecto, el gran triunfo del género novelesco, que debemos sin duda, como sabemos bien, al S.XIX, no hubiera sido posible sin el folletín, que permitió acceder a la literatura a un amplio contingente social cuya condición económica le impedía la adquisición de libros. Obreros, burgueses, aristócratas, campesinos, todos ellos, olvidando momentáneamente sus diferencias, coincidían como un público único a las sentimentales historias que Dickens les ofrecía.
A riesgo de simplificar en exceso sus méritos, podemos personificar perfectamente en Dickens el prototipo de autor de folletines. Su aclamado éxito, una fama pocas veces alcanzada por otro escritor inglés, a excepción quizás de Shakespeare, se debió sin ninguna duda al hecho de saberse acomodar, sin perder por ello calidad, a las numerosas exigencias del público y a las particularidades de este nuevo género literario. Lo cierto es que, ante todo, Dickens se complacía brindando al lector lo que éste deseaba; algo que, por otro lado, la publicación por entregas facilitaba notablemente, permitiendo construir la historia en función de las reacciones del público. Admirado y querido por el pueblo, Charles Dickens, autor entregado a él en todos los sentidos, llegó a convertirse así en poco menos que en un héroe nacional.
La muerte siempre está a nuestro acecho. Es algo inevitable. Vivir implica morir y es imposible intentar rebelarse contra ese dictamen. Cuando nacemos las reglas del juego nos son impuestas. Pero no es nuestra propia muerte la que puede llegar a perturbarnos, a atemorizarnos, sino más bien, el fallecimiento de las personas que tenemos más cerca, nuestra familia, nuestros amigos. El miedo a la muerte ajena.
La sombra del ciprés es alargada, premio Nadal de 1947 y con la que Miguel Delibes se hizo conocido, habla fundamentalmente de la muerte, ese manto negro que persigue a Pedro, el protagonista, desde su más tierna infancia hasta su madurez. El pequeño es abandonado por su tío en la residencia de una familia de Ávila, ciudad descrita amplia y detalladamente en el libro, donde el señor Mateo se hace cargo de su educación. La familia del señor Mateo es, en cierto sentido, algo inusual. En ese hogar se respira un aire pesimista y bajo ese ambiente crecerá el joven Pedro y un compañero de fatigas llamado Alfredo. Durante los paseos por la ciudad amurallada junto al señor Mateo, los dos jóvenes van asimilando las explicaciones de su tutor donde la importancia de su teoría radica en aspirar a poco y de ese modo perder también poco y no sufrir tan duramente los reveses de la vida. Leer más…
Los Sonámbulos: (I) Passenow o el romanticismo, (II) Esch o la anarquía, (III) Huguenau o el realismo, Herman Broch

En los últimos años del S.XIX y la primera mitad del S.XX, el Imperio Austro-húngaro vio nacer en su seno una auténtica oleada cultural sin parangón, una generación de intelectuales destinados a poner, en todos los ámbitos del pensamiento, los pilares sobre los cuales habría de levantarse el saber y el arte del nuevo siglo. Desde el físico Erwin Schrödinger hasta el compositor Arnold Schöenberg, pasando por Wittgenstein, Freud o Klimt, Viena era un auténtico hervidero de pensamiento y revolución, y, juntamente con París, el núcleo fundamental de la cultura europea finisecular. También las letras, por supuesto, vivirían en la Austria del cambio de siglo una auténtica era dorada, que alcanzaría su cumbre, dejando de lado a Hoffmansthal y Rilke, en la tríada compuesta por Robert Musil, Hermann Broch y Joseph Roth, quienes se encargarían, como Proust en Francia o Joyce en Inglaterra, de forjar un nuevo lenguaje para el arte del S.XX.
Roth, Musil y Broch compartieron, a pesar de sus notorias diferencias, una voz común, fruto de una experiencia colectiva que sería la marca distintiva de toda su generación. De ascendencia judía, como Roth y Broch, o bien aristócrata como Musil, lo cierto es que todos ellos se sintieron desamparados frente a un mundo derrocado y degradado, marcado a fuego por la experiencia de la primera Guerra Mundial y la progresiva disolución del individuo en una sociedad de masas. La respuesta ante dichas circunstancias fue por lo general un acusado tono reflexivo, especialmente en Broch y Musil, una pérdida de confianza frente a las capacidades del lenguaje, que compartirían con Wittgenstein o Hoffmansthal, y una huida escéptica hacia la ironía y el sarcasmo. A estas varias semejanzas, y a algunas otras que no mencionamos, podemos añadir todavía la triste situación en la que los tres autores se vieron con la ascensión del nacionalsocialismo y la anexión de Austria al Imperio Alemán, que los obligaría a exiliarse para sobrevivir a los delirios del nazismo. Ninguno de ellos volvería jamás a su tierra.
Los Sónambulos, trilogía que recoge los títulos Passenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo, constituye la primera obra de Hermann Broch (1886-1951) y una pieza clave para entender toda la narrativa del siglo XX. Broch, nacido en el seno de una familia de industriales judía, dedicó la primera mitad de su vida al negocio familiar, hasta que, en un drástico cambio de rumbo decidió, con cuarenta años, dejar su carrera profesional para dedicarse a las letras. En pocos años había cursado ya filosofía, matemáticas y psicología en la Universidad de Viena, y publicado, entre 1930 y 1932, sus tres primeras novelas, las que ahora nos ocupan, demostrando una asombrosa madurez como narrador.
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Aparecían en el año 1914, de la mano del filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), estas breves pero intensas Meditaciones del Quijote, libro destinado como pocos a marcar un antes y un después en la historia del pensamiento español. El ensayo formaba parte en realidad de un proyecto mayor que Ortega no llegaría a concluir, una serie de diez meditaciones o “salvaciones” sobre temas diversos, desde Pío Baroja a Goethe y desde la danza a los toros, cuyo fin último sería reflexionar sobre las circunstancias españolas. Algunos de esos temas serían abordados por Ortega, más o menos directamente, en textos posteriores, pero nunca llegarían a constituir la unidad que el autor pretendía originalmente. En cualquier caso, estas pocas meditaciones que nos ocupan, suficientemente meritorias por sí solas, constituyen el primer libro de Ortega y Gasset, quien con aproximadamente treinta años se había consolidado ya como uno de los intelectuales más prometedores del país, autor de celebrados artículos y catedrático de metafísica en la Universidad Central, donde desde 1910 sustituía al difunto Nicolás Salmerón.
Curiosamente, y a pesar del prestigio que Ortega había alcanzado ya por aquel entonces en su labor filosófica, lo cierto es que las Meditaciones del Quijote pasaron prácticamente desapercibidas entre el público lector durante mucho tiempo. La razón de ello es sencilla: en un escenario donde el tratado filosófico brillaba por su ausencia, Ortega había decidido utilizar para este su primer libro un estilo más literario que teórico, para abordar así sus grandes planteamientos de un modo tangencial. Sin embargo, ante un texto aparentemente más poético que filosófico, el público español no ofreció mucha atención, y lo leyó poco y mal. Cuando años más tarde Ortega se consolidó firmemente como uno de los grandes filósofos del siglo y como un escritor sutil y penetrante, con títulos como España invertebrada (1921) o La Rebelión de las masas (1929) en su haber, estas Meditaciones del Quijote fueron contempladas ahora con cierta condescendencia, como un primer intento literario del autor que carecía aún de la madurez filosófica alcanzada en sus obras cumbres.
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Fernando Pessoa solía pasear por las calles de Lisboa enfundado en una humilde gabardina de color gris, mientras fumaba y expulsaba de su boca el humo de los cigarrillos consumidos y los versos inconclusos que su mente no paraba de producir. En uno de esos días de paseo, Pessoa pasó frente a un escaparate en el cual había un espejo, de reojo vislumbró un reflejo, siguió caminando y unos metros después, se percató de que el reflejo que había visto en el espejo no era el suyo, sino el de otra persona. Pensó que no había sido más que una ilusión óptica, pero su curiosidad le obligó a retroceder y volver frente al espejo. Al mirarse de nuevo en el mismo espejo, Fernando Pessoa observó que el hombre que tenía frente a él, no era él mismo, es decir Fernando Pessoa, sino que era otro; éste otro era un poco más bajo y tenía la piel más morena. Pessoa se movió juguetonamente, pero su reflejo de otra persona, no respondió a ese movimiento con otro similar. El reflejo permaneció quieto. Entonces Fernando Pessoa, mirando fijamente a los ojos de aquella otra persona sin lugar más allá del reflejo de la figura del propio Pessoa, dijo: “Me llamo Ricardo Reis”. El reflejo sonrió y desapareció. Pessoa se mantuvo frente al espejo vacio, esperando el retorno de Ricardo Reis, pero, momentos después, apareció otra imagen en el espejo. Inmediatamente Pessoa le saludó y dijo: “Me llamo Alberto Caeiro”. Esta nueva aparición no sonrió, su rostro, frio como la noche, desapareció. Volvióse a quedar Pessoa solo ante el espejo esperando y, como no hay dos sin tres, segundos después apareció una nueva figura; era un hombre exuberante y con los aires propios de esa grandeza anglosajona. Fernando dijo: “Me llamo Álvaro de Campos”, esta vez, asustado de que el proceso tuviera infinitas concatenaciones, fue el propio Fernando Pessoa el que desapareció del espejo, cansado de haber sido tantos en tan poco tiempo. Esa misma noche, ya de madrugada, Pessoa se despertó pensando si Álvaro de Campos se habría quedado atrapado en el espejo. Se levantó, fue al lavabo y se miró al espejo. Lo que allí encontró fue su propia cara. Dijo entonces: “Me llamo Bernardo Soares”, y se volvió a meter en la cama. (1)
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Hay libros, que ya desde su portada desprenden cierta magia y encanto. Éste es sin duda uno de ellos, y eso que la portada española no tiene nada que ver con la estupenda portada original de la novela. Pero ese negro granulado, ese “Cormac McCarthy” y sobre todo las sanguinolentas letras de “La carretera”, te inducen a pensar que dentro, entre sus líneas y escondido en las palabras, se encuentra una gran historia.
Y no es una gran historia porque sucedan grandes cosas; ciertamente ocurren muy pocas. La carretera, es más una novela de reflexión que de acción. Quién busque aquí una aventura a través de una carretera atestada de bandas antropófagas, con disparos y persecuciones acabará la novela y se sentirá muy pero que muy decepcionado. Es cierto que el mundo que aquí nos presenta Cormac McCarthy nos remite directamente a ciertas películas tipo Mad Max o 28 días después, pero aquí, los parajes desérticos, la naturaleza muerta y toda esa sensación de estar viviendo en un mundo apocalíptico, abocado al final de sus días es solo el contexto, el marco a través del cual se nos permite profundizar en la relación entre un padre y un hijo, y entre un hombre y él mismo. Con una serie de brillantes divagaciones sobre la soledad, el silencio, la desesperanza o la ex-sistencia.
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Considerada por muchos, con justicia, como una de las cumbres literarias del S.XX, El Gatopardo es una obra de una belleza rara, inusitada. Desde que fuera publicada póstumamente en el año 1958 por la editorial de Giangiacomo Feltrinelli, la novela ha planteado a sus lectores, generación tras generación, el enigma de su encanto. ¿En qué consiste su belleza? No es fácil decirlo. Podríamos intentar explicarla enumerando algunas de sus principales cualidades: la excelencia de su prosa, su gran poder de evocación o la habilidad para recrear en el plano ficticio unas determinadas circunstancias históricas; sin embargo, estas justificaciones, que bien pueden darnos ciertamente una idea fundada de los méritos del libro y de su intrínseca calidad literaria, no nos permitirán sin embargo penetrar más profundamente en este secreto último, tan bien guardado, que eleva El Gatopardo hasta la condición de obra maestra.
Quizá, quien mejor haya acertado a retratar esta ilusión de belleza que nos sobrecoge cuando leemos El Gatopardo, sea Mario Vargas Llosa, quien comprendió que si la novela nos llena de tal desconcierto, es porque nos «enfrenta al misterio de la genialidad artística». En efecto, resulta notable que su autor, Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, escribiera una sola novela en toda su vida, la que ahora nos ocupa, que empezó además a redactar llegado casi a los sesenta años. El resto de su producción destaca por su exigüidad: un puñado de cuentos, una copiosa correspondencia, y algunas notas que tomó sobre literatura inglesa y sobre Stendhal para impartir una serie de conferencias a un grupo de amigos. Ciertamente, puede objetarse que, como dijo Bassani, El Gatopardo es la obra de toda una vida, un texto que ha debido sin duda gestarse año tras año, vivencia tras vivencia, y que solo ha podido surgir a la luz cuando su forma ha sido lo suficientemente perfecta, lo suficientemente acabada. Todo esto está muy bien, pero el hecho no puede dejar de parecernos insólito: de repente, un día, hacia 1954, el príncipe Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (1896-1957), último miembro de una vieja familia de la aristocracia de Palermo, hombre de vastísima cultura por otra parte, decide comenzar a escribir, y en tres años, poco más o menos, compone la que será una de las obras maestras del S.XX, que concluirá poco antes de su muerte, en el 1957. Ante esta absoluta incógnita de la genialidad, Vargas Llosa se interroga vehementemente, sin encontrar respuesta: «pero ¿cómo, cómo fue posible?».
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Cuando en el año 1942 apareció por primera vez, en Madrid, La familia de Pascual Duarte, el panorama literario español sufrió una gran conmoción. Camilo José Cela era por aquel entonces un jovencísimo y desconocido escritor, cuya primera y única obra hasta la fecha, el poemario Pisando la dudosa luz del día (1938), no había sido publicada todavía. Era, por lo tanto, un autor completa y estrictamente novel, además de inédito. Sin embargo, Cela tenía grandes aspiraciones literarias, y era plenamente consciente de que la narrativa española de aquel momento, bastante estancada por cierto, precisaba de una radical renovación si quería sobrevivir a la nueva realidad de la posguerra.
En La familia de Pascual Duarte, Cela apuntó ya, con mucho acierto, hacia esa regeneración de las letras. La nueva estética que la novela proponía difería por completo de todo cuanto se había hecho hasta entonces; tanto público como crítica aplaudieron decididamente la originalidad y la maestría narrativa del joven escritor, aunque tampoco faltaron quienes le reprocharan su excesiva tendencia a lo escabroso y abrupto. El éxito de la obra, en todo caso, no tardó en hacerse palpable. Con ella nació el tremendismo, estilo que hace de Pascual Duarte su arquetipo fundador, y quedaron fijados los derroteros por los cuales habría de transcurrir la narrativa española a lo largo de todo el siglo XX.
Pasados ya más de sesenta años desde la publicación del libro, todavía hoy, al releer sus páginas, comprendemos fácilmente el revuelo que ocasionó en su aparición. Las memorias que el condenado a muerte Pascual Duarte redacta en prisión, mientras espera la ejecución de su sentencia, hielan la sangre por lo truculento de sus crímenes, narrados de forma directa y explícita, y por lo sombrío de sus desdichas. No obstante, como sucede por lo general con las grandes obras de la literatura, el paso del tiempo ha abierto nuevas perspectivas de cara a su interpretación, y hoy día estamos en situación de leer la novela como algo más que un mero inventario de crímenes y desgracias.
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Escribir unas memorias resulta siempre, en el mejor de los casos, una tarea ardua y harto laboriosa, por cuanto implica no solo rescatar del recuerdo los acontecimientos más significativos de toda una vida, sino también intentar justificarlos dentro de un todo concluso y unitario e imprimirles, a la luz de nuestra experiencia posterior, un sentido del que quizás originalmente carecieran. Es esta, desde luego, una empresa ilusoria, que olvida que la vida es antes que nada el fruto de la más fortuita contingencia, de un azar cuyo secreto jamás lograremos desvelar. Sin embargo, hay en dicha pretensión de fijar en palabras nuestra propia vida, cierta dignidad intrínseca que no se nos escapa y que comprendemos bien: este afán de recordar algunos hechos, de olvidar otros, de ordenarlos todos ellos para llegar hasta nuestro presente y reconstruir, en fin, todo el edificio de nuestra existencia, ¿no obedece acaso a ese proyecto último del hombre que consiste en tomar las riendas de la propia vida y establecer un lugar en el mundo que le sea propio?
Paul Bowles (1910-1999), a quien podemos incluir sin duda entre los más notables escritores estadounidenses del pasado siglo, vivió una vida intensa y fascinante, marcada por una de las épocas más convulsas y agitadas de cuantas haya afrontado la humanidad, durante la cual supo, pese a todo, adivinar el último destello de magia de un mundo que jamás volvería a ser el mismo. Viajero infatigable, Bowles encontró finalmente en el Tánger, más por azar que por convención, el último baluarte de este mundo que acababa, donde «la hechicería horada sus túneles invisibles en todas direcciones, desde miles de remitentes a miles de receptores desprevenidos». Allí se estableció, junto a su mujer y amiga, la también escritora Jane Auer, durante la mayor parte de su vida y allí recibió, también, entre otros, a Truman Capote, Tennessee Williams, Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Gingsberg o Gore Vidal.
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