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Santuario, William Faulkner

20 septiembre 2010

Es bien conocida la aversión que William Faulkner sintió a lo largo de toda su vida hacia la novela Santuario, que veía como una traición a sus principios artísticos y como la más lamentable tacha de su extensa carrera literaria. Faulkner redactó esta obra en el año 1929, según su propio testimonio, con el objetivo de «ganar algo de dinero» en un momento en el que el crac bursátil y su reciente matrimonio lo sometían a importantes penurias económicas. Santuario era su quinta novela, escrita justo después de El sonido y la furia, pero a diferencia de en los casos anteriores, en esta ocasión el autor sureño se propuso no escribir por el simple gusto de hacerlo, sino con vistas a agradar al gran público. Para ello, se aplicó en «inventar la más horrible historia que pude imaginar». El resultado fue, al parecer, demasiado atroz para su gusto, así como también para el de su editor, que se negó a publicar la historia; cuando finalmente, en 1931, accedió a hacerlo, fue el mismo Faulkner el que sometió el texto a una importante revisión, donde intentó suavizar el horror sin alterar no obstante la esencia del relato. En cualquier caso, incluso después de esta revisión, la antipatía de Faulkner hacia la novela no disminuyó en absoluto, como ilustra el hecho anecdótico, aunque ciertamente significativo, de que fuera esta la única de sus obras que no quiso regalar a su madre. El mismo testigo que recuerda este hecho, añade todavía que la madre, que leyó Santuario por su cuenta, tampoco mencionó jamás el libro ante su hijo.

Desde luego, no hace falta decir que la abominación y el horror que recorren las páginas de Santuario, y que tanto espeluznaron al autor en su momento, han sido hoy sobrepasadas con mucho, si no quizá en el fondo, sí al menos en la forma. El hecho curioso, sin embargo, es que el mismo relato que a principios de los años treinta perturbó y deslumbró a miles de lectores por lo atroz de su contenido, convirtiendo a W. Faulkner en un best-seller de sólida trayectoria y prometedor futuro, resulte hoy, cuando su brutalidad ha quedado relegada a un segundo plano, y a pesar de la opinión de Faulkner, más atractiva quizá que entonces, si bien por motivos bien distintos: en efecto, liberada de los aspectos más puramente contingentes de la trama, de la inusitada barbarie que en ella se retrataba y de los valores morales que la encuadraban, Santuario queda como lo que realmente es: una obra sutil y perfecta, una de las más logradas construcciones de este siempre magnífico arquitecto de la prosa que fue Faulkner.

En cierta manera, es verdad, parece difícil entender el desprecio hacia esta obra que acompañó a Faulkner el resto de su vida. Desde luego, apenas podemos creer que él mismo no fuera consciente de las numerosas virtudes narrativas que poseía. Aunque, bien pensado, quizá fueron precisamente estas virtudes, unidas al trasfondo de perversidad que recorre toda la novela, lo que hasta tal punto repelió a su autor. Si bien ante el público se reprochaba lo «enclenque» del relato y la bajeza de la historia, no debemos olvidar que, a pesar de lo escabroso de algunos de sus argumentos, Faulkner fue siempre, hasta cierto punto al menos, un moralista, y es como tal que no pudo sino contemplar con turbación su propia criatura. La destreza narrativa de Santuario se pone ciertamente al servicio de una tesis harto pesimista: el triunfo indiscutible del mal sobre el bien, la preponderancia del horror moral en un mundo sin salvación posible. El repudio de Faulkner probablemente tuviera, en consecuencia, una base más axiológica que no estética, puesto que el recurso al horror y a la fiereza que caracterizan el libro resultaba una vía prácticamente ineludible para la construcción de un universo narrativo que se rigiera por tales presupuestos morales. Lo que Faulkner no pudo soportar fue quizá la perfección de su propia escena dantesca.

Por otra parte, cabe añadir que lo atroz en Faulkner queda, por así decir, maquillado por los trucos y efectos obscurantistas de un estilo que destacó siempre por su singular y barroco virtuosismo. Mediante hábiles cambios en el ritmo, o bien en el espacio y el tiempo del relato, logra Faulkner -maravilloso juego de prestidigitador- difuminar la acción hasta el punto de que el terror y la violencia que el libro esconde aparezcan, tan sólo, como una insinuación que el lector debe reconstruir con referencias a menudo tácitas, si bien siempre presentes. El autor calla frecuentemente más de lo que dice, y quizá su principal mérito sea aquí lograr que el lector devenga, sin saberlo, cómplice de sus propósitos, es decir, se deje conducir por la historia y la complete incluso con su propio esfuerzo cuando es preciso.

Pero pasemos ya al argumento del libro. La turbia historia que en él se relata incluye en verdad episodios de la más clara aberración moral. La narración consta de dos bloques o núcleos narrativos, que se entrelazan no obstante continuamente a lo largo de la novela. El primero de ellos gira entorno a la joven Temple Drake, desvergonzada y hermosa hija de un juez que, tras ir a parar al escondrijo de unos contrabandistas de alcohol, se encontrará con el gánster Popeye, hombre física y moralmente atrofiado, que la desflorará con una mazorca para confinarla después en un prostíbulo, donde la obligará a mantener relaciones con otro hombre bajo su pervertida mirada. El segundo hilo argumental describe, por su lado, los inútiles esfuerzos del humilde y bienintencionado abogado Horace Benbow para salvar a Lee Goodwin, contrabandista acusado injustamente del asesinato de Tommy, muerto en realidad por Popeye, y cuya suerte será ser quemado vivo en un arranque de cólera ciudadana.

Esta es, pues, a grandes rasgos, sin demorarnos en los pormenores, la fisonomía general de la novela que nos ocupa. A quien le parezcan pocas las atrocidades descritas, puede añadir todavía algunas más: asesinatos, piromanía, una batalla campal en medio de un funeral, las inclinaciones incestuosas de Benbow hacia su hermana y su hijastra (más explícitas al parecer en la primera edición), y tantas otras de las que prescindimos por razón de espacio. En cualquier caso, y por paradójica que pueda parecer la afirmación, estos diversos y abominables sucesos que aquí hemos esbozado brevemente y que conforman el argumento, son no obstante en realidad un aspecto muy secundario en el conjunto del libro. ¿Qué quiere decir esto? Pues simplemente que en el caso de Santuario, más quizá que en cualquier otra obra de Faulkner, lo realmente importante no es qué se cuenta, sino cómo se cuenta: el texto mismo deviene un organismo vivo que tiene algo que decir respecto a lo que sucede en él.
Pero detengámonos un momento en este punto. Admitamos, con numerosos críticos, que Santuario entra en el género de la novela negra (sin detenernos en la afirmación de Malraux según la cual supone la introducción de la tragedia clásica en la novela policíaca, aseveración que, sin embargo, no podemos dejar de cuestionar). La posición de estos críticos parece, desde luego, bastante lógica; pero por otro lado, por poco que meditemos, la distancia entre esta y otras obras del mismo género se nos presenta abismal, de modo que resulta preciso plantearnos cuál es la especificidad que distingue la obra de Faulkner de la novela negra en una ruptura que resulta tan evidente. Y observaremos que la originalidad, para decirlo de algún modo, de Santuario es que aquello que la determina como novela negra no es el contenido, sino la forma. En otras palabras, no se trata aquí, como es habitual en este tipo de literatura, de saber quién es el culpable, o bien de solucionar una determinada situación: el desarrollo de la historia puede intuirse, si no predecirse, desde bien temprano; lo esencial, pues, es reunir los datos de la narración, ordenarlos y reencontrarlos como un todo coherente y acabado que conforme la trama, desvelar qué está pasando en cada momento bajo el manto de oscuridad con el que el autor ha recubierto los sucesos. El peso de la incógnita, de la intriga, no está puesto así tanto en los hechos narrados, que son dentro de lo que cabe intercambiables y eventuales, como en la construcción del relato, en saber cuándo se nos desvelará, y de qué modo, la pieza necesaria para completar el rompecabezas.

Decíamos antes, por otro lado, que el fondo moral subyacente en esta obra era la idea de un predominio del mal sobre el bien en el irrevocable proceso de corrupción del mundo, de modo que los recursos técnicos y estilísticos venían a fortalecer esta postura. De hecho, el retrato de la decadencia y la perversión aparecen como una constante en Faulkner, quien ya los había abordado, sin ir más lejos, en su anterior libro, El sonido y la furia, aunque allí no adoptara (como tampoco haría en novelas posteriores) el fuerte acento moral y el pesimismo apocalíptico de Santuario. En esta, la tendencia hacia el mal aparece ya como una premisa axiológica. El mal acecha, en la noche de la violación de Temple Drake, como algo puramente físico, y apenas encontramos en toda la novela algún personaje en que no haya una profunda inclinación hacia él. Popeye, por supuesto, con su corta estatura, su mirada fría e irónica y su vestido negro, es la misma personificación de lo moralmente depravado. Pero si pensamos en los otros personajes, el panorama no mejora mucho: jueces y políticos corruptos, contrabandistas, libertinos o rufianes recorren el libro con total impunidad. Lee Goodwin, que es, ciertamente, acusado injustamente, vive también sin embargo la presencia de Temple Drake como una tentación, y moralmente no es muy superior a sus compañeros; su mujer es quizá el personaje más terrible, no porque sea malvada, sino porque ilustra, al contrario, la corrupción de un alma noble que ha aprendido a contemplar con indiferencia el horror; también Temple Drake, en un principio la víctima, acabará por aceptar el juego perverso que se le propone cuando condene a Goodwin con su falso testimonio.

Dejando de lado los espontáneos y generalmente inconsistentes destellos de bondad de algunos personajes, destinados desde luego al fracaso, solo dos personajes se libran por completo de ese clima de malevolencia general que impregna el libro. El primero de ellos se salva por su imbecilidad: el negro Tommy, retrasado mental, parece intelectualmente incapacitado para la infamia, y por ello dedica todos sus esfuerzos a proteger desinteresadamente a Temple Drake de sus acechantes (no así la mujer de Goodwin, que la protege en realidad porque tiene miedo de que su marido la prefiera a ella). El segundo, mucho más significativo, es Horace Benbow, quien encarna sin duda alguna la consciencia moral del relato. Sin embargo, Benbow es un personaje que, al margen de su importancia narrativa, se nos aparece como alguien débil, timorato, lleno de flaquezas e incluso pusilánime. De hecho, más que salvar la idea de una bondad natural en el hombre, su presencia parece discutirla, porque, en palabras del crítico Frederick J. Hoffman, «las debilidades de Benbow son prácticamente suficientes para demostrar el triunfo del mal sobre el bien».

Por lo demás, la ausencia de este bien no se hace solo evidente en los personajes, sino que parece cuajar en cada uno de los recovecos de la historia, de modo que el mal deviene poco menos que una presencia absoluta, casi una cualidad más de la atmósfera. De ello dan testimonio las atroces escenas que entraña las páginas de Santuario: un bebé desnutrido durmiendo en medio de las ratas; el siniestro granero donde se esconde Temple Drake la noche de su violación; la brutal exaltación del tumulto ciudadano que lleva al linchamiento de Goodwin; la grotesca y alcohólica propietaria de un burdel que maltrata periódicamente a sus perros, cuyos nombres son el suyo y el de su difunto marido; todas estas imágenes y muchas otras dan prueba del salvajismo y la monstruosidad que Faulkner presentía como una amenaza encubierta bajo la felicidad del sueño americano, o del sueño del hombre en general. Finalmente, la imperfección del sistema penal, así como la brutalidad de una masa alborotada que condena sin juzgar y sin compasión alguna, rematan el cuadro de una sociedad a la que el autor no parecía conceder salvación alguna.

Visto todo lo precedente, podemos entender el aborrecimiento que Faulkner sintió por Santuario. Una obra que se atreva a correr el velo de lo correcto para mostrar hasta este punto el horror humano ha de ser, incluso para un escritor de la envergadura y el talante de Faulkner, el más terrible de los hijos. Esto no significa, con todo, que Faulkner compartiera, en su totalidad al menos, la visión en extremo pesimista que se expone en el libro. Santuario es una alegoría del mal, de una sociedad podrida en sus pilares, con individuos corruptos y relaciones corrompidas entre ellos. Este mundo, y no el otro (el nuestro), es el que según Faulkner no tenía redención posible. La proyección en la ficción de ese universo abocado al mal constituye, sin embargo, la salvación del nuestro, lo que Vargas Llosa denomina una purga, y que no se aleja mucho en realidad de la catarsis clásica. Pero si el teatro griego llamaba al espectador a ceñirse al orden de las cosas, a adecuarse a sus límites y no intentar desafiarlos, Faulkner hace algo mucho más substancial, y hoy por hoy más útil: un aviso, la advertencia del visionario que se ha asomado al alma del hombre y le recuerda a gritos que la bestia duerme todavía dentro de él.

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22 comentarios leave one →
  1. Juan Carlos Calderón permalink*
    22 septiembre 2010 7:43

    Gran crítica! No sabía yo que “Santuario” despertaba tales sentimientos en Faulkner. A mi, después de leer “El ruido y la furia” y “Mientras agonizo”, “Santuario” me parece la mejor y más impactante de las tres. Simplemente una maravilla, macabra, pero maravilla al fin.

    • Ferran Benito permalink*
      22 septiembre 2010 16:32

      Pues parece ser que, en efecto, el fantasma de Santuario persiguió a Faulkner hasta el final de su vida, y en varias ocasiones renegó de él. De hecho, la revisión que hizo para su publicación fue en realidad más bien una reinvención, pues los cambios eran muy significativos. Claro que es verdad que Faulkner era un gran perfeccionista, por lo que tampoco hay que fiarse mucho de su propia opinión. Yo, como tú, también pienso que Santuario es una maravilla, aunque he de confesar que siento una gran afección por Faulkner, y que me es difícil decantarme por este u otro de sus libros (al menos, de cuantos he leído). En cualquier caso, es un autor que siempre tiene algo nuevo que decir.
      Por cierto, aprovecho para felicitarte por tu entrada sobre Dr. Zhivago; después de leerla añadí inmediatamente el clásico de Pasternak a mi lista de pendientes. Cuando lo haya hojeado ya te comentaré qué tal fue.
      Un saludo.

      • Juan Carlos Calderón permalink*
        23 septiembre 2010 19:49

        Coincido contigo, Faulkner siempre tiene algo nuevo que decir, pero es que, además, la forma que tiene de decirlo, ese estilo tan rudo y desasosegante, es, ya de por sí, meritorio y toda una razón (gran razón) por la cual leer a Faulkner no es sólo edificante, sino también una experiencia estética de altos vuelos.

        P.S. Gracias por tu felicitación. Viendo el nivel de tus críticas hay que seguir haciendo un esfuerzo para que las de un servidor no desmerezcan.

  2. 24 septiembre 2010 13:04

    Primero te felicito por lo exhaustivo de tu reseña. En cuanto al libro, me quedan dudas de si no habrá “envejecido mal”, tanto por lo que contás respecto de la historia en sí misma como por la forma de narrar. Sé que Faulkner es un clásico, pero realmente nunca encuentro el momento indicado para abordar alguna de sus obras. Es una deuda pendiente que he de saldar….

  3. 12 diciembre 2010 13:08

    Excelente mirada sobre un libro imprescindible y que no decae, sino que sigue ganando con el paso del tiempo.

  4. 8 enero 2012 17:52

    Verdaderamente completo análisis. Enhorabuena, Ferrán.

  5. 31 enero 2012 22:30

    Gran reseña. Este de Faulkner no lo he leído, pero me has despertado una enorme curiosidad. ‘Mientras agonizo’ me gustó mucho, me pareció una gran novela y por lo que cuentas, esta ocupa un lugar algo especial en la obra de este gran autor.

  6. ignaciojavier permalink
    15 marzo 2012 10:55

    muy buena reseña,lo leí hace 6 años y también había leido previamente el ruido y la furia, palmeras salvajes y mientras agonizo, pero santuario es la que más me ha gustado, una de mis novelas americanas favoritas junto con la de carson mc cullers (el corazón es un cazador solitario)

  7. Fabian permalink
    24 marzo 2012 19:27

    Sin duda un muy buen análisis de la obra. Empecé a leer a Faulkner con Luz de Agosto, que me parece una gran novela, llena de personajes sorprendentes, donde conviven la ingenuidad y el mal. Lo que me ha sorprendido de Santuario, es la habilidad de Faulkner para sintetizar la esencia de los personajes, el halo oscuro que les rodea, la imprevisibilidad de los mismos, y el tejido de la historia que atrapa al lector manteniendolo tenso y expectante de lo que va a pasar en cada página. Una obra masetra.

  8. Angie permalink
    26 mayo 2012 20:46

    Me lo acabo de comprar y creo que pronto lo empezaré, sobre todo después de haber leído esta reseña. Me considero una buena lectora y por ello me arriesgo afirmando que Faulkner es el mejor novelista norteamericano del siglo XX. Aconsejo a todos aquellos que lleguen a esta página que lea todo lo de este maravilloso autor, sin descuidar sus cuentos, fabulosos.

  9. Un proyecto de lector permalink
    24 agosto 2012 20:40

    Estupendísimo artículo. Acabo de terminar de leer Santuario, me ha ancantado la novela, me enganchó pero no desde el principio, sino poco a poco. Creo que la novela gana a medida que vas leyendo. Este estupendo artículo, además, me hizo ver algunas cosas sobre las que tenía alguna duda. Decir que este libro hace casi 30 años que lo compré, es parte de una colección de Orbis que recopila obras de premios Nobel.
    Felicidades y muchas gracias. 🙂

  10. 30 julio 2013 10:22

    Muchas gracias por este análisis. Acabo de terminar de leer la novela y me he quedado impresionada, como siempre que me pasa leyendo a Faulkner. Demuestra una vez más su habilidad para mezclar los episodios y para los silencios narrativos. Esos silencios en la historia hacen presente al narrador, y sus efectos son colaterales. Yo sin embargo me quedo con “Mientras agonizo”.

  11. cuatralbo78 permalink
    26 diciembre 2013 20:45

    Acabo de leer la novela y, como la anterior (y presupongo que con todas de Faulkner me ha de ocurrir igual) ‘Luz de agosto’, me queda un sabor amargo tras acabarla, un vacio, que aprecio con el tiempo y con el ir comparándolo (es inevitable, me sale de manera espontánea) con otros libros y autores. ‘Santuario’ me ha parecido dura y no me ha gustado mientras la iba leyendo, pero sé que tras un tiempo (sus personajes revolotean en mi cabeza) la iré paladeando aún más.
    Muy buena reseña sobre la novela y, como apunte nada más, decirte que no eran gatos los que maltrataba Miss Reba, sino perros, de lanas.

  12. 23 febrero 2014 0:40

    Un agudo y penetrante análisis de una problemática novela. Como Faulkner ha tenido mala suerte con sus traductores (sin excluir a Borges, según algunos) deduzco que de ahí proviene una discrepancia con mi lectura: Mister Binford y Miss Reba son perros y no gatos, por lo menos en la versión de Amando Lázaro Ros, Obras escogidas T.II,Biblioteca de Premios Nobel, Aguilar 1960. Me tomo la libertad de invitarlo a leer una crónica mía sobre la visita que hizo Faulkner a mi país, en http://micolchaderetazos.blogspot.com/2011/11/el-granjero-en-venezuela.html. Felicitaciones y saludos desde Caracas.

    • Ferran Benito permalink*
      29 abril 2015 13:00

      Muchas gracias por su comentario, Franklin. No he podido tener acceso a la versión que leí en su momento, pero consultando el texto original veo que ciertamente eran perros, y no gatos,ya modifiqué el texto. Gracias por llamarme la atención sobre la errata. Pasaré sin falta por su página para leer la crónica sobre Faulkner. Reciba un cordial saludo.

  13. Alejandra permalink
    21 marzo 2014 22:34

    Bien. Solo una cosa, la propietaria del burdel tenía perros, no gatos.

  14. 22 marzo 2015 4:05

    Me encantó la reseña, terminé el libro la semana pasada y la verdad no caí en cuenta de todo el horror que hay presente en la obra, tengo que reconocer que algunas cosas no las asimilé bien y tendré que releer de nuevo en otra oportunidades. Temple Drake se me pareció mucho a Holly Golytghtly creo que representan un tipo de mujer frívola y cínica. No sé si es la traducción, pero algunas metáforas me parecieron desafortunadas. le puse 7 de 10 en mi calificación personal.

    • Ferran Benito permalink*
      29 abril 2015 13:27

      Gracias por tu comentario, Mauricio. Efectivamente, Santuario (como en general todas las obras de Faulkner) es una novela que pide una o varias relecturas. A propósito de la comparación entre Temple Drake y Holly Golightly (personajes brillantes ambos), no acabo de estar de acuerdo. Creo que Temple es efectivamente frívola y cínica, personaje pervertido por influencia de la atmósfera opresiva y moralmente decadente de la novela -que es la del sur faulkneriano en general-. Creo que el propósito de Capote al presentarnos a Holy es muy distinto. Holy es frívola, pero solo en la superficie. Debajo de esa demi-mondaine entregada a fiestas y excesos brillan una gran luz y una bondad que solo su vecino es capaz de descubrir. Yo creo que Holy Golightly se caracteriza fundamentalmente por su deseo de huir, su incapacidad para ligarse a nadie o comprometerse con nada, y es en este sentido un personaje en esencia frágil, mientras que Temple Drake es poco más que una niña caprichosa que acepta sin mucha resistencia interpretar su rol en ese gran juego de la perversión que es Santuario. Así al menos es como yo la entiendo, aunque la verdad es que debería releer la novela para refrescar un poco mis impresiones.

      Un cordial saludo.

    • Mario Garcia permalink
      29 abril 2015 18:42

      Hola! A mi me pareció una novela espléndida, no brillante pero sí fatal.
      Me he leído ¡Absalón, Absalón!, El ruido y la furia y Santuario, ¿alguien podría indicarme si puedo entrar al trapo con cualquiera de las otras sagas/novelas de este Dios de la literatura?
      Recibid mis aplausos regocijosos de saberos lectores de Faulkner

  15. 27 julio 2015 22:55

    Hola y gracias por la reseña. Mario, Te recomiendo la Trilogía de los Snopes: El villorio; La ciudad y La mansión. Un saludo.

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