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Walden, Henry David Thoreau

12 abril 2010

Quizá sería oportuno apuntar, antes que nada, que nos encontramos, a todas luces, frente a una obra realmente excepcional, única en la historia de la literatura e inimitable; y todo ello, no tanto por su condición de clásico indiscutible de las letras americanas ni por su excelente calidad, aunque estos aspectos, naturalmente, también contribuyan a su singularidad, sino, sobre todo, por las extraordinarias circunstancias en que fue gestada. En efecto, si algo caracterizó a H.D. Thoreau, diferenciándolo de la mayoría de los escritores, fue el absoluto compromiso que mostró tener con su obra y con su pensamiento, su autenticidad y firmeza moral y su inusual don para convertir en literatura las pequeñas anécdotas que conforman una vida. En el exhaustivo y estimable prólogo de la edición de Cátedra, los editores recuerdan unos versos extraídos de su obra poética que rezan: «Mi vida ha sido el poema que habría escrito, / pero no podía vivirlo y pronunciarlo»; Thoreau vivió con una intensidad difícil de imaginar, y sabiendo que la vida era en verdad el único poema posible, se volcó hacia ella con todo el brío que encontró en su espíritu. Quizá no pudo nunca llegar pronunciarlo, no lo dudo, pero las pocas palabras que nos dejó de él (o no tan pocas) reflejan la intensidad de un arte que palpita en el límite de la vida.

Pero, ¿quién fue Henry David Thoreau? Es curioso el hecho de que este eminente autor estadunidense haya pasado tan desapercibido en Europa. Probablemente se le conozca más, por otro lado, por anticipar la resistencia pacífica de Gandhi (que elogió efusivamente al intelectual americano) y por su célebre ensayo La desobediencia civil, que no por el libro que ahora nos ocupa. En cualquier caso, tampoco nos interesa aquí recorrer demasiado detenidamente los pormenores de su vida (para ello, remitimos al prólogo ya citado), aunque sí consideramos pertinente señalar algunos de sus aspectos más destacados.

Nacido en 1817 y fallecido en 1862 en Concord, Massachusetts, en el seno de una familia protestante de origen francés, Thoreau recibió desde pequeño una sólida formación humanística. Recordado por sus conocidos y amigos como frío y aparentemente impasible, nuestro autor fue sin embargo un hombre con una evidente capacidad de maravillarse por la belleza del mundo. Así, Thoreau creció leyendo vorazmente todo cuanto caía en sus manos, sin perder por ello, no obstante, el contacto con la tierra y con la naturaleza. Ejerció humildemente, a lo largo de los años, numerosos oficios, que él mismo recuerda así: «He sido maestro de escuela, tutor privado, agrimensor, jardinero, granjero, pintor (de casas), carpintero, albañil, jornalero, lapicero, fabricante de papel de lija, escritor y, a veces, poetastro». Intentó dedicar su vida a la enseñanza, abriendo, en 1838, una pequeña escuela en el hogar paterno y encargándose más tarde, junto a su hermano John, de la Academia de Concord; sin embargo, la desafortunada muerte de su hermano truncó pronto sus empeños pedagógicos, provocándole además fuertes depresiones y ataques psicosomáticos. Desde muy joven se consagró Thoreau al oficio literario, y si bien empezó a publicar a los 23 años, ya había dado con anterioridad algunas conferencias de carácter filosófico que todavía hoy se conservan. Una tendencia natural hacia lo místico lo acercó al movimiento trascendentalista americano, y en especial a Ralph Waldo Emerson, quien se convertiría en su amigo y mentor. Hombre de fuertes convicciones morales y con un firme sentido de la justicia, se opuso categóricamente a la esclavitud, llegando a negarse, a modo de protesta, a pagar impuestos al Estado (lo que, afortunadamente, no conllevó peores consecuencias que algunos días de cárcel). Su oposición al Estado, recogida en el volumen intitulado La desobediencia civil, ha llevado a algunos a definirlo como un intelectual anarquista, si bien tal afirmación no parece adecuarse demasiado a sus principios y resulta, en definitiva, una evidente simplificación de las convicciones del literato. En todo caso, sí hay que reconocerle a Thoreau, dejando de lado su incuestionable papel en la consolidación de la literatura americana, el mérito de encauzar y consagrar su vida y su obra a los ideales humanos que hoy conforman el pensamiento occidental.

Sabedor de los males y vicios de su tiempo, y de la usual insustancialidad de la sociedad humana, Thoreau ideó un proyecto sumamente original, único cuanto menos en la historia de la literatura. Convencido de lo superfluo de los bienes y lujos de los que el hombre occidental depiende, decidió construir con sus propias manos, en un terreno que Emerson le cedió junto al lago Walden, una pequeña cabaña, a la que se trasladó en julio de 1845 para vivir en ella durante prácticamente dos años, manteniéndose tan al margen como le fuera posible de la vida social. Su intención era mostrar que aquello que usualmente se considera indispensable para la vida no lo es en verdad tanto como podría esperarse, y que el hombre puede vivir sin necesidad de ceñirse a las cadenas sociales. Fruto de sus esfuerzos nació el libro que hoy comentamos.

Walden es el acopio de notas que Thoreau fue tomando durante el lapso de su permanencia en el bosque. Dichos apuntes tratan los temas más diversos, que van desde cuestiones puramente prácticas, relacionadas con los aspectos económicos del experimento, hasta reflexiones y pensamientos de la más refinada poesía. Poco a poco, el libro va tomando un cariz más marcadamente lírico, a través del cual el autor evocará sus vivencias, sus lecturas, sus experiencias con sus vecinos o con la naturaleza, y numerosas anécdotas llenas de vida y de color, que no dejarán de asombrar al lector que decida acercarse a la fascinante figura de Thoreau.

Inconexas a veces en la forma, si bien no en el contenido (como la vida misma), las páginas que componen Walden resultan ciertamente inspiradoras y reveladoras, en la medida en que nos muestran el anhelo de un hombre que no solo predicó con fervor ideales de justicia y de belleza, sino que supo vivir según los principios que predicaba, y hacerlo además bellamente, como quien recibe una bendición. Personaje de exquisita cultura y sorprendente sensibilidad, supo asimismo añadir a cada página la pasión del hombre que sabe que posee la llave de la vida. He dicho ya que Walden es una obra excepcional: excepcional en su sinceridad, en su pureza, en su fuerza. Si han leído a Thoreau, sabrán ya, sin duda, todo esto. Si no lo han leído todavía, léanlo, conozcan a Thoreau, y se sorprenderán de descubrir el caso de un hombre fuera de lo común que supo poner tanto de poesía en la vida como vida ponía en la literatura.

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5 comentarios leave one →
  1. 12 abril 2010 19:40

    Ya hace tiempo que me recomendaron a este autor y después de esta reseña lo leeré, sin duda. Y creo que lo leeré de forma compulsiva. Un saludo!

  2. Diana permalink
    9 septiembre 2010 16:43

    mmm despues de leer esto espero tener la oportunidad de leerlo¡¡

  3. Rodrigo Villegas permalink
    5 febrero 2011 16:10

    Thoreau es para mi, por lejos, el más grande hombre que ha producido América; leer Walden, así como cualquiera de sus obras, es adentrarse en una reveladora experiencia acerca de lo genuino de la vida humana desde el punto de vista más hermoso y optimista posible. Creo no exagerar cuando sostengo que existen pocos referentes morales y eticos en los últimos dos mil años que lleguen a la altura de Thoreau.

    En una búsqueda incansable de aprender y descubrir, he leído (y estudiado) por los más diversos autores, pensadores y filósofos -clásicos y modernos- pero no he encontrado en ninguno el carácter profundo de Thoreau.

    Kant, Schopenhauer, Rousseau, Nietzsche, e incluso Platon, Sócrates y los demás siempre me han dejado, por así decirlo, con una sensación de vacío, de soledad, amargura y pesar, sin embargo he podido encontrar en Walden una maravillosa mezcla de razón, lógica, sinceridad, belleza y amor… sobre todo belleza.

    Recomiendo leer este libro, y sobre todo leer a Thoreau, sus escritos se han transformado en una luz para la sociedad actual.

    Saludos

    y muy buen Blog…

  4. 9 febrero 2011 15:10

    Rodrigo Villegas deberías leer a Lao Tsé y Chuang Tzú

    saludos

  5. Rodrigo Villegas permalink
    11 febrero 2011 2:38

    @ 11:

    Si los he leído!! y justamente pensando en ese tipo de autores, es que mencioné que: “…Creo no exagerar cuando sostengo que existen pocos referentes morales y eticos en los últimos dos mil años que lleguen a la altura de Thoreau…” Lao Tsé y Chuang Tzú son más antiguos que eso… y bueno, por supuesto Jesucristo también queda fuera de los últimos 2 mil años en eso de referentes morales, ya estamos en el 2011… saludos cordiales

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